domingo, 27 de julio de 2014

Homilía 17° Domingo TO, Ciclo A, 27 de julio de 2014

Cuando comienzo a escribir esta homilía, el sol se desvanece sobre el horizonte de la tierra que lo esconderá de nuestros ojos hasta mañana, para que ese mismo sol se levante erguido sobre el cielo. Siempre un principio, siempre un fin, y así una y otra vez. El hombre no puede retener el sol sobre lo alto, así como la tierra lo puede esconderlo cada día. No somos dueños del sol, de la tierra, de sus bellos ciclos, ni del agua, ni de los árboles, ni… de nosotros mismos…
Cada uno de nosotros lleva impreso en lo más profundo de su ser, de su existencia a largo plazo y de su existencia cotidiana, un sello imborrable que nos hacer ser lo que somos tanto si nos damos cuenta de ello, como si no somos conscientes de ello. Esa marca, ese sello, esa impronta profunda e imborrable es que somos algo más de lo que comprendemos y podemos abarcar, como la tierra al sol. Así lo expresa Pablo: “…a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos…”
Sí, eso somos, una existencia llamada a reproducir la imagen de Jesús, el Hijo Amado del Padre, que es el Primero entre muchos hermanos, que el mismo Padre le ha concedido, y de los cuales nosotros somos uno de ellos.
¿Hasta dónde somos conscientes de esto?
¿No deberíamos prestarle más y mejor atención?
Somos una realidad mayor y más profunda que la que nuestra psiquis y la mirada de los demás puede develarnos, porque sólo se descubre en las alturas del corazón de Dios y en las profundidades de sus designios.
Todo ello está escondido para ser descubierto,
Todo ello está disponible de ser descubierto,
Todo ello está para ser recogido…
No lo dejemos de buscar, de encontrar, de recoger y asimilarnos como el aire y el agua se asimilan en nuestro cuerpo, que así la Imagen de Jesús, sea buscada, encontrada y recogida cada día por nosotros y asimilada hasta hacernos uno con Él.
Darse cuenta de esto, es “el discernimiento necesario para juzgar con rectitud”, que nos es concedido para que adquiramos “un corazón sabio y prudente”, que deje de buscar cuando ha sido encontrado, que deje de comprar cuando ya lo posee todo, que deje de echar las redes cuando ya ha pescado lo mejor, lo único, lo incalculable.
Me imagino que la experiencia cotidiana en las ciudades, repetida una y otra vez, de no ver salir el sol, ni verlo ponerse sobre el horizonte, nos sustrae a la educación de nuestra conciencia de que nosotros no somos ni el principio ni el final de nada, que las cosas no comienzan cuando nosotros nos levantamos y terminan cuando nos acostamos, sino que hay una vida profunda y radical que subsiste en nosotros y que reclama ser encontrada, adquirida y desarrollada para no vivir como inesperados exitosos o eternos frustrados.
Si nuestra consciencia sigue obnubilada, adormecida o distraída, no podremos descubrir la belleza, la bondad y la fuerza de esta imagen de Jesús que estamos llamados a vivir, a dejar crecer en nosotros y alcanzar su madurez, y por lo tanto, correremos carreras inútiles o frustrantes que no conducen a nada. Habremos perdido el discernimiento de quienes somos en realidad y en que debemos invertir nuestro tiempo y nuestro espacio, y el de los demás.
El tesoro escondido no se resiste a ser descubierto, descubrámoslo.
La perla fina no se resiste a ser comprada, comprémosla.
La red esta echada al mar y dispuesta a recoger toda clase de peces, dejémonos recoger.
Y ya no seamos insensato queriendo ser otra cosa de lo que somos y de la que no podemos escapar porque eso implicaría una tristeza inmensa para nosotros y la humanidad.
¿“Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman”?
¿Lo sabemos de verdad por la propia experiencia?
¿Vivimos en paz por ello?
Sí, “…sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman… porque Él nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos…”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 20 de julio de 2014

Homilía 16° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A, 20 de julio de 2014

Son horas duras de la humanidad, donde distinguir bien de mal se hace difícil por un lado porque se esgrimen argumentos de un lado y del otro que confunden y polarizan. Y por otro porque siendo a veces tan evidente el bien y tan evidente el mal, uno no entiende porque el hombre toma por el camino que evidentemente no debe transitar y abandona aquel por el que si debe caminar.
Las lógicas del poder, de la fuerza y de la violencia, se imponen contra las lógicas del encuentro, del diálogo, de la amistad universal.
Poblaciones civiles enteras son sometidas en este mismo momento por grupos que sólo creen en la lucha por la fuerza, en la muerte del otro como solución a los conflictos. Niños, ancianos, familias enteras, discapacitados son las víctimas más usuales en estas horas.
Y entonces porque no hacerse la pregunta antigua y nueva cada vez: ¿Porqué el malo triunfa y el bueno es víctima constante?
¿Hasta cuando triunfará el injusto y el justo sufrirá?
¿Tiene remedio esta humanidad por la que Dios mismo en la persona de Jesús el Hijo Amado ha sido víctima de la violencia humana?
Las tentaciones de soluciones rápidas y prácticas es constante, y más aùn frente a la angustia y frente a la evidencia del mal.
Pero, ¿si no creemos en que el malo pude convertirse en bueno, que esperanza aportamos al mundo? ¿Si sólo nos queda el camino de la supresión del otro aunque sea malo, que novedad aportamos a un mundo viejo de violencia?
El trigo bueno, la buena semilla de trigo debe crecer, debe madurar. Y su crecimiento y madurez no depende de la cizaña, de la mala semilla, sino de sí misma.
Es el credo de la bondad que no puede ser superada por la bondad ya que una es belleza y la otra fealdad, una es atrayente y la otra repulsiva, una congrega y la otra dispersa.
Es el credo de la paciencia que permite distinguir y no tomar decisiones apresuradas, cortoplacistas y rígidas. Ya que los buenos solo pueden dar frutos buenos en la medida que se mantienen en la paciencia y los malos pueden cambiar a buenos frente a la paciente evidencia de la bondad. Sólo en la paciencia se educa y se aprende.
Es el credo de la madurez como solución definitiva y no de los apurones de crecimiento y erradicación. Sólo en la posibilidad de la madurez el hombre puede probar que Dios no se ha equivocado en dar su sangre por nosotros, que podemos madurar hacia la gratitud, hacia la evidencia. Como Jesús dejó madurar al Mateo, a Pedro, a Zaqueo, al buen ladrón, a Judas mismo… Unos evidentemente dieron el buen fruto de un trigo abundante y otro de una maldad sin sentido.
Es el credo de la misericordia siempre vigente, frente a la justicia humana imperfecta siempre en transformación. La misericordia de Dios puede cambiar el escenario de mi corazón y el escenario mundial del mal. El Dios misericordioso e indulgente que o se deja apurar por el arrebato de los violentos y que recibe el clamor de los pacíficos es el que tiene para aportar un cambio radical a la humanidad obstinada.
Es el credo de que lo que es malo en sí mismo nunca puede transformarse en bueno. Un arma para matar solo sabe matar y no puede convertirse en otra cosa. Una nación armada hasta los dientes (ejemplo de la sobre dimensión de lo malo) no puede provocar otra cosa que males de sus vecinos. Una sociedad de consumo exacerbado no puede provocar otra cosa que la injusticia de no dar generosamente de lo que ni siquiera necesita. Nuestra justicia de castigos unilaterales y vengativos, que no llega al corazón del hombre, que no se preocupa y ocupa del que sufre hasta sanarlo de raíz, es y seguirá siendo una mala solución que es al final un ano solución.
El Padre compasivo e indulgente, misericordioso y conversor, tiene la razón primera y última de todo y no se equivoca en esperar hasta el final e ir a fondo en cada hombre esperando un cambio radical y maduro del hombre.
“Tú, Señor, Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarte, rico en amor y fidelidad, vuelve hacia mí tu rostro y ten piedad de mí.”
El sigue apostando, ¿Y nosotros?


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 6 de julio de 2014

Homilía 14º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A, 6 de julio de 2014

Acabamos de escuchar:
“habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes,
las has revelado a los pequeños”
“nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”
“Vengan a mí …y yo los aliviaré.”
“Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí,
porque soy paciente y humilde de corazón,
y así encontrarán alivio”
“…porque mi yugo es suave y mi carga liviana”
Los pequeñuelos, los discípulos que lo han aceptado a Jesús como Maestro, han recibido una revelación: tenemos un Padre, esa revelación es dada por el Hijo y ese Hijo que nos hace entrar en un aprendizaje divino: ir a Él, recibir su alivio, cargar los mandamientos nuevos: “pero yo les digo…”, que hace suave y ligero el ser educados por Dios en la persona misma de Jesús el Hijo Amado, el único que conoce al Padre, el más alto y definitivo de los conocimientos.
Justamente, lo que se haya herido en nuestro mundo contemporáneo, del que somos parte, es el querer saberlo todo por sí mismo, pero sin el necesario proceso de aprender en la experiencia de su propia carne. Aprender en nuestra Buena Noticia de Hoy.
Pero entonces, ¿Qué es este aprender dado sólo a los pequeños?
Aprenden aquellos que tienen hambre de salir de su ignorancia y por lo tanto se dejan enseñar: “los que tienen alma de pobres, los pacientes, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los que tienen el corazón puro, los que trabajan por la paz, los que son perseguidos por practicar la justicia.” (Mt 5)
Los que consideran el tamaño de su ignorancia y desean ardientemente salir de ella pero no puede y a la vez eligen no hacerlo por si mismos: “los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!” (Mt 11)
Cuando un aprendizaje nos puede nos hace un gran favor, cuando un libro se vuelve mayor que nosotros nos hace un verdadero bien, cuando un aprendizaje nos deja insatisfechos estamos más cerca de aprender que antes, cuando un maestro se nos hace imposible de poseer a pesar de su mansedumbre, entonces puede ser que escuchemos más y se abra nuestra mente y nuestro corazón a aprender de verdad y no a alardear.
Somos ignorantes a causa de nuestra pequeñez y, no que a causa de nuestra ignorancia nos volvemos pequeños. Porque todo lo que sabemos lo recibimos de Jesús: “El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”. (Mt 10) He aquí a los pequeños, los que siguen a Jesús, lo reciben, aprenden de Él, son enviados y viven de Él.
Cuando un niño o un joven, que se encuentran en la etapa de aprendizaje por excelencia, no reciben la enseñanza que necesita para que su pequeñez madure y, no se vuelvan duros y violentos para defenderse de los otros, por haber sufrido a causa de no haber tenido maestros, estos pegan el grito salvador de aprender, del aprendizaje retrasado, de una buena vez en algún momento.
Los niños y jóvenes son lo que son hoy día, a causa de la falta de maestros y, la falta de maestros es a causa de adultos que han crecido sin aprender que se sigue aprendiendo en la incómoda tarea de enseñar sin saber por si mismos sino a causa de los acontecimientos y necesidades.
Duro es escuchar a un niño o a un joven decir: ¿Porqué a mi no me lo enseñaron? ¿Porqué no estuvo ahí el maestro que me enseñara a no caer y a levantarme después de caer?
Muchos a causa de esto ya no quieren aprender y pierden la inocencia de su pequeñez.
Muchos a causa de esto ya no tienen oídos para el maestro que ahora se acerca y, se obstinan es su apatía de seguir ignorando “la verdad y la vida.”
Muchos se vuelven autodidactas, aún con maestros venidos a su vidas en otro tiempo del esperado, y se adentran en el riesgoso camino de los vándalos de verdades robas, no corroboradas por la experiencia propia, cosechadas en terreno ajeno.
Otros piensan que ya no pueden aprender, y otros ya se olvidaron que existe algo que se llama aprender.
Los pequeños del Evangelio, tienen un sólo conocimiento y ese es el de la revelación que los a alcanzado por pura gracia, por gratuidad e incondicionalidad del Padre y “aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”.
No tienen verdades propias, sino aquella Verdad que se ha apropiado de ellos, Jesús, la Verdad.
No hablan de sí mismos sino del suave yugo de la ley del amor mutuo, de la mansedumbre y de la humilde humildad de su único Maestro Jesús, “manso y humilde de corazón” a los designios del Padre.
Solo los pequeños que permanecen pequeños a causa de la grandeza de su Maestro y Señor, solo así son motivo de alabanza y bendición ante el Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque las has revelado a los pequeños.”
Somos hijos de una revelación que nos ha sido dada por motivos de amor y sólo puede ser abrazada por motivos de amor.
Los pequeños son los que permanecen como diría el precepto minimalista del arquitecto alemán Ludwig Mies Van Der Rohe: “menos es más”. Necesitan poco para alcanzar la grandeza porque se vuelven obedientes a la primera enseñanza que han podido acoger y no la sueltan más: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí.”
Muchos en el mundo contemporáneo, no quiere ser pequeños porque no quiere aprender. Aprender es un verbo evangélico, es una Buena Noticia. Esto debemos gritar al mundo cansado, agobiado de sí mismo, bajo el duro y pesado yugo de sus leyes y preceptos ciegos, sordos e inaccesibles al más sencillo de los humanos.
Aprender nunca es posesión sino liberación de toda mi persona para recibir: “Vengan a aquí …y yo los aliviaré.” Liberación de toda mi persona para acoger y expandirme con lo que me es dado desplegando todo su potencial. Así quiere Jesús que aprendamos de Él, porque es así como Jesús aprende como Hijo del Padre.
Padre nuestro, que por la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concédenos una santa alegría, para que, liberados de la servidumbre del pecado, alcancemos la felicidad que no tiene fin: aprenderlo todo de Ti y de tu Amado Hijo Jesús, pequeño entre los pequeños.


P. Sergio-Pablo Beliera