Homilía 31º Domingo Tiempo Ordinario,
Ciclo B, 4 de noviembre de 2012
¿Quién de
nosotros se atreve a preguntarle a Jesús que es lo primero, lo principal, el
fundamento de todo para todos? No es una pregunta más entre las múltiples
preguntas que podemos hacerle a Jesús, se trata de “la pregunta” de las
preguntas, la madre de las preguntas. Es la pregunta inevitable, es la pregunta
a hacer si o si a Jesús.
Cuando en una vida de relación con Jesús, hemos
podido experimentar que ha “respondido bien” a las preguntas
que han surgido en distintos tiempos y acontecimientos, entonces es el momento de
que me haga cargo de hacer la gran pregunta, que sin duda tendrá un efecto
altamente comprometedor una vez que sea hecha, porque traerá una respuesta a
vivir.
Esta pregunta por lo primero, por lo principal,
por el fundamento de la relación con Dios, es inherente a la esencia del
creyente y, marca el descubrimiento del sentido de la existencia de cara a
Dios. El sentido de nuestra existencia, está atado a poder recibir la respuesta
a esta pregunta, de la boca del mismo Jesús y a su poder reafirmarla
personalmente.
A la vez, esta es una pregunta para toda la
existencia, no es para un momento particular, sino para que permanezca como
pregunta fundamento de mi parte (“Un escriba que los oyó discutir, al ver
que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: "¿Cuál es el
primero de los mandamientos?"”), como respuesta fundamento de
Jesús (“Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor
nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios…”), como reafirmación
fundamento de mí (“El escriba le dijo: "Muy bien, Maestro, tienes razón al decir…”) y como confirmación de Jesús (“Jesús,
al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: "Tú no estás lejos
del Reino de Dios"”).
Pero no es solo una pregunta fundamental a
nivel personal, lo es aún más a nivel comunitario. Porque si ella es la
pregunta de las preguntas y, por lo tanto la respuesta de las respuestas, es el
fundamento y sentido de nuestra existencia en común, motivo de nuestra comunión
más profunda y radical.
La respuesta de Jesús se da de tal forma que
marca y revela si nuestra persona está apegada a la Palabra de Dios. Su
respuesta, solo puede ser comprendida en su verdadera dimensión por aquellos
que hacen de la Palabra de Dios su fundamento existencial, el Libro de sus
preguntas y respuestas. Recordemos que quien hace la pregunta es un escriba, un
hombre de la Palabra. Solo quien hurga en la Palabra de Dios los misterios de
la existencia de Dios y del hombre, puede ser receptivo de una respuesta que se
fundamenta en esa Palabra, respuesta a todos los interrogantes humanos y
creyentes.
“Jesús respondió: "El primero es:
Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor…” Lo primero
de lo primero es escuchar y guardar que Dios es único. Ese es el sostén de toda
la respuesta, porque si es único, es ineludible darle ese lugar de único, de
irremplazable e insustituible. ¿Es así
para mi y nuestra existencia? ¿se puede percibir ese carácter de único de Dios
en nuestras existencias y su forma de desplegarse?
“Jesús respondió: "El primero es: …y tú
amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu
espíritu y con todas tus fuerzas…” Si Dios es único, lejos de
imponerse, se ofrece para ser amado. Muy, pero muy lejos de una relación
distante, Dios se dispone enteramente en cercanía a ser amado. Porque solo
puede ser amado Aquel que se abre a ser amado. Solo se puede mandar amar a
Aquel que abre su existencia a la Comunión de amor. Y Quien pone toda su
existencia en disposición de amar, esta llamado a ser amado con toda la
apertura y disposición de nuestra propia existencia.
De un estilo de amar así, surge como
consecuencia directa un amor al prójimo (“El segundo es: Amarás a tu prójimo como a
tí mismo…”) y un amor que supera lo formal (“vale más que todos los
holocaustos y todos los sacrificios"”) Siempre impresiona esta
comprensión más allá, de Jesús y este escriba. Es una verdadera comunión de
sentido que los vuelve tan próximos. Es deseable para nosotros esta misma
experiencia.
Nunca será suficiente insistir en la
importancia de amar a Dios con “todo tu corazón”, “con toda tu alma”, “con
todo tu espíritu”, “con todas tus fuerzas”. Como dice Moisés: “…empéñate
en cumplirlos…” Hay acepciones de empeño que definen muy claramente su
importancia:
1.-Obligación
en que alguien se halla constituido por su honra, por su conciencia o por otro
motivo.
2.- Deseo
vehemente de hacer o conseguir algo.
3.- Tesón
y constancia en seguir una cosa o un intento.
4.- Con gran deseo, ahínco y
constancia, sin omitir diligencia alguna.
Empeñarse
es comprometer toda la existencia, poner toda la existencia en función de lo
que se ama, es vender todos nuestros bienes para comprar el único bien. Empeño
es más que un esfuerzo concentrado de la voluntad, es poner toda la propia
existencia en juego para vivir de lo único que merece ser adquirido y nunca
perdido.
¿Se puede
decir que me empeño con todo mi ser en amar al Dios único? Solo así
podremos escuchar el encantador susurro de confirmación en la verdad de Jesús: "Tú
no estás lejos del Reino de Dios"
Solo así no hay más preguntas. Porque se tienen
todas las respuestas para ser vividas.
Pbro. Sergio-Pablo Beliera