lunes, 19 de diciembre de 2011

HOMILÍA 4º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 18 DE DICIEMBRE DE 2011


HOMILÍA 4º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 18 DE DICIEMBRE DE 2011
“Concebirás y darás a luz un hijo…” En estas palabras quisiera invitarlos a poner nuestra atención en esta cuarta semana de Adviento que estamos comenzando. Ellas reflejan un cambio irreversible en la historia y son palabras de una fecundidad desconocida hasta ahora.
María, vivió este tiempo de concepción de manera completa. No se salteó nada de lo que significa una concepción. Lo vivió intensamente de principio a fin. Esta semana de Adviento debe estar signada por el deseo de ser vivido enteramente como una concepción.
En primer lugar los invito a poner nuestra atención en este verbo “concebir”. No nos centraremos en el como el mero hecho de la concepción biológica, que no nos incluiría a todos. Estoy mas bien pensando en la concepción en sentido englobante y totalizante, como se lo hace el Padre a María, que abarca a todo lo humano y creyente que hay en nosotros. María es imagen del querer de Dios sobre cada uno de nosotros. Pero siempre como un acontecimiento humano-creyente. Hoy en el evangelio concebir aparece dos veces (en María e Isabel). Dios aparece como todo vitalidad, todo vida, todo fertilidad, todo fecundidad siempre.
Miremos pues los rasgos esenciales de este acontecimiento humano significativo.
Concebir es en este sentido el acto de comprender (se compromete mi inteligencia en algo), de encontrar el sentido que tienen nuestros actos y sentimientos. Encuentro el sentido de un encuentro, de un acontecimiento. Se concibe con la mente, con el corazón, con el alma. Se concibe en la mente, en el corazón, en el alma.
Se concibe en la fe y luego en la vida. De esta manera me hago una idea bien definida de lo que está sucediendo. Le doy lugar en mí a algo que antes no estaba. La fe me hace concebir del presente hacia el futuro, nunca hacia el pasado. Y con la fuerza de la fe Dios es que encuentra lugar en mí. Concebir es concebir un espacio en mí, generar un espacio. Encuentra un espacio de fecundidad en mí. Me adentro en lo que está dentro, en lo que está sucediendo dentro de mí.
¿Concibo una vida que permite la vida en mí? ¿Desde dónde me invita Dios a concebir la vida que vivo?
Al concebir algo comienza a tener vida en mí. Quedo lleno de vida. Algo comienza formarse en mí, algo va tomando forma en mí. Al concebir quedo comprometido con lo que concibo porque pongo algo de mí frente a lo que he recibido. Como la mujer al concebir un hijo, todo mi persona se acomoda a lo que comienza crecer en mí. Estoy lleno de una vida que crece por sí misma en mí. Que se adentra en mis entrañas y desde mis entrañas madura. No es un anexo de mí, sino que quedo comprometido por lo que he recibido y he puesto de mí.
Los creyentes estamos invitados todos a concebir en sentido profundo y verdadero: todos nosotros somos un lugar donde algo cobra vida, donde se forma algo. Todos tenemos que mirarnos en la concepción. Es algo que me toma por entero. Concebir es dar vida.
¿Se puede decir de mí que estoy disponible para concebir? ¿Hay algo disponible en mí para que se genere nueva vida, más vida? Sin espacio y sin disponibilidad no se puede concebir.
Ahora, en segundo lugar prestemos atención a la siguiente parte: “…darás a luz…” Dar a luz, es una maravillosa y bellísima expresión. Lo que está oculto sale a la luz. Lo desconocido sale a la luz. Lo no visible de la vida sale a la luz. Concebir implica dar a luz, la concepción se expresa plenamente en dar a luz.
El concepto “dar a luz” es dinámico… Por un lado es “dar”, es entregar, es ofrecer, es dejar que surja… que salga…
Luego este dar está acompañado de esta sugestiva expresión: “a luz”… Aparecer, asomarse, surgir a la luz… Se hace inevitablemente palpable, está frente a mí, ante mí…
“Dar a luz” es parir, es dar a luz con esfuerzo. Es un compromiso personal donde abro toda mi vida para surja una vida… Debemos alumbrar la vida que viene de Dios a mí.
¿Qué tenemos que concebir? ¿Qué tenemos que dar a luz?... Tenemos que concebir y dar a luz una vida humana que pueda ser llamada Jesús. ¿Se puede decir de mi que estoy comprometido en concebir y dar a luz a alguien a quien se le pueda poner el nombre de Jesús, de Dios salva, que sea Hijo de Dios, que sea heredero de una promesa? ¿Estoy yo verdaderamente comprometido como varón, como mujer en concebir y dar a luz, a alguien, a algo vivo, que genere vida entre nosotros, que se lo pueda distinguir y tenga que ver con el obrar de Dios Padre, con su obrar continuo? ¿Estoy en esto o estoy yo en mi plan? ¿Quiero estar en el proyecto d el Padre? Tenemos que dar a luz algo que se pueda llamar con el nombre de Jesús, como el heredero de Jesús, como la continuidad del obrar del Padre que comenzó en Jesús y quiere prolongarse en mí.
El Padre lo hará posible, yo solo tengo que querer y dejar ser en mí, entre nosotros. La sombra de Espíritu Santo nos cubrirá y surgirá esa maravillosa continuidad en mí y entre nosotros del querer y del obrar del Padre. A veces no queremos… Pero necesitamos querer concebir y dar a luz con todo lo que esto significa. Y esto será nuestra alegría. “Alégrate”…
La Palabra quiere hacerse carne en mí. Como se hace Cuerpo y Sangre desde el pan y el vino. ¡Cómo no lo hará posible el Padre por la fuerza de su Espíritu que Jesús se haga carne en mí, en nosotros! Seamos todo materia disponible como María, la que se alegró frente a este anuncio y la que se alegrará al ver este mismo anuncio hacerse realidad en cada uno de nosotros y en la Iglesia de su amado Hijo Jesús.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 11 de diciembre de 2011

HOMILÍA 3º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 11 DE DICIEMBRE DE 2011


HOMILÍA 3º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 11 DE DICIEMBRE DE 2011
“…en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen…” proclama Juan el Bautista en el evangelio de hoy. Podría sonar un reproche, pero no lo es, es más bien un anuncio esperanzador. Juan Bautista es el que saltó de alegría en el seno de su madre ante la presencia oculta de Jesús en el vientre de María. El sí lo conoce porque lo ha experimentado, ha hecho la experiencia de su Presencia única y gozosa.
Este es un esperanzador anuncio para quienes caminamos en lo transitorio de la historia, sin poder ver la totalidad de lo que nos envuelve y de lo que nos habita, es un anuncio absolutamente imprescindible. Creemos en un Dios al que experimentamos pero al que aún no podemos ver. Experimentamos su presencia pero no podemos conocerlo como Él nos conoce a nosotros.
Esta experiencia sin visión plena, es irreductible a cualquiera de sus extremos (experiencia – visión). Porque la experiencia es la de una Presencia viva y eficaz de Dios, que se impone por sus signos inconfundibles en nosotros como lo fue en Jesús de Nazaret: “…llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor.” Cuando somos esos pobres, esos heridos, esos cautivos, esos beneficiados por la bondad del Señor, hacemos experiencia de Dios, sabemos que está… Cuando somos buena noticia para el pobre de cualquier tipo que nos rodee, cuando vendamos los corazones heridos, cuando proclamamos la liberación al cautivo y la libertad al prisioneros de cualquier clase y condición que nos rodee, sabemos que viene de una experiencia viva y eficaz de Dios en nosotros. Sabemos que no somos nosotros sino “Él” el que está actuando, el que está en medio de nosotros. Podemos decir, sin menoscabo de nuestra integridad y dignidad, "Yo no soy…”, es “Él”.
A la vez esta experiencia es en la pura fe “…en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen…” que nos hace asumir con claridad que todo conocimiento de la Presencia de Dios es limitada y solo puede ser completa al final del camino cuando Dios se nos muestre sin velo alguno. Hoy, debo vivir en medio de esa Presencia que me resulta desconocida e inabarcable por completo. Pero vivirla con asombro y aceptación. Vivirla con admiración y entera disponibilidad. La fe pura, la fe verdadera, la fe que viene de Dios y encuentra en nosotros una casa, es la que se vuelve toda atención a Aquel de quien proviene. Es la fe que me habita “para dar testimonio de la luz…”, para que todos crean y sea así un “testigo de la luz” que me alumbra a mí mismo.
Pero nada de esto es posible sin la experiencia fundante de: “El espíritu del Señor está sobre mí…” Sí, somos aquellos que como Jesús de Nazaret, hacen la experiencia de recibir sobre si, la penetrante experiencia del Espíritu que se asienta en las profundidades de nuestro ser. Esta es la experiencia inicial de Jesús de Nazaret en las aguas del bautismo en el Jordán, una experiencia trascendente que viene de lo alto y se posa sobre su persona, esto es la experiencia de una elección, de una llamada, “sobre mí”, por lo cual es una experiencia ineludible. La elección, la llamada que proviene de Dios es irrevocable y permanece en mí porque Él lo ha penetrado todo en mí. Y a la vez hasta que no lo penetre todo, todo estará por hacerse en mí.
“No extingan la acción del Espíritu…” que ha descendido tan claramente sobre nosotros. Y que nos hace permanecer en oración incesante. Quien hace experiencia de Dios, quien cree, quien ha recibido el Espíritu, quien es llamado a ser testigo, debe permanecer en oración, en un vínculo constante de gozo y de compasión que se vuelve alabanza y bendición. Solo esta conexión con la acción orante del Espíritu puede hacernos dar el fruto de una acción compasiva según el Espíritu. Como en la Eucaristía donde la invocación del Espíritu transforma por su acción el pan el Cuerpo y el vino en Sangre de Jesús. A través de la oración Dios se hace Presencia encarnada y viva según la Vida que desciende del Cielo para transformar la tierra y adelantar lo que ya está allí en nuestro aquí y ahora. Y que experimentamos vivamente sin verlo, y por lo cual vivimos más allá de conocerlo.
Dejémonos llevar por el Espíritu antes que por nuestra racionalidad o abstracciones que extinguen “la acción del Espíritu”. Solo así podremos conocer como somos conocidos por Aquel al que experimentamos en su Presencia viva.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 4 de diciembre de 2011

HOMILÍA 2º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 4 DE DICIEMBRE DE 2011


HOMILÍA 2º DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B, 4 DE DICIEMBRE DE 2011

“Una voz grita en el desierto”… ¿Qué voz grita en mi desierto? ¿Cuál es su mensaje? Esta es la pregunta con la que los invito a comenzar esta segunda semana de Adviento.
Mi desierto está conformado por lo que me rodea y es infértil, donde no hay vida sin adversidad, esos lugares donde presiento el peligro, donde queda al desnudo mi soledad, la inmensidad de lo insuperable, los espacios que aíslan y se vuelven adversos, la inseguridad reinante, lo desafortunado de nuestras formas de vincularnos...
Mi desierto está conformado por mi propio vacío, mi propia infecundidad, mi palpable aislamiento, mi soledad insuperable, mi grito que experimento imposible de ser escuchado, mis fieras indómitas e indomables, mis estados de peligros constantes, mis inmensidades agotadoras y agobiantes, mis estados de intemperie, mi sed insatisfecha, mis distancias infranqueables…
Pero en mi desierto, Dios ha puesto una voz, una voz que grita, una voz que levanta el tono para hacerse escuchar, una voz solitaria pero nítida, distinguible, ineludible… Voz interior y voz exterior… Es su Voz, pero que se hace su Voz en mi voz… Es una Voz que contagia mi voz y le da plena vigencia y sentido.
La voz, podríamos decir que es la amplificación sonora de nuestro interior. Ella expresa de manera vibrante a través de sonidos los rumores que recorren nuestro interior. La expresión del profeta no puede ser más elocuente: “Hablen al corazón…” Los rumores del interior tiene una Voz que habla a nuestras entrañas. Entrañas que necesitan ser despertadas. Entrañas que necesitan ser conducidas. Entrañas que necesitan entrar en diálogo. Los rumores del interior necesitan una posibilidad de expresarse con claridad para ser discernidos, puestos a la luz del Espíritu, entrar en sintonía con la Sabiduría de Dios…
En mi desierto la voz interior viene a cumplir su misión impartida por el mismo Dios: “anúncienle…” Este anuncio es la misión de darle noticia o aviso a mi persona de un Cambio; es hacer publico en mí una Novedad, proclamar en mí una Presencia, hacerme saber de un Camino, un Sentido…
En mi desierto “una voz proclama” solemnemente. Es una Voz que publica en alta voz una Presencia y un Obrar para que se haga notorio a todo en mí y a todos a mi alrededor. Una Voz que declara solemnemente el principio o inauguración del reinado de Dios en mí y en mi alrededor. Es una Voz que proclama para que sea dicho claramente a mi multitud interior y a la multitud de mi exterior, para alabar y bendecir a Aquel que vino, viene y vendrá en mi, como Vida de mi vida, como Luz de mi luz, como Camino de mi camino, como Palabra de mi palabra, como Pan de mi hambre, como Hermano de mi hermano interior y exterior. Una Voz que proclama para conferir, por unanimidad, su lugar a Dios en mí y en mis hermanos. Una Voz que proclama para dar señales inequívocas de lo que es el amor de Dios por mi, por nosotros y de su pasión de Padre y de Hijo único.
Las consecuencias son claras: “Preparen en el desierto el camino del Señor… Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor.”
Habré de subirme a lo más alto de mi inteligencia, de mi corazón, de mis fuerzas, de mi vida; a lo más alto de los ámbitos que me rodean. Porque la Voz inconfundible de Dios en mí ordena: “levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia… Levántala sin temor, di a las ciudades: "¡Aquí está tu Dios!”
No puedo callar la Voz de Dios en mí que me convoca a ser voz, que me congrega entorno al que nos “bautiza con el Espíritu Santo”, Jesús el Señor. Y que me hace su mensajero privilegiado para que todos se reúnan en torno a Jesús que da Vida, que hace fecundo, que trae fertilidad, comunicación, comunión, alegría, reconciliación a nuestro entorno, que hace la paz posible. Que hace de mi desierto, de nuestro un lugar de Encuentro, de Comunión de Amor, de Esperanza en estado activo.

P. Sergio Pablo Beliera