lunes, 23 de julio de 2012

HOMILÍA 16° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 22 DE JULIO DE 2012


HOMILÍA 16° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 22 DE JULIO DE 2012
Los invito a posar nuestra mirada y por lo tanto nuestra atención a una situación que es habitual en nuestra vida. En general nosotros buscamos la forma, la experiencia de conjugar situaciones o acontecimientos, que a veces nos parecen contrapuestos y disímiles entre sí, como si solo lo que tuvieran en común fuera los sujetos, las personas que los viven.
Me refiero a las experiencias de intimidad de un pequeño grupo, como puede ser un matrimonio, o una pequeña comunidad humana, y la experiencia de apertura a un grupo humano mayor. Como si la funcionalidad entre lo pequeño y lo grande estuvieran de por sí contrapuestas o en oposición. ¡Cuánto nos gusta y disfrutamos la intimidad esponsal, de un pequeño grupo de amigos, de una pequeña comunidad! ¡Cuánto disfrutamos la experiencia de comunión en grande experiencias familiares, comunitarias o sociales! Pero, puede ser que entre una y otra no haya una conjugación y lazo de continuidad. Como si pretendiera reinar el principio de la ruptura entre una y otra.
Hoy Jesús, puede darnos una mano en la experiencia de encontrar una respuesta para esta experiencia que señalamos.
“Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.” En primer lugar nos encontramos a Jesús con la pequeña comunidad de discípulos que llegan de una fructífera experiencia de misión y están llenos de emocionantes experiencias para compartir con el Maestro y sus compañeros. Hay algo entre ellos que los hace reencontrarse y buscar compartir su experiencia poniendo todo en común.
“El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. 
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.” En segundo lugar nos encontramos a Jesús que percibe el cansancio original de este pequeño grupo entusiasta y les propone entrar en la experiencia del descanso compartido separados del resto. Un aparte del grupo más íntimo. Hay algo entre ellos solos que conviene darle lugar y Jesús no lo deja pasar.
“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.” En tercer lugar, nos encontramos con un Jesús y la comunidad de apóstoles, sorprendidos por la multitud en su descanso. Sin mediar transición Jesús percibe la necesidad y valida esta presencia inesperada, poniéndose en entera disponibilidad de esta multitud hambrienta y desorientada.
Jesús se manifiesta el mismo en las tres situaciones, puede reconocer las necesidades y oportunidades de su comunidad de discípulos, del grupo íntimo de apóstoles y de la multitud que los busca. Frente a los tres grupos y frente a las tres situaciones se manifiesta dócil y propositivo. Y transita de una experiencia a la otra con la misma actitud de comprensión, atención y cuidado. No subordina ninguna de las experiencias a la otra. Muy por el contrario las pone en diálogo y conexión, las sincroniza y las pone en gran comunión.
La serenidad manifestada en las expresiones: “se compadeció de ella… y estuvo enseñándoles largo rato”, ponen de manifiesto que esta última situación que los sorprende, Jesús la vive en total continuidad con las otras dos situaciones, con el mismo corazón y la misma mirada.
Jesús nos enseña la insustituible experiencia de darnos por completo a lo íntimo, a lo familiar y a lo comunitario con un mismo corazón, con una misma motivación, con una misma intención, con una misma generosidad, con una misma integridad, con una misma alegre y serena entrega. Siempre el mismo frente a las distintas situaciones, porque su corazón compasivo es todo suyo y no depende de una situación exterior o circunstancial. Nos enseña a ser menos susceptibles a las demandas exteriores y a ser menos dependiente de las circunstancias.
Verdaderamente podemos decir: “Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba… Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, 
y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona.” Somos una humanidad nueva en la medida que el modo de Cristo se hace el nuestro y en la medida que somos hombre nuevo en el que se han derribado todos los muros de enemistad que nos separa entre nosotros en la única vida que se nos ha concedido. Reconciliados vivimos reconciliando toda enemistad en nuestra persona que ahora y para siempre está unida a la suya. No podemos ya ser dos en nosotros mismos y entre nosotros, somos uno con Jesús, con los demás y con nosotros mismos.

P. Sergio Pablo Beliera

lunes, 16 de julio de 2012

HOMILÍA 15° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE JULIO DE 2012


HOMILÍA 15° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE JULIO DE 2012
Cuando uno ve a una bailarina o bailarín clásico en sus maravillosos movimientos, desplazamientos y saltos, uno queda admirado por su liviandad y ligereza.
Cuando uno asiste a un espectáculo de circo y ve a los trapecistas y equilibristas hacer su maravilloso arte, haciendo a sus cuerpos volar de un lado al otro y sostenerse en tan singular equilibrio, uno queda admirado de su soltura y sincronización.
Su arte necesita verlos despojados y con el solo instrumento de su cuerpo como manifestación de sus movimientos.
¿Quién puede imaginar semejante arte con pesadas cargas? El arte está en su cuerpo despojado, liviano, pero robusto en su estructura misma.
Así, quien pretende dirigirse a las personas no puede ir a ellas más que con su sola persona. Desprovisto de todo, hasta de argumentos, manifestando solo la maravillosa presencia de una convicción en la propia humanidad, en el propio cuerpo, con su sola persona y presencia. Maravilloso y magistral desafío.
“Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos”. Jesús llama y envía a solo 12 personas. Y no solo eso, sino que los reparte en 6 pequeños grupos de 2. Algo ínfimo e insignificante frente al desafío. Para que quede claro y manifiesto, que en esa pobreza de recursos humanos, la fuerza y la tarea no se apoya sino solo en la convicción de Quien llama y envía.
Se nos llama a poner el cuerpo, nuestra persona por entero, sin dejar nada afuera de lo que somos esencialmente. Nuestra existencia, nuestra vida con su historia, nuestra persona y su vivencia de ser llamado por una Voz más fuerte que cualquier voz, más contundente y nítida que cualquier otra voz. Una Voz sobre la que no puede sobreponerse ninguna otra. Es la llamada que ha quedado grabada en nuestra conciencia: “el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve a profetizar’” y es más fuerte que nuestro deseo conocido. Es el Señor, quien a transformado nuestro deseo conocido por uno que no sabíamos distinguir y apreciar, pero mucho más nuestro que cualquier otro, mucho más urgente que cualquier otro, mucho más claramente vinculante a los otros que cualquier deseo anterior que hayamos conocido.
La Belleza y la Bondad de Dios quieren pasar a través de nuestras cuerdas vocales y salir a través de nuestras bocas hacia las vidas de los demás. Quiere pasar a través de nuestros pies de caminantes para llegar a ritmo de paso de hombre a los otros hombres. Quiere pasar a través de nuestras manos para tocar la vida de las demás personas y experimentar que somos una caricia de Dios para muchos hombres y mujeres golpeados por el prejuicio, el juicio y la violencia del desamor. Somos así, un profeta para nuestros hermanos viendo y dejándoles ver lo que Dios quiere que ellos y nosotros veamos: la belleza y la bondad para la que fuimos creados.
El Señor nos necesita livianos, desprovistos de carga extra, solo con lo puesto para que absorbamos la confianza en su obrar libre en nosotros y la confianza en la libertad de nuestro obrar. Las palabras no pueden ser más claras y elocuentes: “Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.” Lo mínimo e indispensable para que los hombres no nos vean a nosotros sino que perciban y escuchen el mensaje de conversión que se nos ha confiado. Ninguna seguridad externa nos servirá a la hora de ser instrumentos de Dios, de ser mensajeros de Dios, de ser llamada de Dios a los demás. Es el arte de nuestro cuerpo desprovisto de todo peso innecesario el que nos brindará las condiciones adecuadas para la misión encomendada.
Es un mensaje certero y clarificador para nuestras familias, que deben confiar en su llamada a ser familias y en las personas que viven bajo el mismo techo. Confiar que pueden darse el amor que Dios tiene para que se den mutuamente y que no necesitan de condiciones externas mejores ni peores, sino de cada uno dándose por entero en la convicción de ser uno que ha sido sacado de atrás y puesto delante para llamar a los demás a la transformación en lo que Dios nos pensó y nos quiere.
Cuando la vocación y la misión quedan desvinculada una de la otra, estamos heridos de muerte. es por eso que Jesús, llama y envía en un mismo acto. Lo que somos si o si tiene que ver con lo que hacemos. Solo así podremos llamar a los demás a transformarse en lo que Dios quiere para ellos y a vivirlo en consecuencia. Si la vocación y la misión ya no provienen de Dios, quedamos desprovistos de la fuente de unidad y de sentido de lo que somos y estamos llamados a involucrarnos con todo nuestro ser personas.
Jesús me llama, Jesús me envía, es una convicción que no podemos perder u olvidar. Esa es nuestra fuerza. Y junto con esto recuperar la convicción de que me llama y envía a poner el cuerpo con lo que soy y no con lo que me adorno. Solo así podemos experimentar la libertad de ser y hacer lo que somos sin necesidad de nada más.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 8 de julio de 2012

HOMILÍA 14° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 8 DE JULIO 2012


HOMILÍA 14° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 8 DE JULIO 2012
“Y él se asombraba de su falta de fe” ¡Cuantas veces te has tenido que asombrar de mi falta de fe, Señor! ¡Cuántas veces he entristecido tu corazón y empalidecido tu rostro, mi Señor! ¿Cómo es que te he hecho esto?
Seguramente ha sido cuando he dejado de asombrarme de tu fe, si de tu fidelidad, de tu abnegada permanencia a pesar de todo y más aún de tu inexplicable abajamiento a una forma de existencia que no deslumbra, no maravilla, tan próximo que te has vuelto claramente uno de los nuestros hasta la insignificancia. Yo puedo decir con los tuyos: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?” Tan conocido que te has vuelto irreconocible para mi asombro, acostumbrado a una imagen falsa de lo que significa destacarse, agregar algo a un cambio profundo.
Quien se ciega del asombro de lo cercano, de lo humano, se vuelve sordo a la voz que nos guía y saca de toda dispersión. Esa voz divina que congrega en el punto focal de donde partimos para existir, para ser nosotros mismos según tu maravillosa y sencilla “imagen y semejanza”. Increíblemente el que nos hizo a su “imagen y semejanza” es irreconocible para nosotros cuando se nos presenta en esa misma “imagen y semejanza”. Y si, solo la fe puede ver, solo la fe puede escuchar, solo la fe puede palpar, solo la fe puede reconocer, al que tiene rostro humano, al que tiene voz humana, al que tiene textura humana, al que tiene imagen humana, y guarda el tesoro de ser Dios entre nosotros.
¿Qué queda después de un recital en una estrella de rock? Un hombre o una mujer como nosotros. ¿Qué hay de un descollante futbolista después de un partido, en el vestuario? Un simple hombre teniendo que afrontar estar en la tierra. ¿Qué hay detrás de un gran hombre de negocios? Un simple mortal que también siente el peso de serlo. ¿Qué hay de tras de una entrañable madre y un esmerado padre? Una mujer y un hombre que también necesitan ser amado. Nos revelamos ante tan contundente revelación. Queremos un dios detrás de la máscara de todos ellos. Eso, eso, solo es posible en Jesús de Nazaret. Solo en ti mi humano Señor, mi hermano Mayor, mi lúcido Maestro, mi presencia insignificante que Cura, mi palabra humana-Divina… Lo que busco y pretendo en mi imaginario de todos los demás, solo lo puedo encontrar en ti, amado Jesús de Nazaret. Rechazando tu asumida impotencia, abrazo hasta el dolor mi triste y ficticia omnipotencia.
¿Dónde quiero llegar con mi obstinación inútil? ¿Dónde pretendo llegar con mi corazón endurecido? ¿Para qué esta rebeldía inútil? ¿A qué viene esta sublevación constante e impaciente? Tu sí que lo haces con sentido…
Te obstinas en amarnos hasta desangrarte… Estas obstinado en conquistar nuestra atención… Sanamente obstinado en servirnos alegremente…
Tu ablandas increíblemente tu corazón hasta el extremo de abrirlo y darlo todo… Tu corazón se enciende en mansedumbre y ternura… Tu corazón se hace fuerte para no dejarte llevar por nuestra dureza…
Tu te revelas contra nuestra tristeza, contra nuestra envidia, contra nuestra insufrible impaciencia… Tu te revelas para ser libre de la nefasta influencia de la desconfianza y la amargura de ser solo hombres y no Dios… Tu te revelas contar la esclavitud de no querer ser frágiles, débiles…
Tu te sublevas y proclamas con gusto, "te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad" y no pierdes en ello tu divinidad.
Jesús, no dejes de hablar a tu pueblo sordo y ciego, y aquellos que te escuchan hazlos practicar hasta imitarte. Y a los que te ven con los ojos de la fe, ilumínalos hasta llenar esta ciudad de la luz apacible que congrega en torno suyo.
Amado Jesús, que tu humanidad, la de mis hermanos y la mía no sean un obstáculo para que experimente como haces tu obra en ellos y en mí porque: “Como los ojos de los servidores están fijos en las manos de su señor y los ojos de la servidora en las manos de su dueña: así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios, hasta que se apiade de nosotros.”

P. Sergio Pablo Beliera