domingo, 26 de julio de 2015

Homilía 17° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 26 de Julio de 2015

Hacer memoria que la principal reunión semanal de los cristianos con Jesús el Buen Pastor es una comida, es fundamental.
Nunca, bajo ninguna condición, los cristianos debemos olvidarnos queno somos parte no de un rito, de un ceremonial, de un simple festejo, sino de una comida a la que Jesús mismo nos invita a sentarnos y nos sirve los panes.
Esta comida es siempre para los discípulos una provocación, una prueba, un examen del estado de nuestra conciencia, de lo profundo que ha calado la persona de Jesús y su Buena Noticia, diferente y superadora de todas las otras propuestas existentes de unión con Dios y entre los hombres.
Nunca podremos optar entre el puro ritualismo o entre la reunión humana como si fuera “un asado de amigos”. Lo nuestro, es una comida de indigentes en la que panes y pescados provienen de la generosidad de unos para con otros y, que pasan por las manos de Jesús para transformarse en un alimento que satisfaga nuestras expectativas y, reformule nuestras opciones humanas sin Dios o con un dios a nuestra medida y antojo.
En la escena evangélica, esta cerca la fiesta de la Pascua, y Jesús nos propone pasar un nuevo y definitivo Mar Rojo, el de la manipulación de Dios y de su insidencia en nuestras vidas. Nuestra definitiva liberación es:
de quedarnos sujetos a las reglas de un mundo de poder -“querían apoderarse de él para hacerlo rey”-,
sustentados en lo que resuelve el dinero -“Felipe le respondió: “Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan”-,
o de espiritualismos sin insidencia ya en la realidad: -“Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos”-.
El paso, la Pascua, es un paso real, concreto, que implica un compromiso de nuestras personas, que se disponen a hacer lo que Jesús nos diga a través de sus enviados.
Para venir a esta comida de Jesús hay que tener hambre, debemos asumir nuestra condición de indigentes, de hambrientos incapaces de darse de comer a sí mismos.
A la vez nuestras Eucaristías deben ser como Jesús las celebraría, porque es Él el que nos dio los parámetros de nuestra experiencia Eucarística, “Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron…” ¿Somos capaces de entrar en esa pregunta y darle aunque sea una respuesta imperfecta pero comprometida?
¿Tienen nuestras Eucaristías la trascendencia que sólo Jesús le puede dar?
¿Tienen nuestras Eucaristías el suficiente compromiso de nosotros mismos para que sean verdaderamente humanas y transformadoras de nuestra historia personal, comunitaria y social?
No podemos y por lo tanto nod ebemos apoderarnos de nuestras Eucaristías. Somos parte de ellas, pero no sus dueños. La Eucaristía debe satisfacernos pero por la saciedad que proboca Jesús y no porque son como a nosotros nos gustan y satisfacen nuestros egos o sensibilidades.
La eucaristía de Jesús se basa en experiencias muy concretas sin las cuales ya no son su Eucaristía:
Una multitud hambrienta que proviene de todas partes acudiendo a Jesús libremente,
Una enseñanza de Jesús que habla con autoridad,
Unos discípulos de Jesús que tienen que colaborar con Él para poner el pan,
Una disposición del lugar para que todos se sienten como hombres libres,
Una bendición, acción de gracias al Padre, y una partición de Jesús de los panes,
Una districución por manos de sus discípulos a todos hasta saciarse,
Una recolección de lo que sobra para que nada se pierda.
Nuestras Eucaristías deben ser pues comidas sencillas, significativas y fraternas en las que Jesús Buen Pastor nos dé el alimento que sólo Él puede repartir desde cinco panes y dos peces que estaban en posesión de un niño que nada tiene por sí mismo.
No cesemos de entrar en esta opción de Jesús donde en nuestras Eucaristías todo se disponga para que Dios mismo nos dé de comer, y que toda sencilles y solemnidad encuentran su unidad es que todo es para Dios y no para nosotros mismos.
Así tendrá sentido lo que hoy pedimos al Padre: “…protector de los que esperan en ti, fuera de quien nada tiene valor ni santidad; acrecienta sobre nosotros tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, usemos los bienes pasajeros de tal modo que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos.”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 19 de julio de 2015

Homilía 16° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B 19, de Julio de 2015


    Una y otra vez hay una situación que se nos vuelve recurrente, como lo expresa hoy el Evangelio:
“…los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.”

Una y otra vez, reunirnos con Jesús.
Una y otra vez, contarle a Jesús todo lo que hemos hecho.
Una y otra vez, contarle a Jesús todo lo que hemos hablado sobre Él.
Esta es la dinámica propia del busca a Dios y se hace discípulo de Jesús, Dios entre nosotros.

Reunirnos en torno a Jesús, en eso cosiste todo:
porque Jesús es nuestro punto de encuentro,
nuestro punto de salida
y nuestro punto de vuelta.
Jesús es el Pastor bueno y solícito que nos reúne, que nos congrega, como un fuego para brindarnos calor o una lámpara para brindarnos su luz, como una fuente para brindarnos agua.
Las mujeres y los hombres de Dios, convocados por Dios desde el Bautismo, hablamos con Dios de Dios y, de sus consecuencias en nuestras vidas. O al menos esa debería ser nuestra conversación con Él.
Ese reunirnos en torno a Jesús, para estar con Él y compartir con Él, parte de una experiencia que tenemos con Él y sólo con Él.
Nosotros hemos encontrado en Jesús, a Aquel nos “vio… y se compadeció” de nosotros, porque estábamos “como ovejas sin pastor”, y que viendo nuestra situación se puso a enseñarnos “largo rato”. Es Él y sólo Él quien ha experimentado esa mirada y esa compasión con nosotros. O al menos eso debería ser para nosotros, ¿lo es así? No da lo mismo que lo sea o que no lo sea.
Hoy, ¿nosotros nos apoyamos en esa mirada que nos descubre y en esa compasión que nos recubre?

“Cristo es nuestra paz” ¿“Cristo es nuestra paz”? Cada uno debe examinarse en esta experiencia que no es una simple frase. Es una experiencia que marca un ante y un después. ¿Lo vivimos así?
“Dios es mi ayuda, el Señor es mi verdadero sostén.” (Sal 53, 6. 8) ¿Dejo que esto sea así? ¿Cada día me encamino para que esto sea así, y no esté apoyándome en otras ayudas y en otros sostenes?

Todos los cristianos deberíamos trabajar diariamente para que Aquel nos “vio… y se compadeció” de nosotros, porque estábamos “como ovejas sin pastor”, y que viendo nuestra situación se puso a enseñarnos “largo rato”, se vuelva una experiencia insustituible, única e insuperable. Y eso sólo es posible si me vuelvo visible para el que me ve, si me vuelvo audible para el que me escucha, si me vuelvo vulnerable para el que tiene corazón compasivo para conmigo.
A su vez hay que luchar en cada uno de nosotros contra la idolatría de la imagen, contra el culto de los sustitutos de Dios, contra el engrosamiento de la personalidades. Nosotros, “Ahora, en Cristo Jesús… los que antes estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo… Porque por medio de Cristo, todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu.”
Él, Jesús, es el Signo sensible y la Palabra audible del Padre, que le da validez a todos las otras presencias sacramentales de Dios Pastor en su Iglesia. Sin Jesús no hay pastoreo compasivo, y ninguna de las presencias sacramentales de ese pastoreo de Dios en Jesús Buen Pastor, puede validarse por sí mismas y a sí mismas.
Lo trascendental es que Jesús, se vuelva el Buen Pastor Compasivo, de todos nosotros, que nos convoca entorno a Sí.
Si Él no es nuestra ayuda, nuestro consuelo y sostén, no sabré reconocerlo cuando viene a mí, ni sabré darlo cuando lo requieran de cada uno de nosotros los demás, como discípulo que ha gozado del consuelo de su Señor y da más de lo mismo que ha recibido.
Todo ministerio, todo servicio en la Iglesia, debe dejar libre el espacio de pastoreo compasivo y de maestro de consuelo que le corresponde a Jesús. Ninguna mediación humana debe ocultar la Mediación trascendental de Jesús. Al contrario, todas ellas deben volver continua referencia a Jesús Pastor y Maestro Bueno y Compasivo, que ve, escucha y enseña, no sólo a través de… sino que lo sigue haciendo por sí mismo hasta la consumación de los tiempos. “Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas, de todos los países adonde las había expulsado, y las haré volver a sus praderas, donde serán fecundas y se multiplicarán…”
Cuidarnos mutuamente en la Iglesia –iglesia doméstica, comunidad local, comunidad religiosa- del poner por delante de Jesús nuestros gustos por este o aquel ministro de la Iglesia sea cual fuere, es un bien que no debemos abandonar jamás. Cuidarnos mutuamente de la vanidad de la personalidad y de los carismas que se sirven a sí mismos.
Jesús vivo en mi vida cada día por la Palabra, la Eucaristía y la Reconciliación, “Me guía por el recto sendero… me infunden confianza.”
“Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”, escuchamos de nuestro Pastor y Maestro que nos convoca entorno a sí, en la Palabra, la Eucaristía y su Iglesia –familia, comunidad-, cada vez que estamos cansados de trabajar en su rebaño, en su siembra, en su cosecha, en su jornada. “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco”, no mucho porque aún queda mucho por hacer.
“Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 12 de julio de 2015

Homilía 15° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 12 de Julio de 2015

“Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos…” Podríamos llamarlo a este primer envío, un envío ‘de entre casa’, entre los más cercanos. Es la primera experiencia de enviar para Jesús y la primera experiencia de enviados de los Doce.
Este primer envío de Jesús tiene características particulares: “…los envió de dos en dos…” No es un envío individual, sino un envío comunitario de dos en dos, que se hará tan típica de la Iglesia para siempre. ¡Cuánto deberíamos amar este estilo de Jesús no hecho al azar, nacido de sus entrañas, de su experiencia![i]

Jesús convoca y envía… “Jesús llamó a los Doce y los envió…”
Jesús les da el poder (sobre los espíritus impuros)… “…dándoles poder sobre los espíritus impuros.”
Jesús da las instrucciones de que deben llevar (nada para el camino ni pan, ni alforja, ni dinero sencillo… sólo un bastón… sandalias y una túnica)… “Y les ordenó que no llevaran para el camino…”
Jesús dice que deben hacer (entrar en las casas familiares) y decir (arrepiéntanse) “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento…”

“Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión…”
Los Doce se ponen en disponibilidad de Jesús y se dejan enviar
Los Doce son receptivos del don de Jesús de purificar
Los Doce se dejan moldear por el programa de Jesús y su estilo
Los Doce se lanzan al mundo desconocido del casa por casa y de la sanación

Es la misión entre las ovejas descarriadas del pueblo de Israel… Es la misión entre los nuestros, una misión entre nosotros, entre nuestras casas, barrios y comunidades…
Misión para:
Devolver la pureza… “…dándoles poder sobre los espíritus impuros.”
Devolver la hospitalidad… “Permanezcan en la casa donde les den alojamiento…”
Devolver la escucha… “Entonces fueron a predicar…”
Devolver la capacidad de arrepentimiento… “…exhortando a la conversión…”
Devolver la libertad… “…expulsaron a muchos demonios…”
Devolver la salud… “…y sanaron a numerosos enfermos…”

Jesús así marca las prioridades… ¡Benditas prioridades surgidas de las entrañas de Jesús! ¡Y pensar que nosotros nos pasamos horas viendo cuales son las prioridades!
Jesús nos marca cual es el plan estratégico de la misión… ¡Bendito programa surgido de tanta sabiduría y tanto amor! ¡Y pensar que nos pasamos horas haciendo nuestros planes estratégicos!

Los Doce tienen como aprendizaje para transmitir:
lo que han vivido con Jesús,
las fuerza de Jesús,
el estilo de Jesús, con eso basta…
“…yo contemplaré tu rostro; y al despertar, me saciaré de tu presencia.” Sal 16, 15

“Y les ordenó que no llevaran para el camino…”[ii]
Los resultados no cuentan ahora, se pone lo mejor… pero se sale totalmente desprovisto de seguridades, eso ‘obliga’ a la hospitalidad de los que quieran recibirlos y eso marcará el comienzo de una nueva vida en esas casas, y quienes no los reciban manifestarán la dureza de su corazón, su pérdida de la más mínima sensibilidad frente al desprovisto y en riesgo, con eso está casi todo dicho…
“Y les ordenó que no llevaran para el camino…” ¡Qué importante y actual se vuelve este ir sin nada llevando sólo a Jesús aprendido en el corazón de la vida compartida con Él! Sólo las horas y horas gastadas en la intimidad con Él son la garantía que lo llevamos a Él y no una ideología o algo más, sino a Él mismo y lo que Él quiere hacer.
Como los Doce, nosotros hoy no somos dueños de la misión, la misión es de Jesús y sólo de Él. Estamos desprovisto de toda seguridad humana y provistos sólo de las fuerzas de Jesús y de la hospitalidad de nuestros hermanos para con Jesús. Nosotros no somos más que enviados porque lo hemos seguido y debemos ser recibidos porque Él nos ha enviado y la gente lo necesita a Él.
Desprovistos de nosotros mismos vamos provistos del mejor bastón, de la mejor túnica y del mejor calzado: Jesús mismos que nos sostiene desde adentro, que nos reviste con su persona, y protege nuestro andar.
El Padre, “nos hizo conocer el misterio de su voluntad…: reunir todas las cosas, las del Cielo y las de la Tierra, bajo una sola Cabeza, que es Cristo.” Por eso: “Ve a profetizar a mi pueblo…”

P. Sergio-Pablo Beliera



[i] Durante los últimos 20 años he podido experimentar lo que este de dos en dos significaba, no era algo más. De dos en dos es la experiencia de la comunión entre los enviados que se da a los que se los envía. Ese de dos en dos, en los 4 últimos años de misión, ha significado para mí algo muy especial, donde pude vivir la experiencia de una comunión profunda sustentada en la unanimidad fraterna, en el tener una sola alma, un solo corazón, un mismo Espíritu. Si eso, es imposible y hasta ostentoso o presumido ir de misión a la casa, la familia, al corazón del otro. La posibilidad de conversión de aquellos a los que se misiona, depende de la conversión de los dos que son enviados. Es así en un matrimonio respecto de sus hijos, es así de los misioneros de la Iglesia respecto de sus hermanos misionados.

[ii] Otra experiencia verificada y certificada, ha sido este “no llevar nada” que Jesús pide a los Doce y, nos sigue pidiendo a nosotros. He ido por las calles tocando a la puerta de las casas de los lugares de misión, pidiendo el alojamiento y recibiendo el pan, para poder dar a Jesús.
Ir de puerta en puerta como mendicantes, desarmados de toda seguridad, desprovisto de las armas del mundo. Llevamos lo único que tenemos para llevar: a Jesús, su amor, su compasión. Él que se despojo de todo para venir a nosotros sin ninguna prepotencia, sin ningún poder que no fuera el de darse a sí mimo.
¡Que bueno para mi orgullo recibir un no! ¡Que dolor por el amor a Jesús recibir un no! ¡Que maravilla la hospitalidad de los hombres a los enviados de Jesús, eso si que es el inicio y la consolidación del Reino de Dios!