lunes, 9 de enero de 2006

HOMILÍA SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO B 2006


Hemos llegado al fin del Tiempo de Navidad. Durante todo este tiempo hemos celebrado la manifestación humana de Dios en Jesús de Nazaret, en el pequeño niño recostado en el pesebre y adorado por María, José, los pastores y los magos de Oriente. Hoy Jesús como adulto, al inicio de su vida pública experimenta una teofanía, una manifestación de Dios, que lo proclama como su Hijo amado ante el pueblo penitente. Es el Bautismo en el Jordán.
Entremos en este misterio a través de los signos o elementos que hoy nos proponen las lecturas de esta fiesta: Agua, Sangre y Espíritu Santo.
La primera imagen que nos ofrece el profeta Isaías es la del Agua que empapa la tierra. ES una imagen muy vital, la lluvia penetrando la tierra. Y al empapar la tierra, la hidrata, la purifica, y le extrae toda su riqueza. Así lo que hay en la tierra puede dar su fruto, puede surgir como vida. Así es devuelto el don que ha recibido a través del agua. Nosotros hemos sido bautizados por el agua, que nos ha purificado del pecado, nuestra tierra reseca ha sido hidratada por el agua de la gracia. Por el bautismo pasamos a ser miembros del Pueblo de la Palabra. Esa Agua es la Palabra de Dios dirigida a nosotros, diciéndonos cuanto nos ama. Dios se dirige a los hombres con un lenguaje humano y penetra los corazones de los creyentes y desde el interior de nuestra conciencia clama darle su fruto a Dios. Dar un fruto a Dios en consonancia con lo que hemos recibido. El profeta Isaías nos aporta un importante concepto de vida espiritual desde una imagen de la naturaleza: “…así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé…” Nada puede dar su fruto en nosotros si no recibe el don. Por eso nuestra vida necesita ser empapada por la Palabra de Dios, por Dios mismo, que penetre nuestra persona y desde allí, desde lo más íntimo de nuestro ser haga surgir el fruto según el don recibido. No por nada Jesús nos dice que un elemento de discernimiento para evaluar nuestras vidas es: “por los frutos los conocerán”. Fruto que entonces merece tener su origen en Dios, por que su amor es tan grande que no puede producir en nosotros que una respuesta inmensa como en Jesús, que “nos amó hasta el extremo”. Jesús hoy, se da a conocer y es confirmado en su identidad, a partir de la experiencia del Padre que abre el cielo y lo penetra con su Palabra diciéndole: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”.
Jesús está en el centro de todos estos signos y por eso la Sangre. Este Jesús tiene la vocación y la misión de dar la vida. Y da la vida a través de la Sangre. Por eso la segunda experiencia de ser empapados, purificados, hidratados, para que se extraiga la riqueza de nuestra vida, es la de ser empapados por la Sangre de Jesús derramada en la Cruz y que se hace presente en la Eucaristía. Es en la Eucaristía donde recibimos la Sangre de Jesús Vivo. Es en la Sangre donde está la vida. En esa Sangre que empapó la tierra y dio el fruto nuevo de la resurrección, la vida nueva y definitiva. Ya no es el agua es la Sangre de Jesús. Cuando nosotros nos compenetramos con la Eucaristía en la comunión, estamos dejando que Jesús empape nuestra tierra, nuestra persona, con su propia Sangre y que su Sangre corra por nuestras venas y que entonces demos un fruto a la medida de Jesús, en Jesús, vivamos la vida de Jesús, desde Jesús. Esta es una experiencia fundamental para nosotros, de que la Vida de Jesús corra por nuestra vida y nos compenetre en todo por entero. Esta unión de vidas es desde donde se pueden dar frutos extraordinarios. A veces nuestra frustración proviene en ese muro divisorio que ponemos entre Dios y nosotros.
Y lo tercero es dejarnos empapar por el Espíritu Santo. El Espíritu de Dios, no nuestro espíritu. Es Espíritu que proviene del cielo abierto y que desciende a nosotros. Es el cielo abierto y diáfano de Dios, no un cielo cerrado y oprimente. Es un cielo que nos permite respirar y ver lo grande que es la vida. Ese cielo abierto ilumina nuestras vidas y nos hace experimentar que nuestro horizonte es enorme. Lo que Dios le ofrece al hombre es un campo abierto, es una misión que va hacia adelante y que nos ofrece un testimonio y un compromiso magnífico.
Es el Espíritu Santo el que debe empapar nuestras obras, nuestra propia vida debe estar empapada del Espíritu de Dios que nos hace sentir esta maravillosa experiencia de ser amados por Dios. Nadie puede dar fruto si no se siente amado. Y el primer amor que tenemos que experimentar de manera permanente es el amor de Dios. El pone todo en nosotros y nos acompaña. Dios camina con Jesús a través de la vos del Padre y del Espíritu. También nosotros debemos dejarnos acompañar por ese Espíritu. Esta es la novedad de Jesús, que surge de las aguas y es colocado en el centro de la escena humana.
Que importante que nosotros asumamos esta novedad, que comenzó en nuestro bautismo, que es la fuente permanente de nuestra vida. Allí está el Agua que es Palabra, la Sangre que es Vida Nueva y el Espíritu que es don y tarea.
No podemos dejar de recibir la pregunta del profeta Isaías. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia?

La vida que hemos recibido necesita que nos preguntemos en serio que estamos haciendo con nuestra vida, en que estamos poniendo nuestra expectativa real, que es lo que nos cansa y porqué… y así muchas preguntas que necesitan una respuesta de cara a Dios, no de cara en nuestro espejo o en la opinión de los demás. Somos responsables únicos del don recibido y de que no vuelva a Dios estéril.

domingo, 25 de diciembre de 2005

HOMILÍA DE NAVIDAD CICLO B 25 de diciembre de 2005


Somos los hijos de la aurora. Y debemos vivir en la aurora. La Navidad es el comienzo de un Día que no tiene fin. Somos hijos de un Comienzo que debe perdurar, permanecer inalterado en nosotros. Estamos en la aurora del nuevo milenio y somos los responsables de que este día brille para el resto de las generaciones.

Elegí para este día el Evangelio de la segunda Misa de Navidad, llamada “de la aurora”, por esto.

A la vez este Evangelio nos pone en contacto con dos actitudes que quisiera destacar a partir de los pastores y de María. Ellos nos marcan cuál debe ser nuestra respuesta y nuestra actitud ante el Niño recostado en el pesebre.

Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del misterio. “Fueron rápidamente” dejando atrás su rebaño, interrumpen su descanso; todo pasa a un segundo plano frente a la invitación de Dios. Necesitamos esta actitud de fe, de respuesta inmediata, sin dilaciones, llena de entusiasmo, con esa fuerte percepción de presente, de ahora. Van directamente hacia el acontecimiento con actitud expectante, deseosos de ser colmados en su asombro. Buscan esa experiencia directa con el Dios Vivo, no piensan en Él sino van en busca de Él mismo.

María personifica la actitud contemplativa y profunda de quien, en silencio, contempla y adora el misterio: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. Llama la atención que esta Mujer que pregunta y responde en la Anunciación, que canta en la Visitación, se guarde todas las palabras en este justo momento. Es que María está ante la Palabra definitiva de Dios, está maravillada, llena de asombro. María es el modelo insuperable de este silencio adorador. Su silencio no es un sencillo callar; es un “silencio religioso”, un estar dominada por la grandeza de la realidad.

La Navidad podría ser para alguno la ocasión de redescubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo o con las personas. También hoy, la palabra de Dios desciende allí donde encuentra un poco de silencio.

Para terminar les cuento esta pequeña historia navideña que leí: Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcito con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna. Es la suerte más bella que podría sucedernos también a nosotros. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros su Niño.

sábado, 24 de diciembre de 2005

HOMILÍA DE NAVIDAD CICLO B, 24 de diciembre de 2005


Feliz aquel para quien Jesús, hoy es motivo de alegría multiplicada.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es motivo de un gozo acrecentado.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es experiencia de regocijo por su presencia.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es Consejero maravilloso en sus dudas.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es Dios fuerte en sus debilidades.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es Padre para siempre en sus orfandades.
Feliz aquel para quien Jesús, hoy es Príncipe de la paz ante sus violencias y luchas.
Felices ustedes, María y José, porque eso fue, es y será Jesús para ustedes. Llévennos con ustedes a Belén para dar a luz a Jesús y que El sea nuestro motivo.

En una noche como esta, María dio a luz a Jesús, junto a la presencia fiel, activa y silenciosa de José.

Navidad es dar a luz a Jesús. Es dejarlo que salga a la luz. Es dejarlo venir a este mundo. Recuerdo en este momento la auto pregunta de muchos matrimonios en estas horas: ¿tengo que traer un hijo a este mundo, de violencia, injusticia e inseguridad?... ¡Que angustiosa pregunta!

Jesús nació en este mundo. La vida que Él vio y vivió vale la pena ser vivida. Él nos enseña a “vivir la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador, Cristo Jesús” como dice san Pablo.

Aún en el extremo de la inseguridad, de la pobreza y del rechazo, María dio a luz a Jesús. Esa es la Luz que “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado…” En la sobriedad de un pesebre está la Vida, en la oscuridad de una cueva está la Luz, en la inquietud de la noche está la Esperanza.

Que todo el que tenga fe de a luz a Jesús en su vida. Dejémoslo nacer. No lo privemos de la vida entre nosotros. Envolvámoslo con cuidado en los pañales hechos de la tela de nuestra vida. Recostémoslo serenamente en el pesebre de nuestra historia personal, familiar y social. Salgamos de cualquier tipo de apariencia y entremos en la Luz de la conciencia que nos invita a ver la realidad desde Jesús.

Dejémonos envolver por la luz de los ángeles esta noche. Escuchemos atentamente la Buena Noticia de una gran alegría. Dejemos atrás el miedo. Vayamos decididamente hacia el Niños envuelto en pañales en el pesebre.

Que todos los niños engendrados tengan la oportunidad de nacer.
Que todas las madres embarazadas den a luz.
Que la vida de todo recién nacido sea bienvenida entre nosotros.
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres amados por él!