domingo, 13 de noviembre de 2011

HOMILÍA 33º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 13 DE NOVIEMBRE DE 2011

HOMILÍA 33º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 13 DE NOVIEMBRE DE 2011

A veces, muchas veces nuestra preocupación por la eficacia, por la eficiencia, por los resultados, nos distrae de la verdadera posibilidad de la eficacia y de la eficiencia, esta reside en otro lugar fuera de la eficiencia, la eficacia y los resultados.
Hay un porcentaje que cree que la bondad no tiene nada que ver con un resultado satisfactorio. Y hay un porcentaje que cree que sin bondad ningún resultado será verdaderamente satisfactorio. Podríamos resumirlo en: Ser bueno no sirve para nada, y sin ser bueno nada sirve. ¿Dónde estoy yo?
Lo mismo pasa con la fidelidad. ¿Para que sirve ser fiel? La fidelidad ata y sujeta y no permite nuevas experiencias, esto piensan algunos. Por otro lado algunos piensan que sin fidelidad no puede haber resultados porque uno no se compromete plenamente, integramente. ¿Dónde estoy yo?
“…servidor bueno y fiel” dice Jesús. El, es el “servidor bueno y fiel” que ha invertido todo su talento en 33 años de existencia, para consumarlo todo en menos de 24 horas de vida, en la pasión y muerte de cruz. Recibió su vida para darse en ofrenda por todos nosotros y la dio hasta el extremo sin guardarse nada para sí. Y ha sido el Padre quien le ha dicho: “ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”. Frente a “lo poco” de una existencia entre nosotros recibió el gozo eterno.

La bondad de Jesús, nos sigue haciendo el bien que ni nosotros somos capaces de darnos cuenta. Su bondad nos hace tanto bien que es incontable los resultados de bien que nos ha hecho. Basta contemplar el Evangelio y ver sus gestos y sus palabras, todo invertido en pasar “haciendo el bien”, y como respuesta el Padre le dice cada vez, “entra” a mi intimidad.

La fidelidad de Jesús, es un bien al que sería muy absurdo darle la espalda. La fidelidad de Jesús al Padre ha dado el más alto resultado que un hombre haya podido alcanzar: la Resurrección y estar a la derecha del Padre, “en el gozo”. Su fidelidad hecha de esa actitud expresada en esa palabra que nos espanta y nos hace retroceder “obediencia”, “Padre… que se haga tu voluntad y no la mía”.

¿Cómo hacer para que ser un servidor bueno y fiel no genere en nosotros el sentimiento de inutilidad y desvalorización? Si Jesús es mi servidor bueno y fiel que invierte todo en mí. Y entonces, Él es el que merece mi respuesta de identificación con su modo de ser y de hacer, porque “el discípulo no puede ser que el Maestro” debe hacer lo mismo. Sin esta convicción las cosas no cambiarán. Estoy invitado a querer ser un “servidor bueno y fiel” que se haya reconfortado por tal invitación, que eso “poco” de la existencia sea para nosotros posibilidad de mucho más. El que cree en esto puede ver como de mucho recibe mucho más.

Este mundo tiene malos resultados por no interesarse suficientemente en ser servidores en la bondad y en la fidelidad. La agresividad, la desconsideración, la desvalorización, el estrés, la confrontación, la infidelidad, la ausencia de compromiso, y muchos otros síntomas, son fruto de la ausencia de una actitud servicial, bondadosa y fiel, convincente y genuina. Es un verdadero problema espiritual que parte de no aceptar a Dios como Servidor Bueno y Fiel sino como “exigente: que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido” y eso genera miedo que paraliza nuestra relación con Dios. Pero ese dios es una ilusión espejo de mis miedos. El Dios real y palpable es el que se da a sí mismo. Porque Dios nos confía lo que es suyo, y eso si o si es Él mismo, nunca algo sino Él mismo. Ese es el “más” que promete, porque no puede haber más que “entrar al gozo” de nuestro Dios y Señor, que nos invita a la mesa, a su mesa.

Así en cada Eucaristía entramos al gozo de nuestro Señor. Él se adentra en nosotros dándose por entero para que nosotros nos hagamos uno con ese don de sí mismo.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 6 de noviembre de 2011

HOMILÍA 32º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 6 DE NOVIEMBRE DE 2011

HOMILÍA 32º DOMINGO DURANTE EL AÑO CICLO A 6 DE NOVIEMBRE DE 2011

Tal vez unas de las experiencias mas reconfortantes de la vida sea "salir al encuentro".

El hombre y la mujer que salen al encuentro, se sienten atraídos por alguien que les resulta insustituible y de gran valor e importancia. ¡Que bien nos sentimos cuando alguien adquiere ese lugar de relevancia que nos hace salir de lo nuestro para ir a su encuentro! ¡Dichoso el hombre que se anima a salir al encuentro!

Y cuando esa relevancia la ocupa Dios que nos ha invitado a la fiesta de la Comunión de Amor con El, cuanto mas. Es incomparable.

Los creyentes, las vírgenes del Evangelio, son los que han sido invitados y salen al encuentro del Dios Amor que los ha invitado.

Solo la imprudencia puede obstaculizar este encuentro. Es la imprudencia de nuestros encierros que nos hacen pensar que las cosas serán como nosotros las imaginamos, las soñamos, las deseamos. El encierro ahoga nuestras posibilidades de encuentro.

Es este encierro, motivo de nuestros desencuentros, de nuestros desentendimientos que nos dejan fuera de la sala nupcial donde se celebra la Unión de Amor entre Dios y nosotros.

Porque salir al encuentro no es un acto exterior sino un acto interior que se expresa hacia el exterior. Nos dormimos y cuando despertamos ya no tenemos las fuerzas de la de que nos habían traído hasta el encuentro con el Señor Amado.

Una vez mas Jesús nos quiere hacer concientes de nuestra dualidad, queremos pero no hacemos lo suficiente en cuanto a ser providentes y cuidar el aceite de la fe en el encuentro que necesita de la espera paciente, porque nada que sea importante puede darse de un día para el otro. Si el Señor nos hace esperar es para que estemos debidamente preparado para un encuentro que permita una unión plena y definitiva. Por eso no ataca nuestra dualidad, sino que nos avisa que no se puede caminar hacia el encuentro por cualquier camino y menos con cualquier actitud distraída. Porque como dice Jesús: "el espíritu esta dispuesto, pero la carne es débil"

La Eucaristía es escuela de salir al encuentro del Señor que viene. Ella es el grito claro y certero en medio de la noche que nos dice: "salgan al encuentro que el Esposo esta aquí" El viene y espera entrar dentro a partir de la escucha atenta y abierta de su Palabra. Es la primer gran entrada a la Comunión de Amor. Una escucha que busca la puesta en marcha, en acción de lo escuchado. La primera acción de lo escuchado es contemplarlo, mirarlo en la vida de Jesús y en la nuestra, contemplarlo dejando que surja un deseo nuevo de vida y amor en común. Luego viene la conversión o la reconversión a lo contemplado para que se haga carne en mi y venga yo a ser su palabra viva, una "humanidad supletoria" que grite "con mi vida el Evangelio". Así, el que escucho el grito de aviso de la llegada del esposo, se hace ahora grito para los demás de la presencia amorosa e ineludible del que nos ama.

Esta es la actitud de velar que espera el Señor, exprese lo que significa para nosotros encontrarnos con El. Velar con los ojos abiertos y velar con los ojos cerrados, velar de día y de noche, en las buenas y en las malas, en la alegría y en la tristeza. Hacernos vírgenes prudentes, previsoras y dispuestas en el encuentro con nuestro Dios, conscientes de nuestras dualidades, haciendo crecer el trigo que sabe morir a su voluntad y dar el fruto de la voluntad de Dios viviente en nuestro interior y dejando de lado la cizaña que es todo desenfoque y distracción puesto en nuestro corazón por la imaginación y el exterior, construyendo sobre la roca de un amor genuino y atento y no sobre la arena de los deseos y las promesas incumplibles.

“Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” es el maravilloso aviso que nos hace Jesús para que siempre y en toda circunstancia estemos abiertos a ser sorprendidos por el amor. Hoy estoy dispuesto a recibirte por entero mi Señor porque has salido a mi encuentro porque me amas, voy a tu encuentro para amarte.

P. Sergio Pablo Beliera

sábado, 22 de octubre de 2011

HOMILÍA 30º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 23 DE OCTUBRE DE 2011


homilía 30º domingo durante el año, ciclo a, 23 de octubre de 2011
No es ajeno a ninguno de nosotros que muchas veces cuando decimos algo eso tiene un significado muy preciso para nosotros pero no necesariamente para los demás. Las palabras guardan significados objetivos pero también significados personales inviolables. Porque el que se comunica es una persona que hace experiencias, sus palabras se van cargando de un significado personal que enriquece no solo el lenguaje sino la existencia misma.
Hoy, al plantearnos que es lo principal, lo primero frente a la persona de Dios, nos estamos preguntando por cual es la experiencia fundamental frente a la persona de Dios. Pero este mismo interrogante no es lanzado al vacío sino a la misma persona de Jesús, el Hijo Amado de Dios, que se ha hecho uno de nosotros por amor al Padre y por nuestra salvación. La pregunta entonces pasa a ser: ¿Jesús, cuál es tu experiencia fundamental con Dios?
La respuesta de Jesús, nace de la experiencia fundante del pueblo de Dios en el desierto. Pero esa misma respuesta no es la que el pueblo a enunciado por sí mismo, sino que Dios mismo es el que se la ha revelado al pueblo. Jesús da una respuesta personal fundada en la experiencia de Dios con su pueblo y en la experiencia del pueblo con su Dios. Él la hace suya a esta experiencia, a este significado. Y al hacerla suya, la hace nuestra porque Jesús como Hijo Amado, representa a todo el hombre y a todos los hombres.
La respuesta así se entiende en una dimensión mayor y más plena. Jesús parte desde esta expresión: “Amarás al Señor, tu Dios”. Dios solo ha pedido ser amado. Dios solo quiere ser amado. Dios espera solo ser amado. No basta que creamos en Dios. Necesitamos amar a Dios. Nuestra vocación es amar a Dios, Señor de nuestras vidas. Esto es, necesitamos establecer vínculos de amor con Dios. Una relación en la que se ponga en juego la dimensión del amor entre Dios y mi persona. Y que ese amor a Dios, con Dios, tenga alta repercusión en mi vida de tal modo que sea insustituible. Estoy llamado a ser un enamorado de Dios.
Nuestro Amado Jesús, no se detiene en indicarnos que, sino que hace suya la propuesta del como: “con todo…” repite por tres veces. El amor a Dios, la relación de amor con Dios es totalizante, toma todo de mí para darse con amor a Él. No cabe la parcialidad, la fragmentación, la atomización en el amor a Dios. El que lo es Todo, solo puede entrar en consonancia de amor conmigo si yo me pongo todo al amarlo.
El amor a Dios pasa por “todo el corazón”, todo el centro vital de mi persona queda involucrado. Con toda la vitalidad de mi persona puedo amar a Dios, toda mi vitalidad puede comprometerse en semejante amor y encontrar su sentido más pleno y plenificante.
El amor a Dios pasa por “toda el alma”, si el corazón es el elemento humano, el alma es el elemento divino. Con toda la divinidad de Dios en mí puedo amar al autor de la misma. El alma que viene de Dios necesita explayarse por entero en el amor a Dios porque eso es lo que sabe verdaderamente hacer.
El amor a Dios pasa por “todo el espíritu”, todo el ser pensante y libre queda comprometido en el amor a Dios, “pensar en Dios amándolo”, amarlo para pensar siempre en Dios. Toda mi voluntad e inteligencia están hechas para amar libremente a Dios y solo si le permitimos, si nos permitimos amar a Dios con todo el espíritu pensante y con toda la voluntad libre, pensamiento y voluntad encontraran su plenitud. De otra manera quedarán hambreadas buscando pan donde no hay.
Pero el amor a Dios tiene una semejanza inseparable, y es el amor al prójimo. El amor a Dios se derrama en amor a mis semejantes con los que comparto la imagen y semejanza de Dios. Amar a mis hermanos no es un añadido, es intrínseco al amor a Dios y extensión del mismo. Y a la vez, cuando el amor al prójimo es sincero y genuino, lleva al amor a Dios sin escala.
Toda la revelación de Dios (la Ley y los Profetas) es para que lo amemos y nada temamos de Él y nada menoscabemos de nosotros en amarlo. Como Jesús en cada Eucaristía amemos a Dios dándonos con Él.
P. Sergio Pablo Beliera