jueves, 18 de noviembre de 2010

Homilía 33º domingo durante el año, ciclo C, 14 de noviembre de 2010


Homilía 33º domingo durante el año, ciclo C, 14 de noviembre de 2010
Una de las experiencias de la vida más difíciles de afrontar es la de tener que darle a alguien una noticia dolorosa infundiéndole confianza y esperanza.
En general muchos ante esta situación optan por el silencio o la huída. Baste pensar en las situaciones que tenemos que enfrentar frente a una enfermedad grave, la ausencia definitiva de una persona, una ruptura matrimonial, un cambio sustancial en el estilo en vida por una carencia laboral o económica.
Me gusta este Jesús que nos da el verdadero motivo y sentido de un dolor: “dar testimonio de mi”. El dolor, el sufrimiento, esconde un motivo desconocido para nosotros y que nos excede a nosotros: dar a conocer, manifestar el amor a Jesús…
El testimonio no es una de las expresiones que más nos fascinen, pero sin embargo es el más eficaz para comprender la relevancia de algo. Ya que el testimonio se refiere a la propia vida, esto es a las convicciones internas y a su desarrollo en nosotros. Jesús, pone su confianza en que nos volvamos convincentes para los demás, lo cual requiere serlo para mí mismo. Jesús confía solo en el desarrollo de esa convicción de raíz que nos hace exponernos frente a los demás y dar la cara.
Sin ese testimonio de Jesús, nuestro cristianismo se vuelve una religión sin Dios y una religión sin rostro. Sería volver a la religión del ídolo renunciando a la religión de la revelación, de la manifestación, de la iniciativa divina gratuita y amoroso. No podemos renunciar al salto que Jesús pegó, el de una relación con el Padre, con un Padre, que no es un ídolo sino la manifestación viva de la fuente y origen de todo lo que existe y de todo lo que soy.
El testimonio tiene que mantener la vigencia de ser fuente de encuentro de nosotros con la persona viva de Jesús y de la manifestación de esa vida en común para los demás.
Pero esa convicción que requiere el testimonio, no es una convicción que  se manifiesta a nivel racional únicamente, es una manifestación del vínculo de amor recíproco que tenemos con Jesús. “… para ustedes, los que temen mi nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos.” El amor se vuelve brillo, luz, vínculo, irradiación de sanidad… Porque nos sostiene un amor más grande del que damos testimonio con la propia vida y en todas las dimensiones de la vida, no solo con la palabra
Jesús nos promete que desde los cataclismo cósmicos a los sociales y hasta los familiares, no podrán hacernos ningún daño si son vividos “a causa de mi nombre”, según su expresión. Nuestro sostén, es Él, el vínculo que nos une a Él, la fuerza de esa relación que es capaz de ser más fuerte que todo.
La delicadeza de amor de Jesús llega a lograr que “ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza”. Nada es más importante que nuestro vínculo de amor mutuo con Jesús. Por eso, todo acontecimiento termina siendo una oportunidad para que Él exprese en nosotros que su compromiso es tan radical y absoluto que se ocupará personalmente de nosotros.
Esto se expresa en nosotros a través de la constancia: “Gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Ya que la constancia frente a la dificultad es la manifestación concreta de la confianza y la esperanza depositada en la persona de Jesús. El constante permanece serenamente y en tensión anclado a la convicción de que Aquel que lo ama, no lo abandonará ni lo dejará solo, como sus sentidos le hacen experimentar respecto de otros y de las circunstancias adversas. Jesús con su amor hacia nosotros prevalecerá como el amor del Padre prevaleció en Jesús frente a lo más desolador de las experiencias humanas. a fin de cuentas quien es constante ya no se experimenta como solo, sino como amado acompañado, sostenido y fortalecido por la misma palabra, sentimiento, pensamiento, voluntad y fortaleza de Aquel en quien ha depositado su confianza. Tomarse de otros y de otras cosas es abandonar a Dios en su promesa y entonces si, quedarnos radicalmente solos frente a lo peor.
Demos alegremente sea cual sean las circunstancias lo que se nos ha pedido como fruto de toda experiencia adversa: “dar testimonio de mi”, como nos pide Jesús.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 7 de noviembre de 2010

Homilía 32º domingo durante el año, Ciclo C, 7 de noviembre de 2010

Quisiera invitarlos a considerar cuales son nuestras perspectivas de futuro: ¿Qué espero para el futuro? ¿Qué espero del futuro? ¿Qué espero en el futuro?
No se que espacio de reflexión ocupa el futuro en cada uno de ustedes, lo que si se, es que, esa es una reflexión necesaria de tener en cuenta en el presente de este presente. De alguna manera, podríamos decir que, nuestra perspectiva de futuro incide y define nuestro presente, porque lo que esperamos alcanzar nos hace comenzar hoy el camino hacia allí.
Hoy día, donde la vida se ha prolongado por efecto de la intervención del hombre en la ciencia; hoy día, donde todo el mundo económico y social está visto en perspectivas de futuro; hoy día, donde pareciera que al hombre le es posible soñar y construir su futuro con tanta facilidad; hoy día, no puede faltarnos esa perspectiva de futuro en el plano espiritual, en la dimensión religiosa de la vida.
Preguntarnos por cual es nuestro futuro espiritual, por cual es nuestra esperanza religiosa, es imprescindible para el presente creyente, ya que tiene una enorme incidencia sobre nuestras decisiones y elecciones presentes. Frente a esto, no hay que olvidarse que, al sentirnos tan dueños del futuro, los creyentes podemos poner entre paréntesis o anestesiar nuestras perspectivas de futuro, que a fin de cuentas, dependen de Dios mismo y no de nosotros.
Nuestro gran futuro, es la resurrección, así entendemos los cristianos la vida eterna. Resurrección que es una vida nueva, o sea, una vida con un ser renovado que comienza en el Bautismo, y con un estilo nuevo que se alimenta cotidianamente de la Palabra, la Eucaristía y la Caridad fraterna. Ahora, la resurrección futura, afecta nuestro estilo de vida aquí y ahora, no solo en el mañana. Esto quiere decir que, nuestras opciones deben estar marcadas por nuestra fe en la vida eterna y no solo por la contingencia del momento. Así podemos hacer nuestras las palabras de Pablo: “Que nuestro Señor Jesucristo y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, los reconforte y fortalezca en toda obra y en toda palabra buena” en el presente porque somos hijos de la resurrección.
Nuestra fe en la resurrección se desprende de dos experiencias: ser amados por el Padre y del don gratuito de una vida como la suya. Quien me ama, me ama para siempre porque es Amor y es Fiel. Quien me da Vida vive por siempre porque Él es la Vida.
De ahí que todos nuestros actos están llamados a ser una manifestación concreta se su bondad para con nosotros. Porque Él es bueno con nosotros, es que nosotros podemos elegir la bondad como un estilo de vida de resucitados. Pidamos pues incesantemente que: “Que el Señor nos encamine hacia el amor de Dios y nos dé la perseverancia de Cristo”
Por último, dejemos nacer constantemente en nosotros un acto de fe que nos haga exclamar: “todos…viven para él”. La vida no es un fin en sí mismo, sino la consecuencia de un Dios que Vive y que nos atrae hacia Él, hacia su vida. El mundo futuro tiene su centro de atención definitivamente en Dios, por quien, para quien y con quien estamos llamados a vivir. Consecuencia directa de esto es aprender a elegir cada día lo que permanece, lo perdurable, lo definitivo. Cuando escuchamos su Palabra, escuchamos la Palabra de Vida. Cuando celebramos, comulgamos y adoramos la Eucaristía, nos alimentamos del Pan de Vida y de la Bebida de Salvación. Cuando nos abrazamos a su Amor, haciéndonos uno con Él que nos amó hasta el extremo. Así aprendemos todos a vivir para él.
Así, el “todos…viven para él” es una opción de hoy y siempre en el construir cotidiano, no es una expresión de deseo o la descripción sintética de un futuro ideal. Con nuestro recursos hagamos minuto a minuto un sincero y definido “todos…viven para él” en nuestras vidas, en nuestros matrimonios, en nuestras familias, en nuestra comunidad, en nuestras amistades, en nuestra sociedad. “todos…viven para él” por siempre.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 31 de octubre de 2010

Homilía 31º domingo durante el año, Ciclo C, 31 de octubre de 2010

Quisiera preguntarme con ustedes en voz alta: ¿Es la bondad una debilidad que nos expone a no ser tomados en serio? ¿Es el perdón una manifestación de impotencia que hace a los otros más fuertes en su maldad? ¿Es el amor incondicional una fragilidad que hace que los demás nos ridiculicen y no nos tomen en serio?
Estas y otras preguntas forman parte del cotidiano en el que nos debatimos en el plano familiar, comunitario y social. Algo así como si el amor incondicional, el perdón y la bondad estuvieran bajo sospecha de no crear en nosotros madurez, crecimiento, autoridad y responsabilidad. O como si el amor incondicional, el perdón y la bondad tomaran la forma estereotipada de un dejar hacer impotente sin capacidad de transformar las personas y la realidad.
Ahondemos un esbozo de respuesta: dice la Palabra, “Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado.” Dios ama, porque Él es Amor, y actúa de acuerdo a su esencia, amar, amar, amar… Ama y por lo tanto da vida creándonos por amor. Si no nos amara no nos daría vida. Nuestra existencia, es la primera prueba manifiesta de la fuerza amorosamente creadora de Dios. Sin amor, no hay creación y si hay creación es porque hay amor. Todo ser que viene a la existencia es un ser amado. De ahí que cada uno de nosotros esta llamado a experimentar este amor creador de Dios que nos sostiene a cotidiano. “Tú eres indulgente con todos, ya que todo es tuyo, Señor que amas la vida, porque tu espíritu incorruptible está en todas las cosas”, dice la Palabra. Así el amor entrañable de Dios es una manifestación de su fortaleza y autoridad, es la debilidad de su fortaleza. ¡Bendita bondad de Dios que nos da vida y nos hace volver a la vida!
Cuando soy permeable a semejante amor de Dios, me siento atraído a responderle con el mismo amor con que soy amado. Cambiando así, el amor a mí mismo por el amor de Dios a mí mismo opto por el mejor y mayor amor. Y me dejo llevar por la entrañable pedagogía de amor que me conduce paso a paso hacia mi maduración y crecimiento. Así, es que estoy dispuesto a escuchar la llamada de Jesús, que me ve en mi búsqueda de verlo, y mirándome Él a mí, me dice por mi nombre: “… baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. ¡Dichoso intercambio de miradas! Para recibir a Jesús debo bajar de mi punto de vista a su punto de vista para encontrarnos cara a cara, porque el Amor de los amores anda por el camino que lo trajo desde lo alto del cielo a la tierra, a confundirse entre los hombres para poder amarnos y atraernos hacia su Amor, en la medida de nuestras posibilidades. Y quien ha experimentado este semejante amor de semejante, siente la urgencia del amor, “baja pronto”… No hagas esperar al amor de Dios que quiere, en la Palabra y la Eucaristía, alojarse en tu casa, esto es: en tu pensamiento, en tu voluntad, en tu corazón, en tu alma, en tu fuerza, en tu vida, para que puedas amar como sos amado. “…bajó rápidamente y lo recibió con alegría” así debo bajar también yo… Alójate en mi casa Amado Señor, para que pueda amarte con gratitud y alegría “con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con toda mi mente. Y al prójimo como Tú me haz amado”. Porque Tu no quieres visitarme sino que quieres alojarte, ser acogido de manera permanente como Huésped de bondad y misericordia. Yo pecador de pecadores, recibir al Amor y la Vida. ¡Gracia incomparable sobre toda gracias! “Ven Señor Jesús”…
Podríamos decir entonces, que la conversión es la manifestación primera del señorío de Dios sobre nuestra vida, que descubre la bondad que ha impreso en nuestro corazón y que permanece oculta a los ojos de los demás. La conversión es la primera resurrección que experimentamos ya que es nuestro verdadero crecimiento en el bien y rechazo del mal, que se despierta con el solo llamado y entrada del Señor en nuestra casa. Es nuestra maduración en Dios, por el obrar bondadoso de Jesús Palabra y Eucaristía, en nuestro interior. Maduración en el amor transformante de Dios, que nos transforma de simples hombres en Amor de Dios mismo, en Misericordia y Bondad pura, que crea una intimidad única e imborrable entre Amado y alma amada. Porque solo la Bondad, el Perdón y el Amor de Dios pueden cambiar y fortalecer el corazón del hombre hasta llevarlo a amar como es amado. "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido", dice Jesús de cada uno de nosotros cuando nos dejamos alcanzar por su invitación y lo recibimos en la Palabra y la Eucaristía.
Por lo cual, no es la dureza ni la simple blandura, la respuesta que necesitamos como hombres y mujeres, sino la manifestación de un Amor grande que no se detiene ante nada con tal de ganar por amor el corazón del otro. Y ahí está el sentido de la verdadera conversión, no en mi cambio, sino en ganar a mi hermano para el Amor de Dios, entonces soy alcanzado por el Amor que no se preocupa y ocupa primero de sí mismo sino del hermano. Como Jesús, que no mira a los prejuiciosos sino a los necesitados. Mírame Señor y hazme mirarte para mirar a los demás con tu amor, así sabré que haz entrado en mi casa y he distribuido generosamente lo que me haz dado, que he sido encontrado por el Gran Buscador, por el Explorador de corazones, por el Único que no se ha dado por vencido hasta encontrarme, hasta encontrarnos.

P. Sergio Pablo Beliera