domingo, 31 de julio de 2011

HOMILÍA 18º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 31 DE JULIO DE 2011


HOMILÍA 18º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 31 DE JULIO DE 2011
“Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas.” Quisiera invitarlos a no pasar por alto estas del Evangelio de hoy. Ellas guardan un secreto que estamos invitados a develar. Y la clave está en nuestra propia existencia, en nuestra universal experiencia de dolor frente al desencadenamiento de ciertos acontecimientos que nos descubren nuestro propio destino, el sentido de nuestra propia existencia, o por decirlo de otra manera, de lo inevitable, de lo que deberemos afrontar si o si en cualquier momento. “Eso” para Jesús, es la muerte fruto de la violencia del poder que se descargó sobre Juan el Bautista. Pero, “eso”, es sobre todo el afrontar la propia vocación, la propia misión 100%. Así, Jesús, está frente a la radical experiencia de que la vida se da y que muchas veces, quien la da, la tiene que dar en circunstancias de abandono, soledad y sufrimiento injusto.
Las posteriores palabras de Jesús a sus discípulos, “… denles de comer ustedes mismos.” No son una orden, un mandato, una imposición de autoridad; sino, la honda convicción de que la vida se da y se da en las circunstancias adversas. O dicho de otra manera, las circunstancias adversas ponen frente a nosotros la oportunidad de abrir nuestra libertad de dar la vida según la poseemos en ese momento, y según eso hay que darla toda. Jesús, les ofrece así a sus discípulos, su propia experiencia para que la hagan suya, para que sea su experiencia también.
Algunos quieren hacernos creer que la adversidad no existe, que no va a pasar nada, que todo se pasa lisa y llanamente y que por lo tanto nunca se me pedirá mi vida, nunca mi vida estará en dinámica de ofrenda, de ofrecimiento. Necedad humana o necesidad humana de no ver las cosas tal cual son y en su mayor riqueza y abundancia.
¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. Estas palabras de Pablo, que reflejan su propia experiencia, son la reafirmación de que “eso” llegará y deberá encontrar una respuesta que deberá ser buscada en la hondura del desierto en la experiencia de la soledad. Solo seremos inmunes, si damos la vida de la misma forma que la da Jesús, el Señor.
A la luz de esto, la Eucaristía pues, no es un rito, sino un acontecimiento en el que Jesús y nosotros hacemos la experiencia de darnos y recibirnos transformados en pan que alimenta hasta la radicalidad de la existencia en su totalidad. Así, la compasión de Jesús lejos de ser un sentimiento, es su comprensión de la realidad, es una acción desencadenada que nos pone a todos en la dinámica de darnos por entero desde nuestra radical insuficiencia y pobreza, pasando por las manos del Dios Encarnado, que tomando lo que somos, nos eleva, nos bendice y nos parte para ser repartidos cada uno hasta que se sacie por la acción de Dios.
Cuando celebramos la Eucaristía, nos hacemos Eucaristía, Alimento bendito de Dios para el hambre que aquí y ahora están experimentando nuestros hermanos. Entonces si, las palabras del profeta Isaías se harán plena realidad en nosotros, cuestionando y respondiendo a la vez la más profunda hambre y sed de nosotros y nuestros contemporáneos: ¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos, y el que no tenga dinero, venga también! Coman gratuitamente su ración de trigo, y sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias, en algo que no sacia? Háganme caso, y comerán buena comida, se deleitarán con sabrosos manjares. Presten atención y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor a David.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 10 de julio de 2011

HOMILÍA 15º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 10 DE JULIO DE 2011


HOMILÍA 15º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 10 DE JULIO DE 2011
Los escenario que elegimos para comunicarnos tienen su mensaje implícito. No es lo mismo hablar en el pasillo, entre la salida del auto y la entrada a la casa, en el living o en el comedor, a las apuradas o buscando un momento distendido y que favorezca el diálogo. Hoy Jesús nos lleva a un escenario donde sus palabras puedan resonar con claridad y puedan llegar a todos. ¿qué escenario me está planteando hoy Jesús para nuestro diálogo? ¿Qué escenario le estoy ofreciendo yo a Jesús hoy para dialogar?
Digamos que si hay un tema para dialogar y que está en el inertes de todos nosotros es el de cómo ser fértiles y fecundos. Todos los queremos ser en todos los ámbitos de nuestra vida y a lo largo de todas las etapas de la misma.
Digamos que la fertilidad y la fecundidad están instaladas como preocupaciones y ocupaciones del hombre y que los desafíos de cada época ponen en juego la capacidad de dar una respuesta fértil y fecunda.
Llamo fertilidad a las buenas disposiciones que se dan en el receptor para que lo sembrado de su fruto. Y llamo fecundidad a la capacidad de dar abundante en la interacción de semilla y fruto. La fertilidad es la disposición interna y la fecundidad la disposición externa. La primera es disposición y la segunda es manifestación.
En nuestras vidas vamos haciendo distintas experiencias de fertilidad y fecundidad, algunas de ellas satisfactorias, otras no tanto. Por lo pronto aprendemos que esa fertilidad y fecundidad en nosotros nunca se darán 100%, y poco a poco nuestra medida se ajusta a nuestra realidad.
Sólo Dios es 100% fértil y fecundo. Y eso nos llama a la confianza, a la esperanza. Él no deja de rendir en fertilidad y fecundidad. Su fertilidad y fecundidad están en la misma dimensión y disposición.
Lo que proviene de Dios por lo tanto, es como Dios es, fértil y fecundo. Y no puede provocar otra cosa que fertilidad y fecundidad. “… así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.”
La tierra logra su fertilidad y fecundidad en miles de años. El hombre tiene la oportunidad única transformar su infertilidad en fertilidad y por lo tanto su infecundidad en fecundidad en un instante o al menos en un proceso de algunos días, meses o años. Las disposiciones y capacidades humanas pueden cambiar al tomar contacto directo con la fertilidad y la fecundidad de Dios.
La receptividad de Dios mismo en nuestras vidas y sus consecuencias no resistidas nos transforman a la medida misma de Dios. Esto es extraordinariamente esperanzador para el hombre que experimenta limitaciones en su fertilidad y fecundidad. “Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.”
Así como la tierra necesita de procesos naturales que le aporten elementos para su fertilidad, así el hombre necesita integra, acoger, asimilar la fertilidad y fecundidad de Dios para ser él mismo fértil y fecundo.
La tierra toma la forma de la semilla cuando la acoge. El hombre toma la forma de Dios cuando acoge a Dios en su persona. La forma de su Palabra, la forma de su comprensión. Sin este cambio es imposible que en nosotros se de algo de lo que recibimos. “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.”
El camino, la piedra, las espinas no cambian frente a la presencia de la semilla fecunda de la Palabra de Dios y por eso mismo no la comprenden y les es imposible dar un fruto abundante. Pero la tierra fértil si. El hombre dispuesto a ser dócil y disponible a la presencia de Dios, manifiesta su fertilidad y da fruto abundante.
A la condición de creyente le es inherente la de ser fértil y fecundo, escuchando y discerniendo lo que Dios nos propone, y eligiendo la misión que se nos encomienda aquí y ahora. Así como una buena tierra sin buena semilla no da todo lo que podría, así el creyente sin la buena semilla de Dios no puede dar el fruto de Dios en esta ciudad.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 3 de julio de 2011

HOMILÍA 14º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 3 DE JULIO DE 2011


HOMILÍA 14º DOMINGO DURANTE EL AÑO, CICLO A, 3 DE JULIO DE 2011

En el mundo de “preste atención” uno puede descubrir muchas cosas, cosas interesantes. Entre ellas un potente mineral llamado “que es que” de poderosos efectos en la vida. Una de sus principales propiedades es sacar de la confusión, despeja, aclara.
¿Qué es primero? ¿Dónde esta el inicio? ¿Cuál es el principio? No son preguntas filosóficas, sino que son el aire fresco que nos saca del ambiente viciado de la confusión. Quien logre contestarlas en toda ocasión alcanzará un estado envidiable.
No confundir las causas con los efectos, la semilla con los frutos, de eso se trata. En la vida de los creyentes, eso se traduce en que el que no tiene la causa de todos los bienes no puede pretender tener virtudes. ¿O acaso los hijos engendran a los padres?
Dice hoy Jesús: “Todo me ha sido dado por mi Padre”. Esta es la causa de todo en Él. Jesús vive de esta experiencia cada día, de aquí parte cada vez, este es su principio y de el hace derivar todo. Pregunta inevitable: ¿Es así en mí?
De ahí que nuestro principio y causa de todo en nosotros sea la invitación de Jesús: “Vengan a mí”, porque en Él reside todo lo que el Padre tiene para mostrarnos y decirnos.
Pero este principio y la causa, provoca en Jesús un punto de movimiento de todos los movimientos posteriores: “soy paciente y humilde de corazón”. Estas virtudes son la causa de todas las buenas cosas en Él, el motivo y causa que hace que ir a Él no sea un fracaso, ni una experiencia más.
Por eso, el mismo Jesús ve en nosotros ese mismo principio y causa de todo: “los pequeños”. Esa pequeñez, lejos de ser menoscabo de nuestra integridad, son causa de nuestra plenitud.
La paciencia, humildad y pequeñez, son el valuarte desde donde construimos todo para que nuestra relación sea plena. Sin ellas no puedo avanzar ni pretender ningún efecto o fruto en mí. Ellas son la manifestación de nuestra apertura sin condiciones a Dios y la apertura de Dios sin condiciones a nosotros.
Así la humildad es el principio de reciprocidad mutuo entre Dios y los hombres, la causa de todos nuestros bienes, el principio de un éxito asegurado, de una plenitud al alcance. Ella hace todo suave y liviano, quintando toda pesadez, agobio y aflicción en nuestras vidas. La humildad no es hacernos nada, sino hacernos lo esencial, que lo provoca todo en nosotros y todo lo que provoca es esencialmente bueno y atrae todos los bienes en nosotros.
Y aquí, no debemos olvidar que la humildad, es El Humilde, Jesús, que así ha venido y viene a nosotros: “es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna”. La humildad que no se hace una sola carne con nosotros, no puede encontrar en nosotros una casa que habitar. Ser humilde es muy distinto de parecer humilde, o de tener gestos de humildad desencarnados o aislados. La humildad de Jesús, está fundamentada en ser un hombre todo él habitado y movido por el Espíritu. Así “El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo”. Quién no vaya a Jesús, quien no se haga uno de los suyos por entero, no podrá dejar que fluya su Espíritu y surjan en él sus mismas actitudes.
Es desde aquí desde donde debemos construir todo en nuestro vínculo amoroso con Dios. En nuestros vínculos de amor entre esposos. En nuestros vínculos de amor entre padres e hijos. En nuestros vínculos de amor entre amigos. En nuestros vínculos de amor como Comunidad de Jesús. En nuestro vínculo de amor con los que vivimos en esta ciudad.

P. Sergio Pablo Beliera