martes, 31 de julio de 2012

Homilía 17 Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 29 de julio de 2012

Homilía 17 Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 29 de julio de 2012

Un niño con 5 panes y 2 peces. Doce canastas que sobreabundan de panes después de saciar a una muchedumbre. Parecen escenas opuestas y son en verdad piezas salidas de una misma mano. Para que este niño y estas canastas tengan un hilo conductor se necesita mas que imaginación, se necesita una profunda compasión, que expresa un dialogo único e insuperable. Algo que solo se alcanza en el plano de lo imposible. Imposible como vincular 12 impotentes hombres y una muchedumbre hambrienta. Donde parece haber improvisación y falta de previsión hay en realidad, un Maestro que conduce magistralmente los hilos de una historia hecha de consonancias y no de rupturas. Bien enojados deberían haber podido estar esta confiada multitud frente a 12 hombres sin imaginación y sin organización. Claro, nadie menciona hasta aquí al personaje principal que vincula estas realidades antagónicas y sin aparente coherencia. Jesús esta presente en nuestra historia no solo para lo previsible sino aún mas para lo imprevisible, que para quienes tenemos solo los ojos de la razón o de las emisiones, parece lejano de alcanzar. Estamos en la historia para quedarnos, no estamos de paso, como si navegáramos hacia un mar infinito e indómito. Esta es nuestra tierra, este es nuestro tiempo, y en esa tierra y en es tiempo, Jesús vive y permanece conduciéndonos desde lo alto del tiempo pero en la cercanía de una verde pradera. Lo necesitamos así, muy nuestro y la vez indomable a nuestros caprichos y antojos.
Y aun mas, como 12 canastas vacías pero deseosas y preparadas para estar llenas desbordantes, se ponen a disposición de un nuevo contenido, un contenido impensado para ellas hasta ese momento. Eran doce canastas para cosas humanas y terminan siendo doce canastas para llevar al Señor de la Vida, a la Vida misma... Los primeros doce sagrarios nacen de la abundancia del signo de Jesús que nos da de comer hasta satisfacernos. ¿Estamos dispuestos a que nuestros cuerpos sena una de esa doce canastas que portan al Pan de Vida? ¿Estamos disponible a llevar un contenido impensado para nuestra pobre humanidad como es la misma Vida de Dios, a Dios mismo en nuestra frágil humanidad? ¿Y las comunidades cristianas de hoy, estamos disponibles para que nuestro contenido sea el Señor mismo, el Pan de Vida, y no solo nuestros planes? ¿Somos conscientes que como creyentes somos portadores de dones a Dios, pero a la vez somos portadores de Dios mismo en nuestra humanidad? ¿Y las comunidades cristianas estamos vacías de nosotros mismos para que sea Jesús mismo nuestro contenido abundante y desbordante que demos al mundo hambriento?
Nadie mejor que este niño y estas canastas representan las posibilidades que Jesús puede darle a nuestra historia y no solo a nuestro antojo. Ellos están disponible, no ofrecen resistencia. Parecen pasivos, pero no... Un niño con panes y peces, no es alguien pasivo, carga, si pero carga alimento, un alimento que tiene un sentido, pero que puede adquirir uno nuevo e impensado con solo su disponibilidad... No estaba en su imaginación. Pero allí estaba el, listo y accesible a quien lo llamara... Y hubo alguien, como siempre hay alguien en nuestra historia y en nuestro día, que nos llama y nos lleva a Jesús, aveces sin pensarlo y sin tenerlo muy claro, pero allí terminamos delante del Maestro para que Él le de ese sentido, ese significado, ese valor que no sabemos que puede tener lo que llevamos con nosotros. Somos ese niño, aquí y ahora... No solo lo somos sino que necesitamos serlo, porque así podrá haber un alimento nuevo y significativo que sale de las manos de Jesús con lo que nosotros le aportamos. Este mundo que calcula y calcula nunca podrá darle de comer a ninguna multitud desde sus cálculos y mezquindades. Soberbia, orgullo, idealismo, o lo que sea, eso no será nunca alimento abundante y de satisfacción. Lo que no pasa por las manos del Señor, no será mas que lo que es y nada mas, tristemente porque podría ser algo mas, mucho mas. Seamos esos niños que presentan lo que llevan en si y que puesto en las manos del Señor Jesús podrá ser mucho mas de lo que imaginamos. Debemos una vez mas hacer la promesa de no ir a Dios con nuestra imaginación, solo con lo que somos, con lo que llevamos en nosotros. Con nosotros, en nuestro tiempo y en nuestra historia, ni mas ni menos...
Debemos recoger la sobreabundancia de Jesús que se ofrece compasivamente, con calma y decisión. Estamos llamados a ser portadores de este inmenso secreto. Lo que pongamos en las manos de Jesús, de su mirada hacia el cielo buscando la mirada del Padre y de su bendición y repartición, sale el alimento que sacia el hambre del hombre. El pan en nuestras canastas es la Eucaristía de Jesús al Padre, y por eso es el Pan del que el hombre no puede prescindir. Caridad, Eucaristía y Misión van de la mano, una le da sentido a la otra y cada una en si misma contiene a la otra. Somos portadores de este secreto que el mundo tiene que develar por nuestra conciencia del don recibido y por nuestro hacernos a la medida del don recibido y el donarnos a la medida del don recibido.
De tus manos parte el pan que me alimenta en abundancia. De mis manos parte el pan que llevas en tus manos para multiplicar. De tus manos saco el pan para llevar a mis hermanos y que su hambre se encuentre contigo, y entonces que ya ningún hambre sea irremediable. Toma en tus manos mi pan Señor, y llena nuestros canastos con la abundancia de tu presencia amorosa, compasiva y agradecida, que es tu Eucaristía.

P. Sergio Pablo Beliera


lunes, 23 de julio de 2012

HOMILÍA 16° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 22 DE JULIO DE 2012


HOMILÍA 16° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 22 DE JULIO DE 2012
Los invito a posar nuestra mirada y por lo tanto nuestra atención a una situación que es habitual en nuestra vida. En general nosotros buscamos la forma, la experiencia de conjugar situaciones o acontecimientos, que a veces nos parecen contrapuestos y disímiles entre sí, como si solo lo que tuvieran en común fuera los sujetos, las personas que los viven.
Me refiero a las experiencias de intimidad de un pequeño grupo, como puede ser un matrimonio, o una pequeña comunidad humana, y la experiencia de apertura a un grupo humano mayor. Como si la funcionalidad entre lo pequeño y lo grande estuvieran de por sí contrapuestas o en oposición. ¡Cuánto nos gusta y disfrutamos la intimidad esponsal, de un pequeño grupo de amigos, de una pequeña comunidad! ¡Cuánto disfrutamos la experiencia de comunión en grande experiencias familiares, comunitarias o sociales! Pero, puede ser que entre una y otra no haya una conjugación y lazo de continuidad. Como si pretendiera reinar el principio de la ruptura entre una y otra.
Hoy Jesús, puede darnos una mano en la experiencia de encontrar una respuesta para esta experiencia que señalamos.
“Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.” En primer lugar nos encontramos a Jesús con la pequeña comunidad de discípulos que llegan de una fructífera experiencia de misión y están llenos de emocionantes experiencias para compartir con el Maestro y sus compañeros. Hay algo entre ellos que los hace reencontrarse y buscar compartir su experiencia poniendo todo en común.
“El les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. 
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.” En segundo lugar nos encontramos a Jesús que percibe el cansancio original de este pequeño grupo entusiasta y les propone entrar en la experiencia del descanso compartido separados del resto. Un aparte del grupo más íntimo. Hay algo entre ellos solos que conviene darle lugar y Jesús no lo deja pasar.
“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.” En tercer lugar, nos encontramos con un Jesús y la comunidad de apóstoles, sorprendidos por la multitud en su descanso. Sin mediar transición Jesús percibe la necesidad y valida esta presencia inesperada, poniéndose en entera disponibilidad de esta multitud hambrienta y desorientada.
Jesús se manifiesta el mismo en las tres situaciones, puede reconocer las necesidades y oportunidades de su comunidad de discípulos, del grupo íntimo de apóstoles y de la multitud que los busca. Frente a los tres grupos y frente a las tres situaciones se manifiesta dócil y propositivo. Y transita de una experiencia a la otra con la misma actitud de comprensión, atención y cuidado. No subordina ninguna de las experiencias a la otra. Muy por el contrario las pone en diálogo y conexión, las sincroniza y las pone en gran comunión.
La serenidad manifestada en las expresiones: “se compadeció de ella… y estuvo enseñándoles largo rato”, ponen de manifiesto que esta última situación que los sorprende, Jesús la vive en total continuidad con las otras dos situaciones, con el mismo corazón y la misma mirada.
Jesús nos enseña la insustituible experiencia de darnos por completo a lo íntimo, a lo familiar y a lo comunitario con un mismo corazón, con una misma motivación, con una misma intención, con una misma generosidad, con una misma integridad, con una misma alegre y serena entrega. Siempre el mismo frente a las distintas situaciones, porque su corazón compasivo es todo suyo y no depende de una situación exterior o circunstancial. Nos enseña a ser menos susceptibles a las demandas exteriores y a ser menos dependiente de las circunstancias.
Verdaderamente podemos decir: “Cristo es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba… Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, 
y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona.” Somos una humanidad nueva en la medida que el modo de Cristo se hace el nuestro y en la medida que somos hombre nuevo en el que se han derribado todos los muros de enemistad que nos separa entre nosotros en la única vida que se nos ha concedido. Reconciliados vivimos reconciliando toda enemistad en nuestra persona que ahora y para siempre está unida a la suya. No podemos ya ser dos en nosotros mismos y entre nosotros, somos uno con Jesús, con los demás y con nosotros mismos.

P. Sergio Pablo Beliera

lunes, 16 de julio de 2012

HOMILÍA 15° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE JULIO DE 2012


HOMILÍA 15° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE JULIO DE 2012
Cuando uno ve a una bailarina o bailarín clásico en sus maravillosos movimientos, desplazamientos y saltos, uno queda admirado por su liviandad y ligereza.
Cuando uno asiste a un espectáculo de circo y ve a los trapecistas y equilibristas hacer su maravilloso arte, haciendo a sus cuerpos volar de un lado al otro y sostenerse en tan singular equilibrio, uno queda admirado de su soltura y sincronización.
Su arte necesita verlos despojados y con el solo instrumento de su cuerpo como manifestación de sus movimientos.
¿Quién puede imaginar semejante arte con pesadas cargas? El arte está en su cuerpo despojado, liviano, pero robusto en su estructura misma.
Así, quien pretende dirigirse a las personas no puede ir a ellas más que con su sola persona. Desprovisto de todo, hasta de argumentos, manifestando solo la maravillosa presencia de una convicción en la propia humanidad, en el propio cuerpo, con su sola persona y presencia. Maravilloso y magistral desafío.
“Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos”. Jesús llama y envía a solo 12 personas. Y no solo eso, sino que los reparte en 6 pequeños grupos de 2. Algo ínfimo e insignificante frente al desafío. Para que quede claro y manifiesto, que en esa pobreza de recursos humanos, la fuerza y la tarea no se apoya sino solo en la convicción de Quien llama y envía.
Se nos llama a poner el cuerpo, nuestra persona por entero, sin dejar nada afuera de lo que somos esencialmente. Nuestra existencia, nuestra vida con su historia, nuestra persona y su vivencia de ser llamado por una Voz más fuerte que cualquier voz, más contundente y nítida que cualquier otra voz. Una Voz sobre la que no puede sobreponerse ninguna otra. Es la llamada que ha quedado grabada en nuestra conciencia: “el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: ‘Ve a profetizar’” y es más fuerte que nuestro deseo conocido. Es el Señor, quien a transformado nuestro deseo conocido por uno que no sabíamos distinguir y apreciar, pero mucho más nuestro que cualquier otro, mucho más urgente que cualquier otro, mucho más claramente vinculante a los otros que cualquier deseo anterior que hayamos conocido.
La Belleza y la Bondad de Dios quieren pasar a través de nuestras cuerdas vocales y salir a través de nuestras bocas hacia las vidas de los demás. Quiere pasar a través de nuestros pies de caminantes para llegar a ritmo de paso de hombre a los otros hombres. Quiere pasar a través de nuestras manos para tocar la vida de las demás personas y experimentar que somos una caricia de Dios para muchos hombres y mujeres golpeados por el prejuicio, el juicio y la violencia del desamor. Somos así, un profeta para nuestros hermanos viendo y dejándoles ver lo que Dios quiere que ellos y nosotros veamos: la belleza y la bondad para la que fuimos creados.
El Señor nos necesita livianos, desprovistos de carga extra, solo con lo puesto para que absorbamos la confianza en su obrar libre en nosotros y la confianza en la libertad de nuestro obrar. Las palabras no pueden ser más claras y elocuentes: “Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.” Lo mínimo e indispensable para que los hombres no nos vean a nosotros sino que perciban y escuchen el mensaje de conversión que se nos ha confiado. Ninguna seguridad externa nos servirá a la hora de ser instrumentos de Dios, de ser mensajeros de Dios, de ser llamada de Dios a los demás. Es el arte de nuestro cuerpo desprovisto de todo peso innecesario el que nos brindará las condiciones adecuadas para la misión encomendada.
Es un mensaje certero y clarificador para nuestras familias, que deben confiar en su llamada a ser familias y en las personas que viven bajo el mismo techo. Confiar que pueden darse el amor que Dios tiene para que se den mutuamente y que no necesitan de condiciones externas mejores ni peores, sino de cada uno dándose por entero en la convicción de ser uno que ha sido sacado de atrás y puesto delante para llamar a los demás a la transformación en lo que Dios nos pensó y nos quiere.
Cuando la vocación y la misión quedan desvinculada una de la otra, estamos heridos de muerte. es por eso que Jesús, llama y envía en un mismo acto. Lo que somos si o si tiene que ver con lo que hacemos. Solo así podremos llamar a los demás a transformarse en lo que Dios quiere para ellos y a vivirlo en consecuencia. Si la vocación y la misión ya no provienen de Dios, quedamos desprovistos de la fuente de unidad y de sentido de lo que somos y estamos llamados a involucrarnos con todo nuestro ser personas.
Jesús me llama, Jesús me envía, es una convicción que no podemos perder u olvidar. Esa es nuestra fuerza. Y junto con esto recuperar la convicción de que me llama y envía a poner el cuerpo con lo que soy y no con lo que me adorno. Solo así podemos experimentar la libertad de ser y hacer lo que somos sin necesidad de nada más.

P. Sergio Pablo Beliera