lunes, 3 de septiembre de 2012

HOMILÍA 22° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 2 DE SEPTIEMBRE DE 2012


HOMILÍA 22° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 2 DE SEPTIEMBRE DE 2012
“Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.” Esta verdad entera salida del interior de Jesús, es una verdad fundamental para construir en nosotros una verdadera espiritualidad, con sólidos fundamentos.
No sólo es importante tener fe, es importante que esa fe se desarrolle de manera plena. Nuestro mundo no solo adolece hoy de falta de fe, sino también, y tal vez más gravemente, de una fe anémica en su desarrollo.
El desarrollo de la fe de los que creen ha sido una gran preocupación en la vida pastoral de Jesús y lo es aún hoy en nosotros los creyentes de este tiempo. Y esa preocupación suya debe hacerse nuestra. Porque nada nos expone más a mancharnos y hacernos impuros, que no tener las mismas preocupaciones de Jesús sobre nosotros, es el gran preámbulo de nuestra relación con Él. Lo que sale del hombre y lo que sale de Dios cuando convergen nos dan el estado de pureza que nos dio origen y es nuestro destino.
Ahora, ¿qué es aquello que puede salir de nosotros y hacernos impuros?
Una primera pista podemos encontrarla en la propia incomodidad de Jesús frente a la seguridad de algunos creyentes que pretenden poder manejar su fe a su manera. Queda muy bien planteada por las palabras de Moisés: “No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno.” Y por las palabras de Jesús: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.”
Que ya nos ordenen algo nos incomoda a la mayoría de nosotros. Y que a esto se sume que no podamos añadir ni quitar nada es una combinación de exigencia que podemos llegar a pensar que es intolerable, porque supuestamente ataca nuestra integridad y dignidad, nuestra libertad y felicidad, como si proviniera de Alguien intolerante que no tuviera la más mínima consideración sobre nosotros.
Amado Señor, aleja de mi esta terrible y sigilosa tentación que quiere apartarme de vos, Pureza e Integridad plena, que custodia la mía… Revélame a mi conciencia que añado de preceptos humanos y que quito de tu mandamiento. Que no sea yo quien agregue o quite algo en mi vida, sino solo vos Señor Amado.
Necesitamos hacer la experiencia de abrazarnos íntegramente a lo que Aquel que puso las reglas de este maravilloso universo sea quien pueda darme las coordenadas de mi propia existencia. Las leyes internas de nuestra existencia, que tenemos que reconocer, que nos resultan indescifrables a nosotros mismos. “Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación.” Asumir la necesidad que Dios nos ponga explícitamente su voluntad y lo que somos para vivirlo sin apartarnos de ello con plena confianza, es más que imprescindible.
¿Podemos aportar algo a lo que Dios manda? Por supuesto que sí… Y es viviendo sin límites lo que Dios manda, solo así lo que se nos ha mandado cobra vida y es ahí donde lo mandado alcanza su plenitud y somos libres y felices y hacemos a Dios feliz. Esto sí nos está permitido añadir.
Somos vivientes, y como vivientes lo nuestro es vivir lo que está impreso en nuestro interior y que Dios nos ha dejado de manera explícita en su Palabra, para facilitarnos es camino hacia Él, el Viviente.
De ahí que la recomendación de Santiago sea tan oportuna y la segunda experiencia que no podemos eludir para nuestra integridad de creyentes: “Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos.” Y si engañarse a sí mismo es un gran mal, engañarnos a nosotros mismos respecto de Dios, es el gran engaño. Creer es vivir y vivir es hacerlo creyendo que en nosotros la Palabra puede cobrar vida. Nos falta más y más, creer que la Palabra que es Jesús y que a su vez es vivida plenamente por Jesús, puede ser vivida en nosotros y por nosotros. “Así ustedes vivirán…”
La vida es amar la pureza en la que fuimos creados
La vida es amar la pureza del sentido con el que fuimos creados
La Vida es amar la pureza de practicar lo que está escrito por Dios
La Pureza de la fe es vivir de la fe
La Pureza de la fe es vivir en la fe
La Pureza de la fe es vivir por la fe
La Pureza del hombre es vivir de la fe
La Pureza del hombre es vivir en la fe
La Pureza del hombre es vivir por la fe
La Pureza es amar lo que Dios manda

Pbro. Sergio-Pablo Beliera

lunes, 27 de agosto de 2012

HOMILÍA 21° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 26 DE AGOSTO DE 2012


HOMILÍA 21° DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 26 DE AGOSTO DE 2012
"¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?" Cuantas veces nosotros mismos nos hemos hecho esta pregunta frente a la propuesta de Jesús a lo largo y ancho del Evangelio. Y sin duda que debe es así, porque así como muchos se van afianzando en el seguimiento y unión con Jesús y su propuesta de vida al escuchar su enseñanza, muchos otros van dejando en el camino porque se creen incapaces de este seguimiento y de esta unión y su propuesta de vida.
Hay una parte de nuestra humanidad que se resiste a vivir de la propuesta de Dios, que se revela a tener que vivir una libertad en comunión y reclama para si una libertad individual. Otra parte de nuestra humanidad encuentra en la libertad en comunión con Dios un camino verdaderamente liberador y que responde a la esencia de lo que somos.
Jesús, frente al rechazo, mantiene su propuesta, no se desdice porque su propuesta es su experiencia. El se experimenta viniendo del Padre, y nos experimenta a nosotros como llevados por el Padre a Él. Esa es la forma de nuestra Eucaristía: Jesús es dado por el Padre se entrega y desciende a nosotros desde la Liturgia de la Palabra hasta la Comunión inclusive. Y desde el Padre nuestro en adelante, nosotros vamos hacia Jesús llevados por el Padre, para unirnos a Él en la Comunión.
Si la unión del varón y la mujer, puede dar vida… ¡Qué puede surgir de nuestra unión con Jesús en la Eucaristía!
La Eucaristía permanece como un recinto, en el que vivimos la experiencia de Jesús dado por el Padre y entregado a su entera voluntad; y la entrega del Padre a nosotros de su Hijo Amado como Pan de Vida y Bebida de Salvación, para nuestra libertad en la Comunión por la que somos asimilados por el Hijo a su vida y destino, a su pensamiento y voluntad, a su fuerza y existir.
Jesús, no nos entrega su Carne meramente histórica –lo cual sería un mero recuerdo después de dos mil años- sino su Carne vivificada por el Espíritu, su Carne resucitada y glorificada por el Padre. Su Carne de hombre está vivificada por su Vida de Hijo que permanece unido al Padre en Espíritu y en Vida. Por la Eucaristía nos hacemos Espíritu y Vida con Él. ¡Impresionante posibilidad y regalo!
Regalo, no fácil de asimilar por nuestra tentación a la omnipotencia, al ego, que nos sopla el mal espíritu de suponer que si nos lo proponemos podemos vivir por nosotros mismos hasta nuestra propia vida espiritual. La sensatez de los creyentes, que sostiene la Iglesia en su conjunto, manteniéndose fiel a la Eucaristía tal cual Jesús esta dispuesto a entregárnosla, queda de manifiesto en nuestro permanecer en la presencia Eucarística de Jesús en la Celebración, en la Comunión y en la Adoración, que asimilada por el creyente, hace del creyente una eucaristía viviente en el y de el.
De ahí, que podemos hacer nuestras las palabras de Pedro: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". Decidimos permanecer en la promesa de Jesús por más incomprensible a la mente y a la forma de realización que nos parezca. Nos entregamos confiados a Él “el Santo de Dios”. Todo está realizado en Él. Todo el designio de amor del Padre puede realizarse en nosotros por la Eucaristía.
En cada Eucaristía venimos a renovar esta confesión de fe, venimos a celebrar esta confesión de fe, venimos a comulgar esta confesión de fe, venimos a adorar esta confesión de fe, en la Comunión plena y total que el Señor Jesús nos ofrece en la Eucaristía de su Carne y de su Sangre vivificadas por el Espíritu, que se hace para nosotros Espíritu y Vida. Porque como nos enseña Jesús: “la carne de nada sirve” si no está vivificada por el Espíritu que es Vida. Y nuestra carne solo se vivifica por la Carne y la Sangre de Jesús que es Espíritu y Vida, y asimilado por mí en la Celebración, Comunión y Adoración. Sólo así, comemos la totalidad de la Carne y de la Sangre de Vida ofrecida por Jesús.
Señor, a pesar de mí mismo, quiero vivir de tu Cuerpo y de tu Sangre vivificadas por el Espíritu en cada Eucaristía. No me quiero apartar de este encuentro contigo. Ayúdame a permanecer en la Eucaristía por amor a ti, que te entregas por nosotros y en quien encontramos nuestra morada porque “solo tu tienes palabras de Vida eterna.” En mi pobreza, quiero hacerme una sola carne y espíritu contigo. Amén

P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 19 de agosto de 2012

Homilía Domingo 20º Tiempo Ordinario, Ciclo B, 19 de agosto de 2012


Homilía Domingo 20º Tiempo Ordinario, Ciclo B, 19 de agosto de 2012
Resulta interesante prestar atención a que significa la vida para nosotros los creyentes. El sentido que le demos a la vida concreta que nos ha sido regalada y que desarrollamos en el día a día, está directamente relacionada con el peso específico de nuestra fe, de nuestra relación vital con Dios en el día a día.
El mundo vive una clara desconexión entre la vida y Dios. Y nosotros como parte de este mundo no podemos estar indemnes a esta ruptura. Así el hombre contemporáneo, experimenta la vida como algo puramente horizontal y que se alimenta de su diario esfuerzo personal y de su libertad de hacer con su vida.
La vida por lo tanto, ya no se percibe como proveniente de Dios y sobre ella por lo tanto se puede hacer cualquier tipo de intervención, total es nuestra vida y de nosotros depende.
Y la perspectiva que esa vida es alimentada por la relación que establecemos con lo que Dios nos ofrece como alimento se esfuma fácilmente. Palabra como estas: “Vengan, coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé.”, resultan inadmisibles y por lo tanto presuponen una acto de reivindicación: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”
Los creyentes debemos redoblar nuestra convicción en las palabras centrales de Jesús hoy: Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” Esta Vida, con mayúscula, es una Vida única que provienen de Jesús mismo y se hace nuestra sin perder jamás la referencia a su fuente y a su cumbre.
Sin duda que nuestra Eucaristía de cada día, y especialmente la dominical, tendrán un carácter celebrativo totalmente distinto desde esta perspectiva que la Vida proviene de comer la carne y beber la sangre.
El hecho que esta Vida ofrecida sea eterna, al hombre de hoy puede resultarle lejana por la acentuación que la cultura actual tiene de la satisfacción inmediata sin horizonte. Bien o expresan los jóvenes en su creciente desinterés por lo que sucede más allá del ahora que están viviendo, ¿qué importa el mañana en esta perspectiva?... Por otro lado ante las multiples carencias que miles de personas viven, la tentación de rechazar o desinteresarse por algo eterno cuando no está asegurado el presente, es muy próxima.
Sin embargo nunca debemos los creyentes perder la perspectiva que cuando Jesús nos habla en este evangelio lo hace a una multitud que experimentó el hambre y la sed y que había recibido el signo de esa Vida eterna en la saciedad y la abundancia de pan. Pero esa saciedad y abundancia frente al hambre y la sed, por su cerrazón, no los abrió a la perspectiva de eternidad, único momento de nuestra historia donde seremos saciados definitivamente.
Tengamos en cuenta que nuestro imperceptible rechazo a comer y beber la Vida que proviene de Jesús, que recibe esa misma Vida del Padre, y que la ofrece en su carne y su sangre, nos pone en un punto de conflicto y rechazo de Dios mismo y por lo tanto de la fuente de la Vida. Las crisis en el amor a nuestras celebraciones eucarísticas, tan vivamente señaladas por la Iglesia, y a la vez la acentuación de la misma en la necesidad de una renovada vida eucarística, tienen su fuente en las palabras mismas de Jesús y su promesa, que no puede otra cosa que cumplirse: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.”
Sí Señor, quiero vivir por Ti, quiero vivir de Ti, rompe todo obstáculo en mi para permanecer en tu promesa. Aleja de mí toda tentación de ser mi auto-sustento o de aferrarme al pan de mi esfuerzo y de mi mesa como si no existieras Tu, Pan de Vida, Carne viva que me da vida, Sangre viva que colma mi sed de Vida.
Renovemos en nuestra persona y en nuestra comunidad, el deseo y la práctica de vivir de la Eucaristía de Jesús que es su Carne y su Sangre ofrecida como Vida al mundo. Que se note en nuestro hambre de celebrar con alegría y dignidad la Presencia Eucarística del Señor, en la Comunión frecuente y gozosa del que es la Vida misma, en la Adoración Eucarística asidua y silenciosa que se abraza al Pan de Vida y lo contempla enamorada de la Vida que de la Eucaristía dimana hacia nosotros y en nosotros.
Demos respuesta a las palabras de san Pablo: No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor”. Porque la voluntad del Señor es clara y generosa: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Y celebremos este misterio de Amor hasta el extremo, “llénense del Espíritu Santo. Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y celebrando al Señor de todo corazón. Siempre y por cualquier motivo, den gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.”

P. Sergio-Pablo Beliera