domingo, 3 de febrero de 2013

Homilía 4º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 3 de febrero de 2013


Homilía 4º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 3 de febrero de 2013
Si algo se ha vuelto difícil en estos tiempo, no es sólo acoger en su integridad y totalidad de la Palabra de Dios, representada en su plenitud por la persona misma de Jesús de Nazaret, sino, el poder hablar de Él libremente sin entrar obligadamente en una discusión.
Tristemente aceptamos que de algunas cosas no se pueden hablar en público, entre ellas hemos puesto a Dios, como si este fuera verdaderamente un motivo de división o enfrentamiento. Sólo las mentes enceguecidas por la pasión irracional o la ideología obtusa, pueden pensar que no se puede hablar porque la pasión lo domina todo o la ideología está por encima de Dios y del hombre.
No hablo de la persecución religiosa, que siempre ha existido y de la que deberíamos sentirnos dichosos que se descargara sobre nosotros a causa de Jesús. Hablo de nuestra triste aceptación que esta imposición de silenciar el hablar de Dios es digna de consideración y, que la comodidad en la relación entre los hombres debe primar sobre la digna presencia de Dios en nuestros labios y en nuestros oídos.
¿Cómo podemos pensar que hablar de Dios esta en pie de igualdad con la pasión por el fútbol o tal ideología o persona política?
La maravillosa predicación de Jesús encontró su mayor dificultad no en ser escuchadas sino en ser aceptada, acogidas, hospedadas como palabras de Dios encarnadas en su persona humana. "¿No es este acaso el hijo de José?"
Los creyentes no solo tenemos derecho a hablar de Dios, necesitamos hablar de Dios, necesitamos alabar al Dios que nos creo, que nos engendro, que nos hizo amorosamente sus hijos amados, que da la vida por nosotros. La recobra para nosotros. Sin embargo para Jesús la experiencia de rechazo, del cuestionamiento llegó bien pronto. Y no necesitan que se lo digan, lo percibe de manera patente y encara esta experiencia como Dios lo había hecho en la historia de Israel: "Sin duda ustedes me citarán, 'médico, sánate a ti mismo'... Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra". Dolorosa experiencia de tener frente a sí corazones endurecido, que murmuran contra Dios.
Si este es el cuestionamiento, la respuesta de Jesús no se hace esperar: Elías el profeta de la fe pura al Dios único y trascendente, y la viuda de Sarepta... Eliseo y Naaman el leproso sirio... La acción de Dios no se detiene, no tiene fronteras, su horizonte es el corazón creyente...
La fe debe descubrir el rostro de la Esperanza para poder proseguir su camino hacia Jesús.
La esperanza debe descubrir el rostro de la Caridad para poder afrontar su prodigioso destino de hacerse según la persona de Jesús.
La caridad debe descubrir el rostro de Jesús para llegar a ser lo que ha comenzado y sólo alcanza su plenitud en la Caridad de Jesús.
La Palabra pronunciada solo ha venido para ser Palabra acogida.
La Palabra acogida ha venido para ser Palabra vivida.
La Palabra vivida ha venido para ser la única Palabra válida de ser pronunciada.
¡Es imposible imaginar que las cosas sean de otra manera!
Es maravilloso ver como la Palabra Jesús hace su obra cuando no hay obstáculos interpuestos entre ella y nosotros. Los sencillos que acogen la Palabra dan el fruto, que los que tenían todos los medios para recibirla, no hacen otra cosa que usar esos medios para rechazarla. Extraño hombre el que vive así, pero hombre real que hoy se opone a perder su prestigio, su paz afectiva, sus relaciones, su comodidad social y familiar.
La familiaridad con Dios no debería ser un obstáculo para dejarse sorprender por Dios y su novedad continua. No lo es en la medida que no use esa familiaridad para un beneficio que no sea el de acogerlo en nuestra existencia a pesar de todo.
Jesús conoce esta experiencia en carne propia. Tan realmente humano se hizo y permanece que su palabra. Su persona pueden aún hoy ser rechazadas en nombre de una mayor inteligencia de la humanidad, de una supuesta mejor convivencia, de una hipotética mejor forma de vivir nuestras relaciones.
¿Pretendemos ser como enamorados a los que no se les note semejante experiencia? ¿Porqué y para que ocultar a Aquel que me da mi verdadera visibilidad y lo mejor para mostrar de mi?
Amo a este Dios que no tiene el prejuicio y el pudor de mostrarse como un médico que no se curara a sí mismo.
Amo a este Dios que no tiene reparos frente a mis rechazos de su humilde apariencia y se presenta despojado de toda apariencia que se imponga.
Amo a este Dios que no teme a la paciencia que exige lo simple, lo que no cuenta por más que este a nuestra mano como el agua de un río conocido.
Dios se desvela por hablar del hombre para que el hombre no se olvide de sí mismo y de su verdadera consistencia y razón de ser. Dios se desvive porque nuestra hospitalidad no quede escondida en nuestra indigencia y esta no nos robe el tesoro de darnos aún en lo que tenemos como nuestro último e indigente recurso. Y que como leproso se lava en nuestra humanidad para que nuestra humanidad no se resista a lavarse en la pobres aguas de nuestra fe poco espectacular.
Maravilla de un Dios que camina en la ciudad ignorado, pero que camina y no cesa. Que para en cada esquina, en cada parada a buscar a su hombre herido de orgullo y arrebatado por lo complejo.
Maravilla de un Dios que canta suavemente en medio de nuestros ruidos cotidianos de mp3 y auriculares que pretenden aislarnos del ruido que somos nosotros mismos. Que no cesa de mantenerse callado para que ese silencio suene como el grito de socorro más estruendoso, para que nuestra humanidad no sea absorbida en el ruido malicioso que nos hace sordos.
Maravilla de un Dios que en vez de ofrecer soluciones para todo se sienta en la cola de los indigentes como sí nada tuviera para aportar y sólo todo por pedirlo. El que sabe y que tiene como, se hace el que no sabe y no tiene para que no me sienta aplastado o humillado frente a mi impotencia real y muchas veces insalvables.
Muy adentro se adentró Dios en la humanidad, en la persona de su Hijo Amado Jesús de Nazaret, para desde adentro ser nuestro médico de heridas profundas y nuestro profeta de palabras desconocidas. En el seno de Nazaret, en lo imperceptible de su vida cotidiana fue engendrado Jesús en el seno virginal de María. En el seno de Nazaret, en lo impensado de una calma cotidiana vivió, creció y llego a su plenitud Jesús como hijo de carpintero.
Dios no renunciará a su estilo inaceptable para los corazones endurecidos, porque sólo así podrá liberarlos de se semejante atadura.
Quien no acepta adentro de sí mismo, siempre se junta para confabular enfurecidos contra quien no esta dispuesto a caer en la trampa que nosotros nos hemos tendido y que aceptamos sin pensar.
Se puede hablar de Dios siempre y en todos partes porque el problema no es Él mismo sino nuestros corazones endurecidos y faltos de imaginación.
Daños Señor un corazón blando y lleno de tu maravillosa imaginación para no quedar atrapados en nuestra trampas y prejuicios.

P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 27 de enero de 2013

Homilía 3º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 27 de enero de 2013


Homilía 3º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 27 de enero de 2013
Jesús, después de haber hecho la experiencia de quien era para el Padre: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección", hoy se define a sí mismo frente a los demás: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción". Entra en esta experiencia con decisión y comienza un camino de revelación de los que lo escucharán y verán de aquí en más, hasta nosotros mismos. "…el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura…"
Jesús nos muestra quien es Él para nosotros. Quien ha venido a ser para nosotros…
¿Quién soy para los demás? Esto es, qué pone el Espíritu de Dios en mí, en mi ser para los demás. Quien ha decidido el Padre que yo sea en conexión con la vida y la historia de los demás.
¿Quién soy frente a los demás? ¿Qué conocimiento de mi me ha dado el Padre que me permite darme a conocer a los demás? Quien soy para los demás, debe provenir siempre de quien soy para el Padre, sobre lo que Él dice de mí. Ser para Dios es lo que hace posible que sea para los demás.
Siempre que pensamos en, ¿quién soy yo para los demás?, es fácil caer en qué piensan los demás de mí, y no en quien he descubierto que soy yo y me manifiesto a los demás, como mi más profunda identidad que los sirve.
El ejercicio de Jesús hoy, es iluminador… Él, que ha recibido la revelación íntima del Padre en el bautismo del Jordán, ahora me manifiesta a los demás tomando las palabras del profeta Isaías y haciéndolas totalmente suyas. Lo que está escrito ahí es Él mismo. Lo que la Escritura le ofrece, y en donde se posa su mirada, lo descubre como dicho sobre Él.
Pero, lo que es para Él, no es solo para Él, sino que también nos involucra a nosotros. Si su vocación es la de Hijo Amado Salvador; su misión es la de Salvador como Hijo Amado. Lo que es su vocación se vuelca por entero en lo que es su misión. Esta maravillosa unidad, perdida por el hombre después del pecado, la recobra hoy Jesús, no solo para sí, sino también para nosotros.
Es el Servidor que se hace Hijo Amado amándonos en nuestra debilidades y sufrimientos. Así la primera cruz que Jesús toma es la de ser el Siervo sufriente que se compadece de nuestros sufrimientos. Sufre con nuestros sufrimientos y asumiéndolos es como su misión comienza a liberarnos del desamor que nuestras desgracias nos causan y causan a los demás. Pero siempre si perder la mirada y el oído puestos en el designio de amor del Padre, que lo impulsa por el Espíritu y desciendo constantemente sobre Él, en una relación constante donde lo que desciende vuelve a elevarse desde la humanidad de Jesús.
Para que esta revelación que todos nosotros necesitamos recibir y, que el Padre da por su Espíritu constantemente a quienes la quieren recibir, estamos llamado a entrar en el lugar de la oración, abrir las Escrituras y en ella, mirando a Jesús el Ungido por el Espíritu, encontrar esa misión que me es encomendada. No hay descubrimiento de la propia misión sin la intermediación de la misión desarrollada por Jesús desde las Escrituras. Todos estamos llamados a escribir con nuestra propia sangre, "un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido."
El camino de Jesús es mi camino, la forma de descubrimiento de Jesús de su misión, es la forma de descubrimiento de la mía, de la nuestra. Y siempre debe ser cotejada con la de Jesús. La misión de Jesús representa la misión de todos los hombres, es la plasmación de la misión de todos los hombres, es la concreción de todos los hombres. Él es el Cuerpo entero y yo formo parte de ese Cuerpo en la medida que soy parte de esa vocación y de esa misión de Jesús. "Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo … y todos hemos bebido de un mismo Espíritu."
No podemos olvidar esto… es esencial a nuestra plenitud de hijos en el Hijo. De ungidos en el Ungido. De palabra que libera en la Palabra Liberadora. De pan para los hambrientos en el Pan de Vida. De hombres que dan buena noticia en el que es la Buena Noticia. De liberados de todas las  esclavitudes y libertadores de esclavitudes en el que es la Libertad misma. De luz para los ciegos en el que es la Luz por antonomasia. De receptores y dadores de perdón y misericordia en el que es el Perdón y la Misericordia dada desde la propia Sangre. El engendrado por el Espíritu, ungido por el espíritu, conducido por el Espíritu, llevado por el Espíritu, alabado por el Espíritu, quien descubre esa voz y presencia del Espíritu en mí, en nosotros…
Nuestra mirada debe permanecer posada sobre la persona de Jesús para poder descubrir en esa mirada quien es Él para mí y, entonces poder descubrir para siempre quien me ha hecho el Padre por su Espíritu para mis hermanos HOY. Es la mirada de la adoración, de la contemplación, la que me descubre al que lleno del Espíritu descubre la plenitud del Espíritu en mí, en nosotros…

P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 20 de enero de 2013

Homilía 2° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 20 de enero de 2013


Homilía 2° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo C, 20 de enero de 2013
"Como la esposa es la alegría de su esposo, así será la alegría de tu Dios"... Al escuchar este anuncio, surge un deseo profundo que grita en el interior: "si, si, eso es lo que quiero regalarle a mi Dios... Quiero que Dios sienta esa alegría por mí, conmigo... Quiero darle esa alegría a mi Dios. Quiero que Dios se alegre."
Claro, a diario tan preocupado por mi alegría, me es difícil ocuparme de la alegría de mi Dios. Casi como sí diera por supuesto que Él no espera esa alegría de mi parte, como si el prescindiera de mi para su alegría, y entonces me ocupo de mi alegría, en todo caso de la alegría de los "míos" (palabra que pongo entre comillas porque, me parece escandaloso que para un cristiano haya alguien que no sea suyo y, él no sea de todos, ¿qué recibimos de nuestro Jesús como ejemplo?).
En estos días la gente está muy ocupada y preocupada por su alegría, por su entretenimiento, su diversión... Pero todos en algún momento volvemos y, a pesar de pasarla bien con los amigos de siempre y nuevos, esa alegría se nos va de las manos en la primeras experiencias de tensión y dificultad. Es algo tan común que forma parte de nuestras expectativas. Uno no puede retener su alegría… 
Algo extraño pasa con la alegría que Dios experimenta con nosotros, crece en la dificultad y ante la adversidad. "No tienen vino"... "Hagan lo que él les diga"... La alegría es una preocupación de Dios, no quiere que se extinga, que se acabe nuestra alegría, quiere que nuestra alegría sea continua y se expanda. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿porque tanta necesidad de tiempos de diversión al margen de la vida cotidiana? ¿Es que la alegría cotidiana no es ya posible para nosotros? ¿Y si necesitamos con tantas ansias que llegue el viernes y se prolongué en tantos fines de semana largos, que pasa con nuestra semana normal, que pasa con nuestro tiempo y espacio cotidiano? Para qué el ocio tenga sentido tiene que provenir de una actividad genuina que proviene del sentido mismo de nuestra vida, sino no hay tiempo libre que alcance. ¿Dónde está mi alegría? ¿En qué y en quienes he depositado el tesoro de mi alegría y la alegría de los que amo?
La presencia de Jesús entre nosotros es para nuestra alegría, él quiere estar entre nosotros para que nuestra alegría no se acabe. Se preocupa por prolongar la fiesta, porque la fiesta de boda no se acabe tan pronto por la falta de vino. Pareciera una preocupación banal en alguien tan importante y significativo. Sin embargo no lo es, porque esa preocupación es la manifestación de una preocupación más profunda y verdadera, la alegría de estar entre nosotros para alegrarnos la vida, para que la hora de la alegría empiece y ya no acabe nunca.
"... Así manifestó su gloría y sus discípulos creyeron en Él." La manifestación de esta gloria es el comienzo de mi alegría hasta el final. Porque Jesús comienza un camino que lo llevara hasta el final, hasta el extremo de su amor.
En esta fiesta de las bodas de Caná, hay un novio más que puede proveernos del buen vino, del vino de mejor calidad, del vino nuevo. Es el novio el encargado de proveer el vino para los invitados y es Jesús el que trae a esta fiesta el mejor de los vinos que él sirve desde el comienzo, no quiere engañar a los invitados y convidarlos con vino de inferior calidad, siempre el mejor desde el comienzo. Y aquí una pregunta para nosotros: ¿es que en esta fiesta de la relación con Jesús, yo estoy poniendo lo mejor de mí desde el comienzo? ¿O lo mejor de mi vida me lo guardo para mí? Hay personas que no pueden dar a los demás lo mejor de su vida porque sienten que lo pierden, lo quieren sólo para sí, para disfrutarlos ellos, ¿es eso lo que se sigue de un amor verdadero a alguien? Vemos hoy día como la gente tiene hijos cada vez más tarde en su vida, porque no quieren "perder su juventud criando hijos" o, "malograr su carrera y dejar su independencia", ¿esa es la opción para quienes han encontrado verdaderamente el amor, la esperanza, la compañía para toda su vida?
¿Por qué no dar lo mejor de mi vida al Señor hoy mismo, aquí mismo? ¿Por qué debería reservarme algo para mí con Aquel que me lo da todo (6 tinajas llenas hasta el borde de 100 litros cada una)? ¿Por qué no darme el lujo de ser motivo de alegría para Jesús, cuando Él lo quiere ser para mí?
Jesús tiene un amor de exclusividad con nosotros, se desposa con nosotros, nos ama con fidelidad, su amor está lleno de delicadezas propias del enamorado, del que se ha quedado admirado de nosotros... Sí, no es imposible... Jesús fue invitado y acepto la invitación y llevo a sus discípulos. No fue por obligación, fue por libre decisión. Y por amor libre viene a nosotros para darnos su amor esponsal. ¡Qué mejor que mi amor alegre hacia Él, como el de una esposa con su esposo! 
Los creyentes de hoy, los discípulos de Jesús de hoy, tenemos un compromiso extra con alegrar a Dios ante tanto rechazo y olvido, ante tanto desprecio e indiferencia. Los creyentes de hoy, los discípulos de Jesús, tenemos una responsabilidad de dar al mundo la alegría de tener un Dios con el que vivimos una relación de amor de exclusividad, de entrega total del uno al otro. El milagro que nuestro mundo necesita es que Dios pueda hacer en nosotros la alegría verdadera de un amor mutuo desbordante.
De tiempos de alegría pasados con Dios. 
De tiempos de alegría pasados con sus predilectos los pobres. 
De tiempos de alegría pasados en su compañía. 
De tiempos de alegría dedicados a Dios como Dios nos los dedica a nosotros.
De ahí la genuina preocupación de la Madre de Jesús para que no se acabe la alegría en este encuentro con su Hijo, el Amado que viene a buscar a sus amados.
Que la Madre vuelva a decir y recordarnos cada vez, " hagan lo que Él les diga"…

P. Sergio-Pablo Beliera