domingo, 25 de octubre de 2015

Homilía 30º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 25 de Octubre de 2015

Tal vez no estaría equivocado comenzar preguntándonos si: ¿Hay algún obstáculo real para seguir a Jesús? La respuesta es que, verdaderamente no, no hay osbtáculos absolutos. No hay nadie ni nada que pueda ser un real obstáculo para seguir a Jesús.
O tal vez podríamos decir, que los obstáculos de afuera, como pueden ser limitaciones físicas, sociales, o la imposición o contraposición de otros, no son verdadero y definitivos obstáculos en algo tan trascendente como el seguimiento de la persona de Jesús.
Alguna vez tenemos que madurar y dejar de decir, ‘me dijeron que’, ‘no me dejaron que’, o ‘todos lo hacen’. Frente a eso escuchemos siempre: “…pero él gritaba más fuerte…” porque esa es la respuesta madura y digna de Jesús.
Los verdaderos obstáculos provienen de dentro de uno mismo, esos son los más duros de vencer y sobrellevar. Toda la variedad de héroes míticos, reales o de ficción, siempre llevan la carga más pesada en la lucha consigo mismos que con la naturaleza o sus adversarios. Bien dice el ciego hoy: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” porque no puedo darme a mí mismo lo que se que necesito y quiero de verdad…
¿De dónde proviene esa plegaria? ¿Cómo se origina esta súplica?
Justamente de un reconocimiento de su miseria interior más que exterior. Hay un conocimiento de sí mismo que lo lleva a esta súplica sincera e insistente.
Por lo tanto lo que necesitamos es:
Conocernos a nosotros mismos, (conocer nuestra ceguera)
Suplicar insistentemente a Jesús, (desear ver y convertir ese deseo en suplica ferviente)
No dejarse llevar por los que te tiran abajo, (saber discernir entre la Voz de Dios y la de los hombres)
Pegar el salto hacia Jesús y Entrar en díálogo con Él, (se necesita desición para ir a Jesús primero a ciegas)
Ver por obra de la fe en Jesús, (exponiendo nuestra fe en el diálogo con Jesús)
Seguirlo por el camino. (descubrir el sentido del ver ahora: el seguimiento como discípulo de Jesús)
O dicho de otro modo:
todo el que no se tiene por muy importante,
que busca a Jesús sincera e insistentemente,
y lo deja obrar en su vida,
está listo para seguirlo por el camino.
Todo consiste o todo se define entre mi persona y Jesús, lo demás ni suma ni resta. Jesús y yo no debemos hacer caso a las voces que quieren tirar abajo nuestra relación. Jesús sabemos que no hizo, no lo hace ni lo hará. Ahí queda al desnudo nuestra parte.
¿Qué me tiene ciego?
¿A qué me he sentado “junto al camino”?
¿Grito cuando aparece Jesús (en su Palabra y en su Eucaristía) para que me escuche?
¿Quiénes me quieren hacer callar cuando grito a Jesús?
¿Me animo a dejarlo todo y pegar el salto hacia Jesús?
¿Puedo expresar a Jesús mi deseo único y más profundo?
¿Qué haré cuando vea?
Este ciego Bartimeo, ya se ha despojado de todo (“el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él”) y no quiere tomarse revancha con la adversidad de su vida, sino que se lanza a seguirlo a Jesús (“En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino”), que le prestó atención (Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”), penetró su corazón (Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”), y le dio una nueva visión (Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver…). De esa nueva visión surge un seguimiento paso a paso “por el camino”.
Cuando la fe nos guía, ella nos lleva hacia lo posible que sale siempre de una palabra de Jesús. Nuestro salto hacia Jesús implica un salto de la persona de Jesús hacia nuestro interior, hacia nuestra fe, el reducto inviolable de lo que terminamos por saber de nosotros mismos y de Dios. Y Jesús sabe reconocer la fe y su poder de volvernos videntes y discípulos.
El plus del salto a Jesús es seguirlo “por el camino” que Él ha emprendido. Este será el verdadero y contínuo movimiento de nuestra persona hacia Jesús y con Jesús. Nos movemos hacia Jesús para movernos luego con Jesús siempre.
De estar “junto al camino” se espera de nosotros que pasemos a seguirlo “por el camino”. Ese seguimiento es abierto, porque cuando me pongo a seguirlo “por el camino” dejo que Jesús me lleve porque mi libertad se ha transformado en gratitud que se lanza sin nada al camino que me conduce paso a paso a la Luz de la Resurreción de una vida para Dios, con Dios, en Dios. Cuando se está “junto al camino” lo mejor que puedo hacer es escuchar si viene Jesús y gritar fuerte para que nos saque de este estado de ceguera y postración.
Nadie ha sido hecho para estar “junto al camino” viendo la vida pasar. Sino para seguirlo a Jesús “por el camino” de una vida que hay que descubrir cada vez hasta llegar como Jesús al Padre. Nuestro camino no se consuma en logros humano ni mundanos sino en el camino que conduce al Padre.
Porque dice Dios: “…Yo los hago venir… los reúno… yo los traigo llenos de consuelo; los conduciré a los torrentes de agua por un camino llano… Porque yo soy un padre…”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 18 de octubre de 2015

Homilía 29º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 18 de Octubre de 2015

Puesto un pie por delante del otro en el seguimiento de Jesús, según el modo al que Él nos ha llamado, nos enfrentamos a los primeros mareos, las primeras zozobras, los primeros traspiés en el andar tras de Jesús.
Descubrir que seguimos a un Servidor, descubrirnos siguiendo a un Servidor, y descubrir que sólo hemos sido llamados a ser como Él, servidores, son etapas en el desarrollo de ese seguimiento que nos envuelve por enteros.
Nosotros, hijos de este tiempo y de esta tierra, vemos desarrollarse nuevos modelos de liderazgos y conducción que se desarrollan al margen del mero uso del poder por el poder mismo.
Aunque, lamentablemente, aún subsisten formas muy claras de ejercer la autoridad de formas que no se parecen en nada a los grandes saltos dados en la humanidad. Persisten entre nosotros formas de Liderazgos Egocentristas, Idolátricos, Autoreferenciales, en el mundo y en las iglesias.
Desarrollemos pues, nuestras tres líneas principales:
- Nosotros seguimos a Jesús un Servidor. Un Servidor que “ofrece su vida en sacrificio de reparación”. Las consecuencias de un Dios que se hace Servidor de sus creaturas y que para colmo del asombro “ofrece su vida en sacrificio de reparación”, son de magnitudes inimaginables para una humanidad propensa a sacar ventajas de ese Dios y de sus hermanos.
Que bien hoy nos representan Santiago y Juan: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”… ¿Cómo pedir algo que anida en el mar estrecho de nuestros deseos, a Dios hacedor del Universo?
En lo escondido de una semejante audacia al pedir a Dios mismos, anida la conciencia que Dios es un Servidor, pero que debe ser corregida en el aspecto desviado de esa conciencia, Dios es Servidor pero como tal no puede ser manipulado por deseos caprichosos y egoístas, ese es un claro límite.
Jesús lo expresa claramente: “Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados”. Lo extraordinario de esta respuesta es que ella misma, expresa como Jesús se pone una y otra vez, de todas las formas posibles, como un simple Servidor de una voluntad, que es la voluntad del Padre. O sea, que aún siendo claramente Servidor, esa misma condición está resguardada por límites infranqueables aceptados y asumidos, como un bien que Jesús no está dispuesto a franquear, ya que Jesús, “…fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno…” Garantizado siempre por la conciencia de Jesús y sus consecuencias asumidas, que según sus propias palabras, “el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.
Vida - servicio y vida - entregada que se manifestará dramáticamente en la entrega de la Pasión, Crucifixión y Muerte. Expresión dramática implacable e inapelable que sacude la conciencia de la humanidad, que en cada hombre se debate frente a semejante testimonio.
- Ahora, nosotros nos descubrimos a nosotros mismos siguiendo a un Servidor, atraídos por Él el Servidor humilde y sufriente. Así lo expresa en Evangelio: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?”. “Podemos”, le respondieron.”
Es una respuesta audaz a una audaz propuesta. Somos conscientes a medias de lo que significa esa atracción hacia Jesús Servidor que “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. Pero, en ese camino nos hemos puesto y sus consecuencias no se hacen esperar, ya que a la primera contrariedad debemos ‘hacernos cargo’ de nuestro “podemos”…
Cuando contemplamos la Cruz y al Crucificado, nuestra conciencia se ve interpelada, a ese Dios seguimos y por ese Dios humillado y entregado, nos sentimos atraídos. Y para que la conciencia y las consecuencias de semejante elección no se vea oscurecida o se vuelva intolerable, se nos ofrece el consuelo necesario: “Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe.” Es ese Servidor que nos ha atraído y a quien seguimos el que “penetró en el cielo”, y por esa atracción y seguimiento nos lo hará penetrar a nosotros como regalo de fidelidad y coherencia.
- De ahí que nos descubrimos llamados por este Jesús Servidor a ser y vivir como servidores según su modelo de ser y vivir. Si, también nosotros hoy recibimos esa invitación: “Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo… el que quiera ser grande, que se haga servidor…; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos…” Y si bien “el discípulo no puede ser mayor que su Maestro”, el discípulo no debe ser menos que su Maestro.
Hoy, hay un gran trabajo por hacer en cada uno de nosotros, en cada una de nuestros matrimonios, en cada familia, en cada comunidad, en cada sociedad… para que todas nuestras relaciones, sea en la etapa que sea, sea en las instancia que sea, se modelen en este principio insustituible: “…el que quiera ser grande, que se haga servidor…; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos…”
Cada uno es quien “ofrece su vida en sacrificio de reparación” con Jesús, como una invitación, como un clamor urgente, como la verdadera opción para deshacer las opciones que Jesús ha rechazado y nos sigue invitado a rechazar: “Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así…” A nuestras conciencias clama ese mandamiento. A nuestros conciencias llama el claro pedido de Jesús el Servidor: “Entre ustedes no debe suceder así…”
¿Qué estamos haciendo para que sea así?
¿Qué hacemos involucrados en modelos de dominio, de dueños, de hacer sentir autoridad, tan claramente rechazados por Jesús Servidor?
Despertemos del horrible sueño de una humanidad de sometimientos. Construyamos con Jesús Servidor una humanidad nueva de servidores, de discípulos servidores.
Concédenos Señor, permanecer fieles a tu santa voluntad y servirte con un corazón sincero como manifiesta tu deseo: “…el que quiera ser grande, que se haga servidor…; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos…”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 11 de octubre de 2015

Homilía 28º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo B, 11 de octubre de 2015

“Después, ven y sígueme”… Es la llamada de Jesús que resuena a lo largo de los siglos buscando un oído atento, un corazón dispuesto y una libertad de ir a Él y tras Él sin otra cosa que la propia persona y Su propia persona.
Ese, “después” viene de un antes que es apasionante: “Jesús lo miró con amor y le dijo…” Quien reciba esa mirada tiene asegurado un amor incondicional, gratuito y hasta el extremo que sólo se puede encontrar de manera definitiva en Jesús.
Pero ese “después”, viene antecedido además por un pedido singular: “…ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres…” Una libertad absoluta, un dejar atrás lo anterior y ponerse en total disponibilidad de corazón y movimiento. Una libertad de todo para amar al Todo.
Los invito a recordar que hay dos renuncias a las riquezas que exige Jesús:
Una para todos, que es la renuncia del uso de los bienes materiales para la entregarlos a la hospitalidad, la caridad, la solidaridad con los pobres (entre estos, se encontraban Marta, María y Lázaro, Zaqueo, Nicodemo, José de Arimatea, Susana y tantos otros que lo ayudaban a Jesús con su hospitalidad y sus bienes).
Y otra renuncia que pide a algunos, que es para el seguimiento de Jesús, para ser exclusivamente su discípulo (entre ellos están, los 12 apóstoles, Leví, los 72 discípulos, y este hombre que se presenta hoy ante Jesús y otros tantos a los que Jesús llamó).
En todos los casos, el hombre para Jesús es administrador de bienes y nunca poseedor de los mismos para uso exclusivamente propio, y menos para dejarse poseer por los bienes, sustituyendo los bienes la conciencia y la libertad.
La clave, la llave, que abre el sentido profundo del mensaje, de la llamada de Jesús a:
“…ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres;
así tendrás un tesoro en el cielo.
Después, ven y sígueme”,
está dada por las palabras de la primera lectura:
“Oré, y me fue dada la prudencia, supliqué,
y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría.
La preferí a…
No la igualé a…
La amé más que a…”
Y por la segunda lectura:
“La Palabra de Dios es viva y eficaz,
y más cortante que cualquier espada de doble filo:
ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu,
de las articulaciones y de la médula,
y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón…”
Todo depende de haber escuchado a Jesús y haber elegido su elección de nosotros para ser de los suyos. Jesús está para ser “preferido a” todo, para “no igualarlo a” nadie ni nada, para ser “amado más que a” cualquier persona, oportunidad, o cosa.
El seguimiento de la doctrina, del pensamiento, de las palabras de Jesús, implica necesariamente un seguimiento de su persona, de su estilo, de su vida.
Pero bajo ninguna condición es una exigencia. Todo parte de una corriente de amor mutuo que Jesús inicia con cada uno de los que se encuentra, con cada uno de nosotros.
Esto está hoy expresado plásticamente en el cruce de miradas entre Jesús y este hombre que nos representa a todos nosotros:
“Un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó…”
“Jesús lo miró con amor y le dijo…”
“Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado…”
“Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos…”
La situación empieza de modo apasionado, entusiasta, gestual:
el hombre corre hacia Jesús,
se arrodilla ante Él,
Le pregunta decidido.
Pero, poco a poco la situación se va desinflando, va perdiendo la pasión, el entusiasmo. Y termina muy des-motivadamente, con un hombre con mala cara e invadido por la tristeza.
Este hombre había empezado aparentemente bien, pero en el diálogo con Jesús su situación verdadera se va desnudando. El que quería saber: “¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”, no acepta la respuesta y las consecuencias para su vida concreta.
Nos pasa, y nos pasará, que esta situación de una u otra manera se nos presenten también a nosotros. Desde su adolescencia este hombre cumplía con los mandamientos, pero no había encontrado la persona de Dios, no lo había elegido a Dios, era ético, moralmente correcto, pero en el fondo, entre Dios y sus bienes, elije el apego a sus bienes y no el amor de predilección que le manifestó Jesús al pedirle que se desprenda de todo para estar sólo con Él.
También nosotros podemos haber iniciado un camino desde nuestra adolescencia con Dios, llenos de entusiasmo, de interés y generosidad, pero en la medida que tenemos que quedarnos sólo con Jesús, vamos eligiendo las personas y las cosas, y Él va quedando detrás.
Nuestra esperanza está puesta en que los discípulos que contemplan esta escena, quedan espantados (“Los discípulos se sorprendieron por estas palabras…”).
Frente a lo que acaba de provocar Jesús, están extrañados de sus palabras, de su propuesta (“Los discípulos se asombraron aún más…”).
Y ponen en confrontación su seguimiento de Jesús y su desprendimiento de las personas y los bienes (“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”).
¡Como si Jesús necesitase que se lo recordaran y sin recordar lo que Jesús ha dejado! Tiernamente los llama y nos llama: “Hijos míos…”
¡Cuantas veces y de cuan diversas maneras nos vemos enredados en situaciones similares con Dios, con Jesús!
Nada nos conviene más que acoger en nosotros la respuesta de Jesús:
“Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo:
Hijos míos…
Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos
por mí y por la Buena Noticia,
desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones;
y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna”.
Pero no olvidemos nunca que dejarlo todo, es para abrazarlo todo entero a Jesús, su persona y su vida entera. Para ser libres de amarlo, de asimilarlo y de seguirlo. No somos estoicos ni budistas ni practicamos el zen, somos “cristianos” o sea uno con Cristo en su persona y opciones: Dios el Padre y los hombres necesitados de salvación.
Por eso, “lo preferí a… No la igualé a… Lo amé más que a…” cómo Jesús lo hizo conmigo, con nosotros.
Recordando siempre que la pregunta existencial: “¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?” nos ha sido respondida: “…ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” “…y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna”.
El deseo inicial de plenitud (“heredar la vida eterna”) sólo alcanza su plenitud (“recibirá la vida eterna”), por el camino del desprendimiento a favor de los pobres (“así tendrás un tesoro en el cielo”) que nos permite el ir libre y gratuitamente a Jesús y seguirlo por puro amor, que es ya la vida eterna.
“Sácianos en seguida con tu amor, y cantaremos felices toda nuestra vida”.


P. Sergio-Pablo Beliera