miércoles, 29 de febrero de 2012
domingo, 26 de febrero de 2012
HOMILÍA 1º DOMINGO DE CUARESMA, CICLO B, 26 DE FEBRERO DE 2012
HOMILÍA 1º DOMINGO DE CUARESMA, CICLO B,
26 DE FEBRERO DE 2012
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus
senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi
Dios y mi salvador,
y yo espero en ti todo el día. Acuérdate, Señor, de tu
compasión y de tu amor, porque son eternos. No recuerdes los pecados ni las
rebeldías de mi juventud:
Por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu
fidelidad. El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los
extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su
camino a los pobres.
Estas
palabras orantes del Salmo 25(24),4-5.6-7.8-9.,
deberían abrir nuestros
labios cada mañana, volver sobre los mismos a lo largo del día y cerrar
nuestros labios cada noche de este camino cuaresmal. El Señor muestra, enseña,
guía nuestros caminos; se acuerda de su compasión, y no recuerda nuestras
rebeldías. El Señor es bondadoso y recto con mi vida. ¡Qué más pudo pedir!
Ser educados por Dios, es para el hombre un
privilegio que se transforma en un gran desafío. Así lo experimenta Noé, Pedro
y Jesús en las respectivas lecturas que acabamos de escuchar. Dios nos llama a
la experiencia, Dios nos introduce en ella, Dios nos guía en ella, Dios nos asiste
y nos saca victoriosos de ella. Dios se involucra, esta presente de lleno. Dios
no está ausente a la existencia humana y mucho menos a los momentos de
encrucijada. Porque solo Él puede explicarnos en el silencio interior, de que
se trata vivir y aprender a vivir, en el despojo total.
Este Dios Pedagogo divino, acompaña nuestra
libertad. Lejos de tomar distancia, Dios se vuelve la compañía adecuada a
nuestra respuesta libre a dejarnos enseñar, a querer aprender, a hacer
experiencia de hombre y de Dios. Hasta las regiones más oscuras de nuestro ser
y de la existencia, desciende Dios con nosotros. ¿Cuán consciente somos de esto?
Al educarnos por la acción de su Espíritu, Dios
manifiesta su irrevocable alianza, su inconfundible decisión de: “me acordaré
de mi alianza con ustedes y con todos los seres vivientes, y no volverán a
precipitarse las aguas del Diluvio para destruir a los mortales.” Dios por la
acción de su Espíritu, nos recuerda permanentemente que ha decidido desde el
principio de nuestra creación ser nuestro amigo, el Compañero amoroso de
nuestra existencia en estado de educación. En algunas posturas nuestras, en
distintas situaciones de la vida, pareciera que estuviésemos bajo el influjo de
creer que Dios nos creo para tener a quien molestar y hacerle difíciles las
cosas. Rotundamente no…
El Espíritu
de Dios, Amigo que nos educa, es espíritu vivificante, “Cristo… Entregado a la muerte en
su carne, fue vivificado en el Espíritu.
Y entonces fue a hacer su anuncio a
los espíritus que estaban prisioneros…” Tan vivificante que no solo lo
es para Jesús, sino que por Jesús Resucitado se vuelve vivificante para
nosotros. La vida del Espíritu, nos saca del estado de prisioneros de nosotros
mismos, de los demás, del mal y del mundo. Todo lo transforma con su presencia
pedagógica, que revive hasta lo que está muerto en nosotros: la esperanza de
estar vivos ya por el amor de amistad que Dios nos tiene. Del amor de amistad que
no nos priva jamás.
Y si nos
faltara algo para convencernos, miremos hoy a Jesús, que conducido al desierto
por el Espíritu, “donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las
fieras, y los ángeles lo servían.” Claramente la amistad con Dios
requiere de un proceso de purificación, que comienza por un dejarse llevar y un
ser llevado; de entrar en un estado de despojo y desprotección en el que lleguemos
a clamar a Dios por su Presencia. La presencia tentadora del Mal entonces, se
nos vuelve cercana para sacar provecho de nuestra situación. Pero, si nos
mantenemos fieles a la experiencia de Dios y solo Dios, no podrá más que
retirarse porque no somos suyos. Pasada esta experiencia renovadora, estamos
posibilitados de vivir un estado de comunión con la creación y con Dios. Las
fieras se vuelven amigas y el cielo se abre para que los amigos de Dios nos
sirvan y consuelen.
Este es el
sentido y la experiencia de nuestro bautismo que nos salvó, “que
es el compromiso con Dios de una conciencia pura, por la resurrección de
Jesucristo”… Que la presencia pedagógica de Dios a través de su Espíritu
permanezca activa en nosotros y nos lleve, anime y sostenga en la prueba del
desierto de cada día, para no ser sacados nunca de la Comunión de Amor con
Dios. Porque, "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse
y crean en la Buena Noticia". Demos gracias a Dios por este tiempo
que es hoy, por esta cercanía, que hace posible que mi conversión sea posible,
por la Buena Noticia de su Amor pedagógico y su Espíritu vivificante en Jesús,
amigo de las fieras y de los ángeles, por su Comunión con el Padre.
P. Sergio Pablo Beliera
miércoles, 22 de febrero de 2012
HOMILÍA MIÉRCOLES DE CENIZA, CICLO B, 22 DE FEBRERO DE 2012
HOMILÍA MIÉRCOLES
DE CENIZA, CICLO B, 22 DE FEBRERO DE 2012
Hoy,
somos invitados por nuestra Madre la Iglesia a comenzar el tiempo de Cuaresma.
Y lo hacemos bajo el signo de las cenizas, una práctica ancestral llena de
contenido aún hoy. Las cenizas, que llevaremos sobre nuestra cabeza, impuestas
con la solemne y trascendental llamada de: “conviértete y cree en el Evangelio”,
quieren penetrar e instalarse en nuestro corazón. Porque es desde nuestro
corazón hasta el Padre, lo que quiere abarcar nuestra penitencia cuaresmal. Nuestro
arrepentimiento quiere penetrar el cielo.
Las
palabras de Jesús, elegidas por nuestra Madre, son aquellas que forman parte
del Sermón del monte a continuación de las Bienaventuranzas. Y por lo tanto,
son un comentario de las mismas o, una aplicación de ese espíritu de
bienaventurados, al estilo de vida que estamos llamados que impregne toda
nuestra existencia.
Jesús
dice: “tengan cuidado”… Esto es una clara llamada de atención a
tratar con delicadeza lo que va a decirnos. El cuidado que debemos tener es
para con las cosas religiosas, para con nuestras prácticas religiosas, nuestra
directa relación con Dios.
¿Y de qué debemos tener cuidado? De “no
practicar”, de no vivir nuestra existencia “delante de los hombres”
y “para
ser vistos”. Se trata en concreto de “no pregonar”, de “no
hacerse ver”, de “no hacerse notar”. Pero no porque
sí, sino porque nuestra recompensa debe estar reservada al Padre.
“Tu
Padre que ve en lo secreto, te recompensará” Si busco pues, recompensa
entre los hombres, renuncio a recibir la recompensa del Padre. Y recompensa, es
aquí sinónimo de compensación, de reconocimiento, de ser tenido en cuenta. La
recompensa humana que los hombres nos repartimos entre nosotros, compensa
limitadamente, nuestra ilimitada carencia y necesidad de ser amados, nuestro
anhelo y deseo de ser amados, nuestra búsqueda e intentos por ser amados;
porque esa compensación humana es solo humana, como yo. Y lo que verdaderamente
está impreso en nosotros es de origen divino. Pero, cuando el Padre compensa,
verdaderamente re-compensa porque el es la fuente y el origen, el inicio y el
descanso del hombre necesitado de un amor que esté arraigado en las entrañas. Él
es Plenitud que me plenifica; Él es Totalidad que me completa; Él es el Gran Otro
que me hace experimentarme verdaderamente yo; Él es el Padre frente al que
puedo ser plenamente hijo y ser libre porque soy amado.
Nuestra
práctica de la limosna: el dar al
pobre desde la generosidad sin cálculo, ya que yo mismo soy ese pobre que busca
ser amado y mendigo amor;
nuestra
práctica de la oración: darme a Dios
desde el silencio y la soledad donde reside mi verdadera persona de hijo amado
del Padre;
y
nuestro ayuno: darnos a nosotros
mismos desde nuestra privación voluntaria nacida del dominio de sí que es
verdadero amor de sí mismo.
Estas
tres prácticas, deben vivirse desde un estilo propio de Jesús, el Hijo Amado
del Padre, que vive de ese amor secreto, y no deben parecerse en nada a las
prácticas del mundo que buscan otro fin y por lo tanto parten de otro
principio.
Nuestra
práctica debe ser:
-
“que tu mano izquierda ignore lo que hace
la derecha”, sin saber, en
la absoluta ignorancia interior y exterior, lejos de todo cálculo o
manipulación…
-
“retírate a tu habitación, cierra la puerta
y ora a tu Padre que está en lo secreto”,
retirándose y cerrando la puerta, en la más absoluta intimidad y
recogimiento interior, solos…
-
“perfuma tu cabeza y lava tu rostro”,
en la contradicción, en el absoluto desinterés de mí mismo, lejos de mi ego…
Así
seremos visibles solo para Dios, y lo haremos todo en la seguridad de ser solo
para Dios y por Dios, sin ninguna búsqueda personal y egoísta, de la que ya
tenemos bastante para llevarla también a la vida de la fe. Libremente amados en
lo secreto, para amar libremente desde lo secreto de nuestro corazón. Estamos
llamados a ser invisibles: a mí mismo, a la mirada de los demás, a la
admiración de los otros.
Jesús
es muy claro, y nuestra Madre no quiere que desperdiciemos la oportunidad de
escucharlo una vez más: “Tu Padre que ve en lo secreto, te
recompensará”. ¿Quiero esconderme
de mí mismo y de los demás para poder estar en la Comunión del Padre, en donde
está mi consuelo y plena satisfacción? Cuando solo tenga la recompensa del
Padre sabré lo que significa ser su hijo. Cuando solo busco, quiero, y acepto
la compensación del Padre, entonces el Hijo Jesús que vive secretamente en mí,
saldrá a la luz y me asombraré de lo que eso significa.
Necesitamos
no estar bajo la mirada de los otros para complacerlos, y sí necesito estar
bajo la mirada del Padre que se complace en mí sin menoscabar mi integridad.
Necesitamos
no estar bajo la valoración de los demás demostrando que soy bueno, y sí
necesito poder estar bajo el aprecio del Padre que me conoce y me puede aceptar
como soy sin consentirme y distraerme.
Necesitamos
no estar bojo la presión de tener que ser alguien para los demás ganándome un lugar
en base a encajar en una buena imagen, y sí necesito sacar de mí la alegría y
la pureza que no tengo por mí mismo y que el Padre solo puede darme a no
dejarme caer en la autocompasión, porque solo Él puede darnos lo que necesita
nuestro ser, nuestro corazón…
“Tu
Padre que ve en lo secreto, te recompensará” Recompensa es pues el
Padre, que piensa con amor en mí, siente amor por mí, me ama a mí.
P. Sergio Pablo Beliera
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