domingo, 9 de marzo de 2014

Homilía Domingo I de Cuaresma, Ciclo A, 9 de marzo de 2014

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.”
La experiencia que Jesús vive al inicio de esta Cuaresma, es una experiencia que proviene del Espíritu que ha descendido sobre Él en el Bautismo, es el Espíritu quien lleva a Jesús al desierto para ser puesto a prueba por el demonio. Esa prueba debe ser sin duda muy importante para que sea el mismo Espíritu el que la provoca y no el demonio mismo.
Esta docilidad de Jesús al Espíritu habla de una extraordinaria comunión de Jesús con el Espíritu, de un trato asiduo, cordial, de una Comunión de vida, que le permite confiar en el movimiento del Espíritu, en hundirse en la experiencia de dejarse llevar por el Espíritu porque se conocen mutuamente.
No es una experiencia que Jesús se auto proponga, el hombre por sí mismo no puede exponerse a ser probado por el demonio. Sin embargo tristemente debemos reconocer que lo hacemos muchas veces. Soy reiteradas las veces en la que “nos metemos en la boca del lobo”, nos exponemos a la tentación pensando que como tenemos las “cosas claras” y “no tenemos mala intención” y que “tampoco todo es tan malo o peligroso” o “no es para tanto” y aún peor consideramos que “es normal”, saltamos al vacío… El hombre, Adán y Eva, se expusieron en soledad a ser probados y aún hoy pagamos las consecuencias.
Jesús es puesto a prueba en el desierto, en ese espacio desprovisto, despojado de toda distracción y a la vez de toda protección, es un espacio de soledad y silencio, donde contamos el uno y el otro con Dios. Estamos en sus manos, o sino damos un paso de más en el desierto y nos perdemos en su inmensidad y en su ser inhóspito. Es el desierto el lugar de la prueba por excelencia, en el no podemos nada por nosotros mismos, dependemos del agua que nos brinda el manantial, el desierto no produce pan, ni carne, ni vegetales, solo hay piedras. El alimento debe ser otro.
A la vez, Jesús es llevado al desierto se por cuarenta días, como cuarenta años estuvo el pueblo en el desierto hasta alcanzar la docilidad y la purificación de sus intenciones para ser fiel al Dios de la Alianza. No se va al desierto a pasear, no hay mucho que ver para fuera, hay pues mucho que ver para dentro. Es un tiempo prolongado, suficiente y sustancial para que Jesús llegue a experimentar su condición humana y a la vez la llamada a la fidelidad desde esa condición al Dios de la Alianza. Como Moisés y Elías, Jesús da su examen en el desierto de que es frágil y a la vez llamado a ser fiel amigo de Dios, e instrumento de su amor preferencial por su pueblo poniéndolos al frente de este pueblo.
A la vez, este desierto es el desierto del mundo. ¿Qué quiere decir esto? No es el mundo creado del cual es evidente su belleza y bondad. No es la historia de cada generación humana que vive sus vicisitudes. No es la sociedad humana de cada época en sí misma. Sino que es el desierto del mundo de las elecciones de cada hombre y de la humanidad en su conjunto donde Dios es excluido, por lo tanto un mundo de segundo, minutos, horas, días, meses y años sin Dios porque es expulsado de los corazones, de las decisiones y elecciones. El desierto del mundo es el orgullo, la soberbia de “llevarse puesto todo y a todos”, la vanidad de vivir frente al espejo y en el espejo de sí mismo, es el egoísmo galopante que rivaliza, compite y excluye al otro.
Jesús al final sintió hambre, y así se pone frente a la experiencia del primer hombre… “Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer; hizo brotar el árbol de la vida en medio del jardín y el árbol del conocimiento del bien y del mal.”
El hambre, es ese límite que a Jesús lo hace experimentar que es totalmente humano y que lo pone en condición de elegir a Dios como totalmente Dios o a sí mismo y aferrarse a formas falsas de saciedad. En Jesús el hambre no “tiene cara de hereje”, sino de hombre fiel. Jesús no se vende por un poco de pan. Obedece donde el hombre desobedece.
“Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.
Jesús le respondió: “Está escrito: ‘El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”.
Tres aspectos forman parte de esta prueba:
- la condición de Hijo de Dios, -“Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puesta toda mi predilección” eco de “ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” Ex 6,7 y reiterada por los profetas-, que supuestamente le podría dar derechos a Jesús para no ser totalmente hombre como todos los hombres. Jesús asume que el Padre quiere salvar al hombre haciéndose hombre y, que renunciar a la Encarnación y esa Elección de ser propiedad de Dios, sería renunciar al camino seguro y cierto por el cual el hombre puede volver a Dios con la confianza de que ser hombre no es una amenaza y todo uso de la divinización es inútil para que el hombre vuelva al camino de la escucha y de la docilidad y disponibilidad
- la invitación al milagro, al uso del poder para sí mismo. Jesús se ha experimentado ya siervo de Dios y ha confirmado el consuelo de Dios sin necesitar de actos extraordinarios. Para Jesús el signo y la seguridad es depender de Dios, sostenerse en Dios, apoyarse enteramente en Él sin usar ningún medio para convencer por la vía de la espectacularidad y salvarse a sí mismo. Asume el camino de la humildad, de la pura fe en que Dios lo provee sin necesidad de intervenciones suyas extraordinarias, sin pases mágicos y caminos cortoplacistas. Como dirá luego san Pablo: “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado… Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” 1 Cor 1, 22-25. Y tantas veces se repetirá a lo largo del Evangelio.
- la respuesta de Jesús de aceptación de condición humana, de su renuncia a usar su condición divina y su elección divina, para sí mismo y, su aferrarse a la palabra de Dios como alimento que se recibe de la misma “boca de Dios”, de la escucha y obediencia permanente a tener un Dios en quien se confía y en quien se deposita la conducción y la interpretación de la propia existencia. No es la palabra fría de un dios, sino la palabra viva que sale de la misma “boca de Dios”, no es dada y anunciada en forma personal por Dios a todo el pueblo y por eso a cada uno, con la calidez de su presencia, de su ternura en enseñarnos y corregirnos a través de sus palabras, que implican para el hombre como para Jesús una misma actitud de poner nuestra persona en disponibilidad y docilidad, de calidez y ternura en dejarnos educar por Él sin temor, sin miedo. Es una palabra accesible, asible una y otra vez por el hombre.
Es importante concluir que las tentaciones o pruebas del demonio provienen del uso tergiversado de la palabra de Dios, de un abuso de autointerpretación libre y autosegestiva para reafirmar pensamientos y decisiones ya tomadas sin haberse confrontado verdaderamente con es palabra de Dios. Así sobreviene a nosotros aún hoy muchas de nuestras tentaciones y caídas.

“Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra’”.
Jesús le respondió: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor, tu Dios’”.
Jesús vuelve a escuchar la apelación a su condición de su ser Hijo de Dios. Una apelación reiterada para generar la desconfianza, la sensación de abandono, de ausencia de ese Padre que lo hace Hijo.
La prueba que el demonio propone es ponerse en situación de riesgo y obligar a Dios a responder. Es por lo tanto ponerse en actitud de provocación. Es ponerse en una actitud de poner nosotros a prueba a Dios. De moldear la relación según nuestra necesidades.
En esta prueba se pone además sutilmente una desconfianza en la condición humana de creatura, por la cual nuestras dificultades a causa de nuestra fragilidad y dependencia, pondría en peligro nuestra existencia. No es nuestra condición humana la que nos hace mortales, sino nuestra condición pecadora. El peligro para el hombre no está en ser hombre, sino en querer ser dios, poniendo nosotros la condición de la relación.
Jesús reitera frente a la prueba, que acepta el plan de Dios y que no está dispuesto a desconfiar de su Amor y su Ternura, aún frente a las puertas de la muerte y del sufrimiento más extremo.
No poner a prueba a Dios es esencial a nuestra relación de verdaderos hijos.

“El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.
Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: ‘Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto’”.
La tercer y última prueba, desnuda la verdadera intención del demonio. Usa su último recurso, ofrecer el poder y la gloria humana. Las seguridades de este mundo, el mas inseguro de todos los mundos, el mundo que se construye de espaldas a Dios no es el mundo que debemos aceptar, abraza y comprar. Pero esa no es la verdadera intención del demonio, la verdadera intención se encuentra en ser adorado, el demonio desea ocupar el lugar de Dios, es celoso de la condición única de Dios, es vanidoso y quiere ser adulado por los hombres, porque no quiere recibir ya el Amor de Dios, prefiere la adoración comprada a fuerza de dar de lo que no es suyo y además de lo peor y más corrosivo. Ofrece esclavitud. El demonio por esencia no quiere compartir nada con nosotros. Es un solitario extremo sumergido en su propio orgullo.
Jesús, responde con su aceptación y proclamación solemne de que nos acepta regalos que compren su conciencia. Con la proclamación solemne de que sólo Dios merece ser adorado, porque Él no es vanidoso, sino un Padre que ama a su creaturas, que vela por ellas y que no usa nuestro reconocimiento en contra de nosotros, sino al contrario en nuestro bien.
Cuando adoramos a Dios somos enaltecidos en esa actitud, porque es Dios mismo quien desciende a tomarnos de la mano y alzarnos para abrazarnos, darnos un beso y sentarnos a su mesa.
No podemos dejar de advertirnos que toda adoración y culto al hombre, aunque sea en ser más amado y bondadoso, se convierte en una idolatría que nos expone a todo tipo de males, muy claramente visibles, en una sociedad como la nuestra que todo lo expone, no necesita demasiadas aclaraciones.

“Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.”
Al demonio no le queda más que apartase, dejar a Jesús porque no lo puede poseer, esclavizar, engañar. Y para el hombre renace a esperanza que un hombre le ha dicho que no al tentador y que este después de insistir con sus artilugios de encantador, huye, no ha podido y el hombre en Jesús comienza rehacer el camino truncado al principio.
Después de la prueba viene el consuelo de los ángeles y como dice el salmita: “Me invocará, y yo le responderé. Estaré con él, en el peligro, lo defenderé y lo glorificaré; le haré gozar de una larga vida.” (Sal 90, 15-16)
Después de la prueba viene el consuelo de los ángeles, porque aquel que sólo adora a Dios, que lo acepta como guía de sus camino y que se alimenta de las palabras de su propia boca, no puede mas que ser servido y amado.
“…si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia… por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos.”
Dios no pide pruebas de amor a los hombres, sino que prueba nuestro amor para purificarlo, para consolidarlo, para difundirlo. “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz y no de guardar sus mandamientos.” Dt 8,2
Dios quiere conocer el fondo de nuestro corazón para hacérnoslo conocer a nosotros mismos. Y para ese conocimiento nos aflige pidiéndonos la llama de nuestro amor frente a todas la vicisitudes y frente a los necesitados de nuestro amor invisibles a nuestra mirada afectiva. Y probándonos con el fuego de su amor que nos alza hasta el amor supremo de sacrificio total de nuestras vidas por un amor más fuerte que la muerte. 
Así, todo nuestro amor queda garantizado por el doble beneficio de ser amados por Dios y de ser probados por el mismo Amor en nuestro amor.
Por eso, frente a la tentación de no querer dejarnos probar por Dios, ante la duda de que Dios nos pruebe en el amor, ante nuestras resistencias e incomodidades frente a la necesidad de ser probados es bueno recordar este doble beneficio de ser amados y a la vez probados por el Amor en persona para que nuestro amor crezca, brille en nosotros y de el fruto del amor fraterno.
Paradójicamente este rechazo a la prueba de Dios, es acompañado por una aceptación incondicional a las pruebas que el mundo nos impone, pruebas que no son para nuestro bien sino exigencias para un más alto rendimiento y beneficio de quienes nos lo exigen.
Prefiero mil veces que sea Dios quien me pruebe y no el mundo impiadoso.
Por eso: “Sondéame, Dios mío, y penetra mi interior;
examíname y conoce los que pienso;
observa si estoy en un camino falso
y llévame por el camino eterno.” Sal 139,22-23
Debemos rezar hondamente y con persistencia para que nuestra bandera de rendición ante el tentador no caigan tan fácilmente y no cedamos a este indigno enemigo un culto y una adoración por el poder de permanecer aferrados a nuestra voluntad.
El Espíritu nos lleva al desierto del mundo para que demos pruebas del amor probado de Dios que el mismo nos ha regalado y que juntos hemos trabajado. Así el mandamiento principal, “Amarás al Señor tu Dios, con todo ti corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”, brillara en nuestros rostros y en nuestros gestos, irradiando la victoria de Dios en nuestros corazones, en nuestras conciencias, en nuestras elecciones y en nuestras obras.
A fin de cuenta, la gran prueba es si somos capaces de amar a Dios sobre todas las cosas, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestra fuerzas, como Jesús amó al Padre y como Hombre Nuevo nos reconcilió con Él para siempre.
Tanto marcara esta experiencia a Jesús en el desierto que cada día volverá a el para hacer lugar al diálogo íntimo y fecundo con el Padre, hasta llegar a enseñarnos a orar diciendo Padre e intercediendo para que el Espíritu clame desde nuestros corazones Abba -Padre- y oremos como conviene en espíritu y verdad.
 “Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga. Abre mis labios, Señor, y mi boca proclamará tu alabanza.”
Padre, concédenos que por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él.

P. Sergio-Pablo Beliera

viernes, 7 de marzo de 2014

Homilía Miércoles de Ceniza, Tiempo de Cuaresma, Ciclo A ,3 de marzo de 2014

"no pongan cara triste… perfuma tu cabeza y lava tu rostro".
Quisiera proponerles estas palabras como las rectoras de esta meditación al inicio de la Cuaresma: "no pongan cara triste… perfuma tu cabeza y lava tu rostro".
Frente a estas palabras de Jesús, dichas en el contexto de los consejos de la oración, la limosna y el ayuno, encontramos estas palabras que invitan a un ‘no a la tristeza’, o sea un ‘si a la alegría’, frente a nuestras privaciones. Por lo cual estamos invitados a vivir a toda privación con esta actitud: "no pongan cara triste… perfuma tu cabeza y lava tu rostro". Hacia esta forma de vivir las privaciones de la vida, voluntarias e involuntarias, debemos convertirnos en esta Cuaresma.
La Cuaresma es un permanecer arraigado a la alegría de ser de Dios y estar con Dios. Convertirse es pues, un permanecer arraigado a la alegría de ser de Dios y estar con Dios, como estado de vida frente a todas las circunstancias.
Es la alegría que perdió Adán y Eva en el Paraíso, y que recuperó Jesús en el Jardín del sepulcro de la Resurrección.
Una Cuaresma de conversión, iniciada sin la alegría profunda de caminar hacia la Resurrección de Jesús en la Pascua y la Resurrección de nosotros en su segunda Venida, no puede dar el fruto de una Comunión con la alegría de Dios.
La alegría de Dios es la conversión, el arrepentimiento del hijo que partió y arruino su vida y, que es recuperado vivo y cercano. Es la alegría de la oveja perdida y encontrada, del pecador que se arrepiente.
El gesto más profundo de la alegría de Dios y del hombre es el abrazo, donde dos existencias se estrechan al máximo para hacer carne esa dicha de la proximidad.
No es una alegría verdadera, aquella que hoy está y nos abandona mañana, despojándonos de la esperanza de permanecer dichoso frente a cualquier adversidad. Eso se llama cualquier cosa, pero no alegría.
La alegría verdadera dura aunque tiemble la tierra y el cielo se oscurezca. Es compañera indeclinable y amiga incondicional de los buenos y malos momentos. No se deja asaltar a mano de pistola por cualquiera que quiera violentarnos en la esperanza.
Cuando la alegría es verdadera es soberana de nuestra mente y de nuestra voluntad, y a la vez servidora de nuestra humilde condición embelleciéndonos.
Por ella voy hacia adelante y con ella acompaño mis atrasos.
Dejar la tristeza es alejarse de la muerte y del pecado. Pero no de cualquier muerte y pecado sino la del pecado de desesperar de mi humanidad frágil y dubitativa. No nos mata nuestra fragilidad sino atentar con la tristeza frente a nuestra fragilidad. O ponernos la coraza de superhéroes que no somos. 
No son nuestras dudas la que nos hacen caer en el pecado, sino nuestra obstinación en dudar sí o si de todo.
“Perfuma tu cabeza”, sobre la que fuiste ungido en el Bautismo y la Confirmación, por la que eres pertenencia de Dios, hijo suyo, propiedad de su amor, fuente de verdadera alegría.
“Perfuma tu cabeza” con la alegría de darte por entero a los demás, a los pobres, más pobres que tu, a los débiles más débiles que tu, a los desamparados más desamparados que tu, a los desvalidos más desvalidos que tu, a los hambrientos más hambrientos que tu, a los adictos más adictos que tu, a los incorregibles más incorregibles que tu... Porque tu alegría está en encontrar a Jesús donde Él ha elegido estar y es allí, en el patio del fondo de la existencia, del brillo y del éxito.
“Lava tu cara” de la amargura de ser pecador con el agua de la alegría de tener un Padre misericordioso que se hace misericordia en la alegría de Jesús de encontrarte. 
“Lava tu cara” con la Luz de Jesús en sus palabras de vida que vienen a auxiliarte frente a todas las palabras de muerte que violentan tu dignidad de hijo de Dios, hermano de los hombres, amigo de los pobres y pecadores como tu, y escucha esa palabra de luz: “no vine a buscar a los sanos sino a los enfermos, no vine a buscar a los justos sino a los pecadores y aprendan lo que es la misericordia.”
“Lava tu cara” con la caridad que limpia todos los pecados, sobre todo el de centrarse sobre sí mismo y caer en tristezas y angustias que no vienen por amor a Jesús y su Evangelio. El agua pura de la caridad con los pecadores y pobres que más te cuestan te devolverán la alegría como al joven y extraviado Francisco.
“Lava tu cara” y deja de lamentarte de ti mismo, de tu pasado, tu presente y tu futuro, que no están en tus manos sino en las de Dios, que no se lamenta de ti ni de tu vida pasada, presente y futura, sino que te lava con sus lágrimas porque te obstinas en el mal camino, en la tristeza por ti mismo y de olvidas de Él y de tus hermanos.
Lava y lava a fondo, pero con el agua que brota del costado abierto de Jesús crucificado. Con el agua que brota del manantial del don de Dios que es agua viva, que irriga tus partes secas, la sequedad de tu amargura, de tu queja y de tus sueños incumplidos construidos con insomnios y no con la luz de la mañana en la que brota el agua fresca de una conversión sincera a la voluntad de amor de Dios por ti, por lo cual no tienes motivo verdadero de tristeza.
No estés triste, perfúmate y lávate con la alegría verdadera que te hace permanecer en Dios, con Dios, para Dios, dándote a su voluntad de Padre para con su hijo.
Bienvenida alegría verdadera de la conversión de la tristeza a la alegría que proviene de Dios y vuelve a Dios.
Bienvenida alegría verdadera en la que quieres encontrarnos.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 2 de marzo de 2014

Homilía 8º Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A, 2 de marzo de 2014

“¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?”, dice el Señor por boca del profeta Isaías.
Entonces, ¿Dios se ocupa de nosotros?, o, ¿Le importamos cotidianamente a Dios?
Resolver esta cuestión en el fondo de la propia existencia propia y ajena es esencial y su fruto la paz. Y sobradas experiencias nos dicen que sí se ocupa y con esmero y el poder experimentarlo es fruto del arrojo completo a los brazos de la fe, de la confianza en Dios, Padre y Creador. Y a pesar que experimentemos con la vista natural, que la vida depende de nosotros, bien nos viene asumir la pregunta de Jesús hoy: “¿No valen ustedes acaso más que (los pájaros)? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?”.
El Señor se levanta cada mañana y despierta con nosotros para vivir juntos un día que es toda la vida, y en ese día se da por entero al “hijo de sus entrañas”. Somos sus privilegiadas criaturas que pueden vivir esa experiencia de estar en Comunión y desde esa Comunión mirar la existencia completa en este día que vivimos.
Suceden y suceden acontecimientos, y el Señor está con nosotros en ellos, porque no se olvida, el tiene memoria de nosotros sus criaturas en las manos con las que nos ha formado, en el seno en el que nos ha engendrado, en el pensamiento que nos ha concebido, en su voluntad que nos ha dicho “quiero que existas”.
Suceden las horas y corre en tiempo y el Señor permanece junto a nosotros involucrado en cada instante, porque Él se compadece de nosotros porque es nuestra Madre, y nosotros somos el “hijo de sus entrañas”, y eso significa que se hace cargo de nosotros, que nada de nosotros le es extraño, ajeno, todo lo hace propio.
Esta experiencia nos ahora la triste y desveladora experiencia de la desconfianza, del abandono, de una soledad deshabitada, de un silencio sin música ni voces; de la aterradora experiencia de orfandad y desvalimiento.
Somos hijos consolados por nuestra condición de criaturas deseadas y de hijos amados, de los cuales Dios se ocupa hasta en los mínimos detalles, como lo hace cualquier madre o padre de este mundo.
“No se inquieten por su vida”
Porque son mis criaturas…
“No se inquieten por su vida”
Porque son mis hijos…
“No se inquieten por su vida”
Porque la confianza lo permite todo…
“No se inquieten por su vida”
Porque la fe en Mí les provee de todo…
“No se inquieten por su vida”
Porque el corazón de sus existencias está hecho para Mí Reino y su justicia…
“No se inquieten por su vida”
Porque soy Yo quien les he dado ya la prolongación de sus vidas en la Vida Eterna...

“No se inquieten por su vida… No se inquieten por el día de mañana”
La inquietud por el mañana, por la prolongación del tiempo, tan actual, no proviene de Dios ni lleva a Dios. El que se inquieta por el mañana, por añadir inútilmente horas a sus días y días a su vida, renuncia a Dios y se hace autónomo de Él, queriendo, luchando y trabajando por sí mismo y para sí mismo.
El signo de esa inquietud se ve reflejado en el trabajo. El trabajo es bueno, pero la inquietud por el trabajo y su fruto, no. Aunque siempre debemos recordar que el Padre nos propone el trabajo, pero no para nosotros mismos, aislados del bien común. La apropiación del trabajo y de sus frutos trae la calamidad a la propia vida y a la vida común. Es generadora de competencias despiadadas, de rivalidades y celos, de envidias y avaricias.
Y si no hay que inquietarse no es por cualquier cosa, sino por la propia vida, la comida y el vestido.
Estos ejemplos concretos ponen de manifiesto que esas necesidades básicas, ni aún en su condición de básicas tienen derecho a preocuparnos. Cuando Adán y Eva comenzaron a preocuparse por ello, era porque habían cedido a la tentación de tomar para sí y, el trabajo se convirtió en penoso y fuente de sufrimiento, porque con ello se aislaron del plan de Amor de Dios, que no puede crearnos y desentenderse  de nosotros.
“No se inquieten por su vida… No se inquieten por el día de mañana”
Porque sos creatura salida de las manos del Padre... Y nuestro corazón se afianza en la confianza que: “El Señor fue mi apoyo; me sacó a un lugar espacioso, me libró, porque me ama.” Sal 17, 19-20. Y, “Confíen en Dios constantemente, ustedes, que son su pueblo, desahoguen en él su corazón, porque Dios es nuestro refugio.” Sal 61, 9. Entonces, “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”
No hemos venido a la existencia por pan y vestido, no hemos venido a la existencia para preocuparnos por nosotros mismos, no hemos venido a la existencia ni permaneceremos en ella fruto de la preocupación, de la eficiencia, o del dinero.
Hemos venido a la existencia para ser parte activa del Reino de Amor y Justicia del Padre, dejándonos amar con delicadeza, amándolo a Él con gratitud de hijos sorprendidos por tanto amor y, amando a nuestros hermanos que coexisten con nosotros en el día a día, sobre todo el desvalido, desprotegido, olvidado, el despreciado, porque es con nuestra atención, nuestro tiempo, nuestras manos, con nuestra mirada, con nuestra ternura hecha gestos de afecto, con nuestro pan compartido porque Dios lo provee en la medida en que lo damos, –nunca vi a una madre poner en las manos llenas de su hijo algo más de lo que ya tenía-, a manos vacías de dar, manos llenas para dar.
Eso debemos buscar en todo lo que nos involucremos, otra preocupación sería estar fuera de foco de la razón y sustento de la existencia.
Porque, “Los hombres deben considerarnos simplemente como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se pide a un administrador es que sea fiel.”


P. Sergio-Pablo Beliera