miércoles, 7 de mayo de 2014
domingo, 4 de mayo de 2014
Homilía 3º Domingo de Pascua, Ciclo A, 4 de mayo de 2014
“Tú me has hecho conocer los caminos
de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia.”
A veces puede ser que
esperemos cambios significativos en nosotros o en otros. Esos cambios
significativos se dan, pero deben ser esperados y encarados en la esperanza que
lo que el Padre hizo en el Hijo, también lo realice en nosotros. Así lo expresa
la oración colecta que acabamos de elevar a Dios: “Dios nuestro, que tu pueblo se alegre siempre por la nueva vida recibida,
para que, con el gozo de los hijos, aguarde con firme esperanza el día de la
resurrección final.”
Muchas veces esos cambios no
llegan, no se dan, por el simple hecho que no los esperamos con esperanza sino
con escepticismo, miedo y desanimo, sin alegría sincera, sin aire y espacio.
Son cambios esperados pero condenados al fracaso. No podemos permitirnos este
estado, esta actitud interior.
Jesús, es un gran provocador
de esos cambios significativos. Basta escucha la predicación de Pedro en los
Hechos de los Apóstoles, y el cambio de actitud en los discípulos camino de
Emaús.
Todo cambio significativo, comienza
en un sencillo ponerse en camino, de Jesús, con nosotros: “…el mismo Jesús se acercó y
siguió caminando con ellos”. No es tanto y sin embargo es sustancial.
Sólo a partir de esta actitud de Jesús es posible comenzar a andar el sentido
hacia un cambio significativo.
Jesús en persona primero se
acerca y luego sigue caminando con nosotros. Siempre sin la experiencia de
reconocerlo desde el principio, eso vendrá más adelante.
Jesús se acerca… Este
acercamiento es esencial en la actitud de Jesús desde que se hizo uno de
nosotros. El acercamiento, no es una mera proximidad, sino que es un hacerse
uno de nosotros en eso que somos y vivimos. Nunca seremos lo suficientemente
consientes de lo que significa y de la dimensión de la cercanía de Jesús. Este
acercarse es distintivo de Jesús y no puede faltar a su presencia. En semejante
actitud de cercanía Jesús se hace profundamente íntimo a nuestras existencias y
sus avatares. No es una cercanía aséptica, sino que se contamina de todo lo que
somos y hacemos sin quedar Él contaminado de lo que para nosotros es
insuperable.
El que se Encarnó, “se
acercó”.
El que existió y vivió entre
nosotros, “se acercó”.
El que tocó con sus manos, con
su mirada, nuestras enfermedades y pecados, “se acercó”.
El que padeció y murió por
nosotros, “se acercó”.
El que resucitó del sepulcro, “se
acercó”.
Jesús sigue caminando con
nosotros…
Nuestro camino es el que
emprende Jesús, nos toma en el camino que hemos emprendido, aunque este sea “con
el semblante triste” de la decepción, de la frustración aparente, de
las expectativas rotas. Allí donde caminamos con nuestra existencia a cuestas
allí camina Jesús con nosotros. Allí donde caminamos mascullando nuestras
preguntas y nuestras dudas, camina Jesús con nosotros. Se pone en nuestro
camino, no intenta sacarnos del camino, sino del peso que llevamos en nuestras
vidas por el camino. Siempre con nosotros en el camino, nunca sin nosotros en
el camino, Jesús no piensa, no quiere y se entrega por entero a acompañarnos en
el camino, nunca nos dejará sólo en este caminar que a veces se nos vuelve
oscuro o difuso, pesado o triste.
Camina con nosotros el que es
El Camino.
Camina con nosotros en
nuestras vidas el que es La Vida.
Camina con nosotros en medio
de nuestras perplejidades el que es La Verdad.
Camina con nosotros así como
estamos, porque Jesús Resucitado sabe donde llevarnos y como llevarnos.
Camina con nosotros
hasta que anochezca y acepta humilde y sencillamente pero con deseo ardiente
nuestro: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”.
Y el que se acercó y
se puso en el camino con nosotros, casi al final del camino, “entró
y se quedó” con nosotros en la Eucaristía, Pan de Amor horneado en el
fuego ardiente del Corazón de Jesús.
“Tú me has hecho conocer los
caminos de la vida y me llenarás de gozo en tu presencia.”
P.
Sergio-Pablo Beliera
domingo, 27 de abril de 2014
Homilía 2° Domingo de Pascua, Ciclo A, 27 de abril de 2014
La
primera experiencia de la Misericordia de Dios que nos resucita en nuestras
vidas, la tenemos en el conocimiento de nuestro pecado perdonado por el Padre
Misericordioso a través del sacrificio de su amado Hijo Jesús en la Cruz. Al
recibir la Misericordia del Padre en el perdón de mis pecados paso al estado de
la gracia, de la amistad con Dios, a la Comunión de Amor con Él, y esa es la
primera experiencia de resurrección que palpamos en nuestro propio cuerpo.
Nuestros
miedos, fundados en que hemos abandonado al Señor en la hora de la prueba, sí
porque nos hemos a nosotros mismos y hemos elegido salvarnos a nosotros mismos.
Y sin Dios, el miedo cunde entre hermanos porque la mano de la violencia de
hermano contra hermano se vuelve tan cercana. Y seguidamente el miedo a correr
la misma suerte de Cruz que nuestro Señor Jesús, que acecha nuestro
seguimiento. Estas tres dimensiones del pecado manifestado en miedo, son de las
que nos saca hoy el Señor Jesús Resucitado al absolvernos de nuestro pecado, de
nuestro miedo con su presencia –“Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio
de ellos”-, sus palabras -“¡La paz esté con ustedes!”- y sus
gestos –“ les mostró sus manos y su costado”.
Sin
la experiencia de esta presencia, de estas palabras, y de este gesto, no
podemos alegrarnos, porque no conocemos la Misericordia de Aquel que no pudimos
ver colgado de la Cruz y que ahora misericordiosamente se acerca a nosotros
para darnos su presencia misericordiosa que es ahora nuestra alegría: “Los
discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.”
La
segunda experiencia de la Misericordia que nos hace vivir la Resurrección es a
través del amor fraterno. Hemos escuchado: “Todos se reunían asiduamente para escuchar
la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del
pan y en las oraciones…Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo
en común… Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan
en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón; ellos
alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor
acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse.”
Es
la Misericordia entre hermanos que nos mueve a la alegría de tenernos unos a
otros porque somos de Jesús, al perdón mutuo vivido en la comunión fraterna de
vida, de espíritu y de todos los bienes. Por la mutua misericordia a través de
la experiencia de la comunidad es como se resucitan nuestros lazos de
hermandad, dejando atrás la rivalidad, la competencia, la agresión, el rechazo,
el olvido, el desprecio, la desvalorización, la mutua desconfianza, el
individualismo, los celos…
Es en el perdón donde esa fraternidad expresión de la
Misericordia que nos resucita, queda mejor expresada: “…sopló sobre ellos y añadió:
“Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se
los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.” Un
perdón dado siempre al estilo de Jesús: “Yo tampoco te
condeno. Vete, no peques más en adelante” porque yo doy mi vida por ti. Es el perdón mutuo el gran
tesoro de la Iglesia, tesoro de amor, envío de Misericordia de unos para con
los otros, siempre y en toda circunstancia.
¡Cuánto
necesita el mundo volver a vernos así!
La
tercera experiencia de la Misericordia de Dios que nos resucita, viene del
testimonio de la fe. Donde pasamos a ser el Cuerpo visible de Jesús en el que
Él se trasparenta a los hombres para que estos crean a través de nuestra
palabra, y de nuestra vida. Es en el envío a los otros donde vivimos la
Resurrección y en la Resurrección.
Así
es como estamos en la obra del Padre que Él quiere que estemos: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”. De esto somos testigos.
“Como
el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”, ese envío del Padre está en la experiencia fundante de
la existencia de Jesús como Salvador de los hombres: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que
entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que
tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él.”
El envío de
Jesús Resucitado es a llevar ese amor misericordioso del Padre, en la ofrenda
de nosotros mismos, para que los que crean tengan Vida eterna y se salven por
Él. Por eso creemos, no para nosotros mismos sino por la vida y salvación de
nuestros hermanos.
Y
así todos puedan ser dichosos porque viéndonos pueden decir: Creo aunque no veo
a su Señor, los veo amar y creer a su Señor, entonces: Creo. “Porque
ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se
alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término
de esa fe, que es la salvación.” Esa es nuestra fe, esa es la fe de la
Iglesia que nos gloriamos en profesar por Jesucristo nuestro Señor.
En
su Misericordia que Resucita, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se
manifiestan en su totalidad, con la claridad más deslumbrante de su Rostro y su
Nombre más alto y más profundo.
En
la Misericordia de Dios que nos resucita, nosotros nos manifestamos a la
comunidad y a la humanidad, con nuestro verdadero rostro, a imagen del Cuerpo
de Jesús Resucitado, con las marcas de sus manos, de sus pies y de su costado,
del que ya no brotan sangre ni agua, sino que irradia Misericordia y Luz, Fe y
Vida.
P. Sergio-Pablo Beliera
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