domingo, 3 de mayo de 2015

Homilía 5° Domingo de Pascua, Ciclo B, 3 de mayo de 2015

La Pascua de Jesús se ha hecho nuestra Pascua. Eso es verdaderamente motivo de gozo y paz para todos nosotros. Cada vez que llegamos a este punto, tenemos que volver con corazón agradecido y capacidad de asombro sobre lo que ha significado y significa nuestro Bautismo.
¿Cuántas veces y de que forma volvemos sobre nuestro Bautismo como la gran obra de Dios en nosotros y por lo tanto como la gran fuente transformadora de nuestra persona de cara a Dios y de cara a nuestros hermanos?
Olvidar lo que este Bautismo significa e implica en nosotros es fuente de gran confusión y empobrecimiento en nuestras vidas. Y si lo es de las nuestras, lo es también de la de nuestros hermanos. La inteligencia puede ser distorsionada aún cegada en su propia búsqueda. La voluntad puede ralentizarse significativamente por una malformación de la libertad. El corazón puede perder su vitalidad por obstrucciones y esfuerzos innecesarios o forzados. Pero, el alma, silenciosa y firme reconoce sólo a su Padre y, de Él puede sólo recibir estímulos para ayudarnos a pensar, querer y hacer según la savia primigenia de Jesús la Vid verdadera.
Es por eso que nunca debemos desesperar como dice san Juan hoy: “En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.”
Puesto este cimiento, los invito recordar que así como todo nuestro cuerpo vive de un movimiento doble, tanto el lo funcional, intelectual y afectivo, así también nuestro ser cristiano tiene un continuo doble movimiento:
            Un movimiento de interiorización por el cual Dios penetra en nuestro ser. Así es como venimos interiorizando la Pascua de Jesús y haciéndola nuestra. Venimos inspirando la Pascua y que invada todo nuestro ser. Dice Jesús: “Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié… Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” Si Dios se hace íntimo en el discípulo, el discípulo debe hacerse íntimo de Dios. O sea, un doble movimiento al interior del doble movimiento. Nunca dejaremos de asombrarnos y de enriquecernos de la exquisita relación de cohabitación y compenetración mutua entre el Padre y el Hijo, y por lo tanto entre la que Dios mismo nos ofrece tener con Él, pero no en un uno a uno solamente, sino en uno que contagia y es contagiado del movimiento de Dios hacia el otro y del otro hacia Dios.
                        Por otro lado entonces, hay un movimiento de exteriorización por el cual el Dios que nos penetra sale de nosotros hacia fuera de nuestro ser. Así vamos exteriorizando la Pascua de Jesús y haciéndola nuestra por palabras y gestos. Así es como exhalamos el hálito Pascual desde lo más profundo de nuestro ser. Dice Jesús al respecto: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.” Dar fruto es la gran exteriorización de nuestra unión profunda y sincera con el Señor. Si el Señor se ha vuelto verdaderamente mi sangre, mi aire y mis neuronas, entonces Él se manifestará a través de nuestra persona entera. Los sarmientos salen obviamente hacia fuera de la vid, y flores y frutos obviamente también. Extrañamente a veces nos quedamos sólo con los frutos hacia adentro como si eso fuera posible. Los frutos ya están en la savia y la savia sólo quiere transformarse en fruto.
Unión y exposición, son primordiales para un seguimiento verdadero de Jesús la Vid verdadera, cuyo Padre el viñador, a quienes nos hemos injertados en Jesús, nos poda para que demos fruto abundante. Quien tiene una unión de ser y vida con el Señor Jesús no puede dejar de darlo a los demás con fruición, espontaneidad y abundante generosidad. La poda no son los males que nos sobrevienen habitualmente, sino los desprendimientos necesarios para dar nueva y más vida, es la migración de la fe compartida en comunidad a otras germinaciones de fe compartida en comunidad. La misión es intrínseca a la permanencia y pertenencia en y a Jesús, Vid y Vida verdadera.
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”: dice Jesús. Por lo cual no hay discípulo sin que de fruto abundante. No pueden llamarse sinceramente cristianos, aquellos que no vive de Cristo y no viven para sus hermanos. Debemos cada día recuperar para la pureza de nuestra fe y la paz del mundo, nuestra irrenunciable condición de hermanos entre nosotros los humanos de cada familia, comunidad y sociedad.
Ese fruto abundante que podemos dar y consiste en la gloria del Padre de Jesús, está más allá de donde estamos cómodamente instalados. Ese fruto abundante es lo que nos desafía, lo que tal vez no estamos dispuestos a hacer, pero que es necesario e imprescindible hacer por los demás.
Jesús es muy consiente que si no hay una gloria del Padre que nos conmueva, no hay gloria de hermanos que nos ocupe de día y de noche como un gozo pascual plenificante y plenificador. “La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.”
Supliquemos pues vivamente: Padre y Viñador, realiza plenamente en nosotros el misterio pascual para que, renacidos por el santo bautismo, con tu ayuda demos fruto abundante y alcancemos la alegría de la vida eterna.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 26 de abril de 2015

Homilía 4° Domingo de Pascua, Ciclo B, 26 de abril de 2015

“Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre”, dice el Señor Jesús, quien hoy se aplica a sí mismo la imagen del buen Pastor.
Quisiera invitarlos a adentrarnos por estas palabras al misterio de Jesús Buen Pastor, y de lo que eso implica para nosotros, como ovejas de su rebaño, pero, también como imitadores suyos como pastores de nuestras familias, amistades, trabajos, sociedad y comunidad cristiana (siempre considerando todo como uno vivido en la misma y por la misma persona).
Podríamos comenzar dejar sentado que, si no hubiera una Vida dada y efectiva en que es recibido lo que da y, que recobra la Vida por una interacción amorosa de Aquel que se la da y del que la recibe; todos nuestras vidas dadas -aún por los motivos más heroicos y nobles-, no tendrían ningún sentido porque, no podrían contribuir a una transformación, a un cambio significativo por el que valga la pena dar la vida, ya que nuestra irradiación es limitada en el tiempo y en el espacio, y no somos dueños de posteridad histórica.
Todos nuestros deseos, decisiones y esfuerzos por dar la vida, se sostienen en la Vida dada y vuelta a tomar de una manera definitiva y nueva (para siempre), de Jesús el Hijo Amado y por eso buen Pastor de su pueblo.
Pero existe una particularidad en este Jesús que se asume como Buen Pastor. Y es que hay una repulsión entre el ser Pastor y el ser Poderoso. Ya que, no hay nada más disímil a la conducción, al guiar, a la preocupación activa por el otro o los otros, que el desear, buscar y obtener poder. El que nos conduce, guía y se preocupa por nosotros, sólo tiene su Vida como poder para dar y poder para recibir, nada más.
Ninguna figura significativa: madre, padre, hermano, amigo; se condice con la forma de poder.
Una madre poderosa no es una madre ¡Quién se animaría a tomar su pecho! ¡Quién se recostaría en su regazo! ¡Quién la llamaría en el peligro! No es el poder lo que nos protege sino la presencia de su persona que nos da vida y calor.
Un padre poderoso no es un padre, es un poderoso sobre el que me apoyo para conseguir pretensiones, pero no amor, confianza, protección. No es la fuerza del padre la que nos da la sensación de protección, sino su paciencia y persistencia frente a la adversidad que no puede cambiar pero ante la que da la cara por nosotros y con nosotros.
A los enamorados se les produce todo tipo de manifestaciones corporales frente a la presencia de la persona amada, justamente porque no hay ningún poder ni de sí mismo, sino una vida que se quiere dar y otra que se quiere recibir.
El amor tiene el poder de reducirnos a la impotencia… Es el buen consejo de Cuatro a Tris: “…si te muestras débil te protegerán…” y “…eres más valiente cuando actúas de manera desinteresada…” (Divergente, cap. 22 y 24 ). Si eso vale para recobrar el aliento de la amistad, de la hermandad, vale aún más para acompañarnos y conducirnos en la vida.
A los cristianos no debería atraernos el poder, pero si la osadía de dar la vida por pura gratuidad de amor, porque no se puede ni siquiera desperdiciar en el corazón y en la vida una vida en juego, en peligro. Ese es el testimonio vivo del Buen Pastor Jesús: “El buen Pastor da su vida por las ovejas… Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir”.
El poder de los cristianos está en el poder de Jesús Buen Pastor de dar la vida, de dar su vida para bien de los demás, aunque sobre uno sobrevengan todos los males posibles.
Esta es la fuerza de atracción más significativa y contundente. Hay Uno que se atrevió a poner su vida en juego dándola por entero sin retribución inmediata alguna y sin una multitud de seguidores, por una sólo de nosotros perdidos. Y desde su entrega escondida y despreciada, fue tenido en cuenta por Aquel que tenía los ojos de Amor puestos en Él, y juntos volvieron a la Vida para darla a aquellos que la pierden fácil e innecesariamente cada día.
No ofrece nada que Él no haya vivido. Le costó encontrar discípulos de semejante ofrenda, pero poco a poco en cada generación encuentra algunos que escuchan la Voz Interior de su ser y hacer Único y se entusiasman con ser una ofrenda en el mundo sin que el mundo se los pida.
Por un lado podríamos decir que es entendible las consecuencias de ausencia de vocaciones aunque haya muchas sensaciones, porque esos llamados no son libres aún de ser alguien a los ojos de los otros, de tener solicitudes de amigos que no conocen, de Like’s, de seguidores, etc. Una sociedad distraída que educa niños y jóvenes distraídos muy poco puede ofrecer a un cambio de calidad en el mundo. Podemos seguir coleccionando cantidad y nada más, y seguir quedándonos con una oveja mientras las noventa y nueve siguen afuera desprotegidas, abandonadas, ignoradas… Da escalofríos…
Pero siempre hay quien rompe el molde y se anima: “Jefes del pueblo y ancianos, ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado, sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos….”.
Sólo la pasión total y desenfrenada, por este Buen Pastor que no tiene nada más que ofrecernos que Su Vida en inclaudicable compañía, mientras como ovejas cargamos la cruz y lo seguimos sin otra cosa que el sostén de Su Voz y de los Ojos puestos en Él. Y aunque haya recompensas humanas transitorias, nada de ello debe importarnos y distraernos, siendo el único y sustentable motivo de nuestra vida la Alegría que nos da el ser suyos y contar con Él. Eso nos volverá incondicionales de cada ofrenda, nos hará tomar riesgos en el dejarnos estirar por nuestros hermanos y en el estirarnos hasta doler por alcanzarles un consuelo.
El consuelo que brota de esta experiencia renovará, protegerá y unificará el rebaño que el Buen Pastor Jesús ha reunido en torno suyo.
¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres;
es mejor refugiarse en el Señor
que fiarse de los poderosos.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 19 de abril de 2015

Homilía 3º Domingo de Pascua, Ciclo B, 19 de Abril de 2015

No se si somos lo suficientemente conscientes que no necesitamos hacer el esfuerzo por entrar en nosotros mismos, es el mismo Jesús Resucitado quien nos explica. Es Él, quien desde su lugar de Resucitado abre nuestra inteligencia. Insisto, Él lo hace desde afuera, porque es un Otro. Y el discípulo reconoce que eso sucede, al experimentar un ardor interior en el corazón. Un paso del miedo a la apertura. Una recepción de: “La paz esté con ustedes”.
La experiencia del Resucitado que hoy se nos presenta es la experiencia de una gran familia reunida, una comunidad de discípulos conformada por los Doce, las mujeres y otros tantos, que reciben a Jesús Resucitado. Es una experiencia de Jesús Resucitado en la Comunión, es la experiencia de Jesús Resucitado llamada a perdurar por los siglos de los siglos. Jesús Resucitado presente en la Comunión de los discípulos receptores de la paz, y por lo tanto hechos y a la vez hacedores de la Comunión.
La experiencia del discípulo de Jesús Resucitado, es una experiencia de su Persona espiritual por un lado (se aparece en medio de ellos) y por el otro lado de su Persona totalmente corporal (al punto de comer y llevar el signo de la crucifixión). No es pues, una experiencia interior, una alucinación, sino que sucede ‘en medio de ellos’ y es a la vez una experiencia que pueden compartir, que todos pueden vivir al mismo tiempo. Y aquí estamos viviéndola nosotros mismos.
Los ejemplos para aproximarnos a una explicación de lo que sucede, pueden ser las del orden del amor, donde dos personas distintas se ven de pronto envueltas por el mismo sentimiento que construye entre ellos una identidad nueva y más fuerte. El amado esta fuera y se experimenta dentro y a la vez se puede compartir.
¿Esta sucediendo esto aquí?
¿Podemos decir que estos discípulos reunidos están disponibles a una experiencia en común de Jesús Resucitado y experimentar como toca nuestro corazón a abre nuestras inteligencias?
¿Son nuestras Eucaristías dominicales una experiencia comunitaria de discípulos a los que el Señor Jesús Resucitado se le puede presentar, ser el motivo real de su alegría, y renovar sus corazones y abrir sus mentes para lanzarse a anunciarlo por los caminos?
O, ¿nuestras Eucaristías están cerradas sobre sí mismas y empiezan y terminan cuando yo llego y me voy del templo?
Los discípulos del Resucitado no somos consumistas de un intimismo individualista y dualista del Señor Jesús. Nuestra experiencia de Él no está por sobre su Presencia Personal Única. Nosotros no estamos completos hasta que el Señor Jesús no se hace presente en el Cuerpo Vivo de la Escritura, que Él y no nosotros por nosotros mismos, o algún iluminado, nos hace comprender; y en el Cuerpo Vivo de la Iglesia en la Eucaristía, donde Él se hace presente para comer con nosotros. La Experiencia de Comunión en una misma Palabra y en un mismo Pan de la persona entera de Jesús Resucitado, no puede ni debe ser manipulada por la necesidad de sentir confort espiritual, una paz de shopping, una alegría bolichera… Ojo, el mercado de confort espiritual está muy activo y es muy rentable… Hay mucha demanda y mucha oferta. No necesitamos ser consumistas de visiones, apariciones y mensajería espiritual, lo único necesario, es la experiencia de Comunión que hacemos los discípulos reunidos que dejan que el Señor los sorprenda con su Presencia.
Hoy, muchos de nosotros deberíamos sentirnos interpelados por las palabras de Pedro: “…Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos… yo sé que ustedes obraron por ignorancia… Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados”.
Nuestra ignorancia, no nos exculpa de reconocer que nos quedamos a veces con ‘otro’ en lugar del Santo y el Justo Jesús. Nos entretenemos en lo que nos toca y nos llega, y nos olvidamos la Presencia singular de Jesús que nada ni nadie puede reemplazar. ¡Un poco de arrepentimiento por sustituir a Jesús por tantas y tantas cosas no nos vendría nada mal!
En todas las apariciones del Señor Jesús y de la Virgen, reconocidas por la Iglesia, el mensaje es siempre el mismo que se nos presenta hoy: Volver a Jesús Hijo amado del Padre y único e insustituible salvador, por la Palabra, la Penitencia y la Eucaristía.
Hagámonos poseedores de esta Palabra de Dios: “en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud”… Cumpliendo la Palabra de Dios manifestada toda entera en la Persona de Jesús Resucitado, es como vivimos la experiencia de resucitados con Jesús Resucitado, la Palabra cumplida, llevada a su Plenitud en la Eucaristía.
Jesús Resucitado, es el que sabe pedir y el que se deja dar: : “¿Tienen aquí algo para comer?. Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.” Y nosotros, hacemos lo mismo con Él:
¿Nos animamos a pedirle el Pan de la Palabra y de la Eucaristía?
¿Dejamos que se nos de por entero en ese Pan, o le ponemos frenos racionalistas?
Con el hecho de que Jesús quiere abrirnos la inteligencia para comprender la Palabra de Dios y con los medios con que hoy contamos, no podemos seguir siendo cristianos sin una comprensión de la Palabra o ignorarlo en su Presencia Eucarística donde Él mismo está enteramente disponible.
Esa comprensión es la que nos hace volvernos misericordiosos y disponibles a la ternura frente a las miserias de este mundo. Puede ser que alguno realmente no tenga para dar, como me pasó el otro día en el tren, pero si tengo la Palabra viva de Dios en mi corazón y mantengo viva la presencia resucitada de Jesús en la Eucaristía en mí, puedo dar una mirada de ternura, una sonrisa serena, una palabra de amistad y una bendición. Eso lo cambia todo, absolutamente todo.
Es entonces donde la promesa y el envío de Jesús Resucitado encuentra una forma de realización desde mí hasta el otro: “…en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto”.


P. Sergio-Pablo Beliera