martes, 1 de enero de 2013

Homilía Misa Vespertina Navidad (Mt 1, 1-17), Ciclo C, 24 de diciembre de 2012


Homilía Misa Vespertina Navidad (Mt 1, 1-17), Ciclo C, 24 de diciembre de 2012
En los tiempos que corren no pocos se han interesado por la genealogía familiar. Conocer nuestros orígenes, saber de dónde y de quienes provenimos. Que ha sucedido en nuestra historia antes de nosotros. Quienes y que han hecho los que nos han presidido en la vida. Que tenemos de ellos ya que transmitiremos a los demás. Noble inquietud.
En estas fiestas solemos recordar a quienes ya no están entre nosotros porque han partidos. Nos sabemos agradecidos de haberlos tenido como parte de nuestra historia y vida. Han sido y serán importantes en nuestra historia. Lo que nos dieron lo llevamos en el corazón y en la sangre.
Pero, la pregunta es evidente e inevitable: ¿cuantos de nosotros o quienes de nosotros se han interesado en considerar su origen en la intervención de Dios en la historia?
Acabamos de proclamar: “Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham...” Esto es Jesús, hijo primogénito de María, es heredero de la promesa hecha a David y a Abraham: una alianza eterna de paternidad y descendencia. Una historia comenzada por Dios que nunca acabará.
Hoy Jesús nace como heredero de la Historia de Dios, todo conduce a Él. Jesús es el culmen de la Historia. De una historia que ha comenzado Dios, no el hombre. De la cual el hombre es participe necesario, pero no es origen.
Con Jesús hoy somos historia de Dios, historia hecha por Dios, con sus vaivenes, pero siempre historia de Dios. Hoy con Jesús celebramos nuestro origen en Dios, en al decisión libre de Dios de ser nuestro Padre, garantía de nuestra existencia. 
Con Jesús, la humanidad entra en su estadio definitivo de ser hijos de Dios. Tenemos un Padre providente que se ocupa de nuestra historia. No sismos azar, sino voluntad amorosa del Padre. Como Jesús es voluntad amorosa del Padre, nosotros somos voluntad amorosa del Padre, existimos con Jesús como hijos amados y existimos por Jesús como hijos amados del Padre que nos ha creado en la Historia. Con sus complejos entramados pero nunca lejos del alcance del Padre.
La humanidad vive el drama de la despartir alineación de su Historia y por lo tanto del origen sagrado de su historia, de su provenir de Dios y por lo tanto ser sostenida por Dios y conducirnos hasta Dios como el origen y la existencia de Jesús.
Hoy con Jesús celebramos la condición de hijos amados del Padre introducidos en la historia para vivir una experiencia de amor en la que el Padre es origen y meta. Celebramos una existencia conducida por el Hijo amado del Padre, Jesús, plenitud de la Historia y creador de Historia con nosotros. Nacemos con Jesús a una concepción de la vida y de la relaciones con Dios donde el hombre camina junto a su Dios, en la presencia de su Dios, en la Comunión con su Dios.
Estamos llamados con Jesús a experimentarnos herederos de Dios, nacidos de Dios, para vivir en Dios y encontrar nuestra plenitud en Dios.
P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 23 de diciembre de 2012

Homilía 4º Domingo de Adviento, Ciclo C, 23 de diciembre de 2012


Homilía 4º Domingo de Adviento, Ciclo C, 23 de diciembre de 2012
La expresión “mantenerse de pie”, pone de manifiesto una actitud deseable, aunque no siempre fácil de sostener a largo plazo. Mantenerse de pie es, o una actitud creyente o una actitud de orgullo, es una actitud de humilde decisión o de testaruda fuerza de voluntad propia. Mantenerse de pie, es una actitud que nace de lo que llevamos en la mente, en el corazón, en el alma, en la experiencia de vida.
Necesitamos ser hombres y mujeres creyentes, familias creyentes, comunidades creyentes, sociedades creyentes que se mantengan de pie, erguidos frente a los vientos desventurados del presente, de pie frente al cúmulo de experiencias desesperantes del pasado, erguidos de cara al futuro que proviene de las manos de Dios.
Nos mantenemos de pie como humilde decisión de espera porque Dios vino, viene y vendrá. Nos mantenemos de pie, como creyentes que se mueven hacia Dios a pesar de sí mismo y de su entorno.
Cuando todo se derrumba, nosotros nos mantenemos de pie por la fuerza atractiva de Dios. Cuando todo se quiebra nos mantenemos de pie susurrantes de la voluntad del Padre que se manifiesta en el obrar de su Espíritu. Cuando todo se nos escapa de las manos, nos mantenemos de pie a la escucha de una voz que asoma entre el bullicio de las voces de la derrota. Cuando ya no damos más, nos mantenemos de pie con la mirada puesta en el horizonte que genera Dios y no las expectativas humanas.
Nos mantenemos de pie como pequeños, como niños que confían en su Padre. Como pequeños en los que la vida obra su crecimiento secreto y silencioso, pero decidido y cierto. Tan pequeños entre tantos que se consideran grandes y, que tal vez lo sean, pero por obra propia y no de Dios. ¿Qué pequeñez que obra vida me inspira el Espíritu de Dios para estos tiempos? ¿Qué crecimiento puede obrar Dios?
“Tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti, me nacerá el que debe gobernar a Israel…” Nuestra pequeñez proveniente de ser los pequeños, los niños del Padre, que engendra en nosotros un nacimiento. Una vida crece en nuestra pequeñez, en nuestra niñez en los brazos del Padre.
Esa pequeñez de la que nace la vida, es Jesucristo creciendo en nosotros y dándonos el crecimiento a su medida. Crecemos con su mentalidad o nos ideologizados. Crecemos con su corazón o nos hacemos pura epidermis y no nervio conductor. Crecemos con su alma o nos inventamos una espiritualidad. Crecemos con su experiencia o nos volvemos inmaduros haciendo múltiples experimentos que no conducen a nada.
“Él se mantendrá de pie y los apacentará con la fuerza del Señor…” Eso es, Jesucristo puesto de pie en nuestra existencia común de matrimonio, familia, comunidad, sociedad… Él de pie en mí, Él de pie en mi hermano, Él de pie en la historia. Él de pie a pesar de nosotros y de mí…
Es Jesucristo quien puede apacentarnos desde dentro de todos los vínculos establecidos. Apacentándonos no con la fuerza de un poder humano pasajero, sino con el poder de la fuerza del Señor de la historia y de la vida.
Esta es la experiencia de María y de Isabel. Dos mujeres… Una en la fragilidad de su juventud, la otra en la fragilidad de su vejez… Ambas portadoras de la vida que nace en su pequeñez.
"¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".
Mujeres creyentes de pie ante el obrar del Espíritu de vida. Felices de que el Padre cumple su palabra, su designio, su obra… Ellas dejan decir en su propio cuerpo, en su propia historia a Jesús: "Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad" Es Jesús que en ellas hace la voluntad del Padre, se hace voluntad del Padre. Es Jesús que pide nuestros cuerpos y nuestra historia para decir hoy: "Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad"…
Somos llamados a permanecer de pie, sostenidos por su permanecer de pie en nosotros diciendo al Padre y al mundo con la esperanza irrefutable: “"Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad"… Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.”
Con María e Isabel, no hacemos fuerza, nos hacemos fuerza de Dios en nuestra pequeñez por la fuerza de Jesús en nosotros. “Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.” Creo y espero…


P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 16 de diciembre de 2012

Homilía 3º Domingo de Adviento, Ciclo C, 16 de diciembre de 2012


Homilía 3º Domingo de Adviento, Ciclo C, 16 de diciembre de 2012
“Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta.” Estas palabras del profeta Sofonías, ponen de manifiesto lo que son las entrañas de Dios. Dios exulta… pone de manifiesto, muestra de manera palpable su alegría, su gozo… Dios renueva… restablece, reanuda, da nueva energía y transforma con su amor… Dios lanza gritos, alza su voz, se hace escuchar en su alegría… Si estos son los sentimientos de Dios en la hondura y espesura de su ser íntimo para con nosotros, ¿cómo no corresponder a ellos?. Si para Dios significamos semejantes expresión de sentimientos, ¿qué implica esto para nuestras vidas?. Dios no esconde su firme y tierna debilidad por su obra. Dios conmueve sus entrañas y es vulnerable a la existencia de cada uno de nosotros. Conmueve su tierna y pública debilidad por sus creaturas, eso es Dios, eso es ser Dios… ¡Cómo no amar a un Dios que ama así!
¿Podríamos decir que esos son nuestros mismos sentimientos para Dios? ¿La presencia de Dios en nuestras vidas, puede decirse que va acompañada de estos sentimientos? ¿Qué sería de nuestra existencia cotidiana si nos inundaran estos sentimientos con Dios?
Frente a nuestra debilidad nos hacemos concientes: “… pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego…” Ese es Jesús… es Él por quien el Padre tiene estos sentimientos, sobre todo por Él: “Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta.” Su existencia ha sido una respuesta a imagen y semejanza de los sentimientos del Padre. Él es el que viene… Él es el más poderoso en su amor… Él es el verdaderamente digno por su amor abajado… Él es el que nos sumerge en el Agua Pura que renueva y vivifica… Él es el que enciende con el fuego de su compasión los corazones sin pastor…
Esta relación entre el Padre y el Hijo Jesús, es la que mueve la relación que Dios tiene con nosotros como pueblo y con cada uno de nosotros como creaturas. Él origen y el sostén de la relación y los sentimientos que Dios tiene con nosotros es la misma relación y sentimientos que el Padre y el Hijo comparten. Por eso mismo esa relación y sentimientos para con nosotros son inalterables y pueden mover a una respuesta adecuada y digna del amor con el que somos amados.
Eso sostiene la invitación de Dios mismo a la conversión. Sin estos sentimientos que mueven a Dios, nuestra conversión es imposible. Esos sentimientos son los que hacen surgir la pregunta: “¿qué debemos hacer?”. Pregunta que refleja una permeabilidad a los movimientos de Dios. Pregunta sostenible solo en la debilidad de Dios por su Hijo y por nosotros.
“¿qué debemos hacer?” “¿qué debemos hacer?” “¿qué debemos hacer?” Se preguntan los hombres frente a la llamada a la conversión. Nos preguntamos nosotros frente a la llamada a nuestra conversión. Quiero, queremos, convertirnos a este Dios que tiene estos sentimientos por su Hijo, por sus hijos…
“¿qué debemos hacer?” El que tenga… dé… Dar y dar sin pausa y sin restricciones.
“¿qué debemos hacer?” No exijan de más… Solo lo justo y necesario que corresponda.
“¿qué debemos hacer?” No extorsionen a nadie… Viviendo al servicio y no sirviéndonos.
“¿qué debemos hacer?” Vivir en la Caridad del Padre. Vivir en la Caridad de Jesús. Vivir en la Caridad del Espíritu de Amor.
Lo que debemos hacer se esconde y se pone a la luz a la vez, en los sentimientos de Dios. Alegrarse a causa del otro… Renovar con el Amor de Dios todas las realidades… Lanzar gritos de alegría por la presencia de los que nos rodean…
Lo que debemos hacer nace de la Caridad, vive en la Caridad y se expresa en la Caridad. Fuera de la Caridad nada, dentro de la Caridad todo. La Caridad es el máximo horizonte del hombre donde nos volvemos totalmente a Dios. A la vez la Caridad es el principio de todo comienzo de acercamiento sincero y seguro hacia nuestros hermanos y Dios mismo.
Convirtámonos a este espíritu: “Alégrense siempre en el Señor... Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No se angustien por nada y, en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.”

P. Sergio-Pablo Beliera