domingo, 12 de enero de 2014

Homilía Fiesta del Bautismo del Señor, Ciclo A, 12 de enero de 2014

“…se abrieron los cielos…”  Estas breves palabras del evangelio, tienen una enorme implicancia en la historia de Jesús y por lo tanto de la humanidad.
El Bautismo de Jesús, que hoy celebramos, es una experiencia sustentada en la realidad del Padre. Él es el protagonista principal que crea esta relación única e insustituible, con Jesús.
El Bautismo es obra de sus manos, querer de su querer más profundo para Jesús. Pensar de su pensar más cierto sobre su identidad, dignidad y vocación. Es una expresión radical de su Amor de Caridad, que no sólo nos quiere sus creaturas obra de sus manos, sino sus hijos.
El otro protagonismo le ha sido concedido inusitadamente a la Comunidad de penitentes. Sí, el pueblo fiel, deseoso de conversión, en el que Jesús se inserta. Jesús, se pone en la fila de este pueblo deseoso de salvación, de la salvación que provee el Padre. Siendo Él mismo salvación por Nombre y Vocación, se pone en el camino de un pueblo peregrino hacia la salvación. Para ser Jesús, Dios que salva, se pone en la ruta del pueblo que implora esa salvación y se dispone a ella, salvación que sólo puede provenir del Padre.
En ese pueblo se integra Jesús, para hacer la experiencia del Padre, Providente y Fiel. Y así llevar a ese Pueblo en su propia carne a la experiencia del Padre.
Padre y Comunidad son en Jesús constitutivos de su identidad. A ellos recure a lo largo de su día y de su vida. Pasa del uno al otro, y en cada uno es Él mismo.
¿Es el Padre y la Comunidad experiencias que sustentan mi identidad, dignidad y vocación? ¿Soy conciente que es el Padre quien nos da la identidad, dignidad y vocación, y no los hijos al Padre?

“…Y se oyó una voz del cielo…” Una Voz que aún resuena para ser acogida…
En el Bautismo penitencial de Juan el Bautista, Jesús recibe la confirmación de lo que es y será su experiencia fundamental del Padre, como Servidor enviado a los hombres:
El Padre es un cielo abierto…
El Padre es una voz del cielo…
El Padre Ama al hijo y lo elige…
Un cielo abierto es la apertura a la propia vida, es el Corazón del Padre, abierto por su Amor entrañable, que se derrama en Luz y Espíritu.
El cielo abierto por el Padre, es una gracia que desciende y que se da por entero en Jesús, sobre el que reposa el Espíritu.
Un cielo abierto es un destino irrevocable por parte del Padre a hacer entrar a los hombres, a través de Jesús, al Paraíso de su Comunión de Amor.
Para una sociedad como nosotros, que se vanagloria de ser de puertas abiertas y, que sin embargo no puede responder a la demanda de acogida compasiva, este “cielo abierto”, es una llamada constante a repensarse en la apertura del Padre, ese “mundo del Padre” abierto, ese “Hogar del Padre” abierto, rasgado por su Amor de Caridad, por su Compasión ante un pueblo bien dispuesto.
¡Cuantos y tantos, encuentran día a día, puertas, corazones y oportunidades cerradas, duramente cerradas, bruscamente cerradas!
El cielo que abrió el Padre en el Bautismo de Jesús, aún permanece abierto, nunca lo olvidemos… Esa es nuestra esperanza y nuestra ruta…
¿Estamos en este movimiento del Padre, de cielos abiertos?

El Padre, es además para Jesús en su Bautismo una voz del cielo. Una voz de origen eterno, inmemorial.
Una voz potente y suave, que lo orienta, lo conforta y lo confirma en su vocación y misión.
La voz del Padre es voz del cielo, voz de vida, de gozo, de amor eterno, de fidelidad, de compañía y de consuelo, es la voz de la Buena Nueva de que Jesús es Hijo, y lo es como Amado y Predilecto, de Amado y Elegido, de Amado y persona sobre la que reposa toda la confianza y la fuerza del Padre.
Adios rivalidad entre el Padre y el hombre, que el hombre había establecido… Se ha inaugurado el tiempo nuevo de una paternidad gozosa y de una filiación plenificada.
Nuestro tiempo, es un tiempo de múltiples voces, todos pueden opinar, es la cultura de la opinión pública, de la libertad de opinión. Sin embargo dolorosamente comprobamos que la Voz del Padre no es aceptada como una Voz válida que también merece su espacio, su libertad de descender desde el Cielo de Jesús, y hablarnos a través de las Escrituras y de su Iglesia.
Aún hoy, una multitud de creyentes desconoce involuntariamente y voluntariamente esa Voz y su Mensaje de Vida y de Amor, capaz de colmarnos y develar nuestro destino de hijos. Aún vivimos demasiado más como hijos de nuestro tiempo, que como hijos de este Padre que nos ha abierto su Cielo y nos ha dado su Voz nítida, audible y practicable. No podemos desoír más ese Cielo abierto y esa Voz tan nítida. Sin embargo su necesidad y urgencia de escucharla y vivirla es inmensa. Pero no debemos desesperar, sino por el contrario cobrar fuerzas en la esperanza de esa Voz que no se acalla y siempre está disponible.
¿Cómo vivo esta experiencia? ¿De manera no contribuyo y de qué manera contribuyo a que esa Voz sea escuchada y seguida? ¿O he renunciado a esa Voz?

Y a quienes asistimos a esta escena de Amor único y entrañable, se nos invita a contemplarla para hacerla nuestra.
Nuestra contemplación debe volverse hacia esta experiencia de Jesús para hacerla nuestra, porque es nuestra desde nuestro Bautismo y, sin esta contemplación no podemos comprender la anchura y la profundidad, la amplitud y el desafío de esta condición de hijos adoptivos en su Hijo Amado y Predilecto, Jesús.
Por eso la tercera experiencia fundamental de Jesús, de este Padre único y amador es la de ser Amado y Predilecto por siempre y para siempre. Un Amado que se hace Ofrenda de Amor.
Hoy, como Jesús, nuestra experiencia de bautizados en Jesucristo, reclama nuestra conciencia y práctica de una vida con el Padre y desde el Padre, con el Pueblo de Dios y en el Pueblo de Dios.
El Padre nos descubre su plan de Amor y nosotros como Pueblo suyo, sus amados, nos descubrimos a nosotros mismos en su plan de amor como Padre.
¿Vivo y hago vivir a los demás de este ser Amados por el Padre como hijos suyos?

Contemplemos y meditemos lo que implica en nuestra condición de bautizados en Jesucristo, las palabras del profeta: “Yo, el Señor, te llamé en la justicia, te sostuve de la mano, te formé y te destiné a ser la alianza del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas”.
Jesús no resistió a esta llamada, la hizo totalmente suya, hasta el final. Porque desde que la carne de Jesús entró en las aguas del Bautismo, el don del Padre que se le manifestó y que Él llevó hasta la Cruz y la Resurrección, siguen tocando nuestra carne y la hacen entrar en esta realidad de hijos de Dios que estamos llamados a vivir y proclamar con nuestra propia vida, al estilo de Jesús.
¿Asumo esta llamada misionera de mi condición de hijo de Dios?

Padre nuestro, tu Hijo unigénito se ha manifestado en la realidad de nuestra carne; concédenos que él nos transforme interiormente, ya que lo reconocemos semejante a nosotros en su humanidad, y así ser hijos amados en la tierra y en el cielo de tu amor y gozo.


P. Sergio-Pablo Beliera

miércoles, 8 de enero de 2014

Homilía Solemnidad de la Epifanía del Señor, Ciclo A, 6 de enero de 2014

“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”
Esta pregunta de los Magos, vuelve a resonar entre nosotros. Es la pregunta de la humanidad toda, generación tras generación, que reclama una respuesta por parte del creyente.
Pero, los creyentes para dar una respuesta cierta deben hacerse esa pregunta en sí mismos, entre la comunidad de creyentes, y recoger los frutos de una respuesta que pueda ser compartida, testimoniada y gozosamente comunicada a todos. La comunión de preguntas genera una respuesta de comunión.
Hoy, nosotros, debemos preguntarnos con honda sinceridad: ¿Dónde esta nuestro rey que acaba de nacer? ¿Qué hemos hecho de este Niño Rey, los hemos encontrado, lo hemos acogido, lo hemos adorado, nos hemos hecho sus gozosos súbditos? O como Herodes, nos hemos encontrado frente a Él con una amenaza a nuestros reinados ilegítimos… Si así fuera, recibamos la llamada del profeta: “¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!”.
Los Magos, vivieron una experiencia muy concreta frente a los que querían torcer su búsqueda: “La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje.”
Dejar torcer nuestra búsqueda de Jesús, sería traicionar esa Luz que se nos ha presentado por el testimonio de otros y por el don de la fe que hemos recibido de una u otra manera. Seguimos esa estrella de la fe, no es sólo una Luz interior, sino una Luz que nos supera a nosotros mismos pero, que nuestro espíritu puede reconocer como válida y necesaria para nuestra existencia.
Dios se nos manifiesta de maneras claras y nítidas, de modo que podamos darle nuestro reconocimiento y nuestro consentimiento. Dios se muestra y se deja encontrar.
Como los Magos, nosotros encontramos al Niño Jesús, en un lugar determinado, una locación específica, hacia la que hemos tendido que movernos. El síntoma patente de que no hemos buscado en vano y que hemos llegado al lugar indicado es la alegría y la sumisión a la forma en que se nos ha manifestado.
La estrella de la fe que nos guía se detiene en una casa, en un hogar familiar. No es cualquier lugar, es el lugar donde podemos encontrar un Niño Dios que ha venido a habitar el mundo y los corazones de los hombres y no un palacio real humano.
Y no lo encuentra sino con su madre, María. Es un Niño necesitado de cuidados maternales, que se identifica con esos cuidados maternales. A fin de cuenta ha venido a darnos esos cuidados maternales imprescindibles para vivir, para crecer, para madurar.
Al Niño Jesús lo encontramos en el Hogar de la Iglesia, la Casa de la Comunión, el Lugar habitado por Él junto con María la Madre, nuestra Madre.
La Iglesia esta llamada a ser esta Casa, en la que los hombres guiados por la estrella, encuentren la Luz plena y única, insustituible e imprescindible para la existencia. La Iglesia esta llamada dejarse habitar de manera permanente por el Niño Jesús y su Madre, para que los hombres al entrar en ella no la encuentre vacía o habitada por sustitutos de Jesús y su Madre. Los hombres en búsqueda necesitan a Jesús y Él quiere ser encontrado en su Casa, la Iglesia, para recibir de ellos su adoración y muestras de amor y gratitud.
Esa Iglesia vive en toda familia, en la que el Niño Jesús debe ser engendrado y cuidado para que crezca sin límites en todos sus miembros. ¿Son así nuestras familias? ¿Promovemos este estilo de familia?
Esa Iglesia vive en toda comunidad cristiana, en la que el Niño Jesús ha Nacido y ha reunido a sus miembros en torno a Él u su Madre, y donde ese Niño crece en cada uno y entre ellos hasta hacerlos a todos hijos del Padre Dios al estilo de Jesús e hijos de María al estilo de Jesús. ¿Somos una comunidad donde se puede encontrar al pequeño Jesús y en la que su Madre María nos enseña a acoger, a recibir, a ser hospitalarios y fraternos? ¿Pueden encontrar los que buscan a Jesús, en nuestra comunidad, una casa que se abre, una familia que se abre, un hogar en el que crecer y madurar junto a Jesús y su escuela de pequeñez?
Los que buscan al Niño Jesús y lo encuentran, están llamados a adorarlo y rendirle el homenaje que se merece. Y esa experiencia de adoración y regalo de sí mismos a Jesús Niño, debe ser tan obvio como posible, tan espontáneo como aceptable.
Los hombres de hoy necesitan encontrase con esos espacios-casa, esos hogares-comunidades, que viven como Madre que recibe y ofrece al Niño Jesús para ser adorado por el regalo del amor del hombre al Dios que se hace Niño, pequeño, accesible, Luz frente a la que todas las luces se apagan.
Colaboremos con este servicio de amor a Dios y a los hombres.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 5 de enero de 2014

Homilía 2º Domingo después de Navidad, Ciclo A, 5 de enero de 2014

“Ante él (el Creador), ejercí el ministerio en la Morada santa, y así me he establecido en Sión; él me hizo reposar asimismo en la Ciudad predilecta, y en Jerusalén se ejerce mi autoridad. Yo eché raíces en un Pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su herencia.”
Estas palabras develan claramente el inmenso y riquísimo misterio de Dios que “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo Único” para que Él:
·      Ejerza su ministerio entre nosotros,
·      Se establezca entre nosotros,
·      Repose entre nosotros,
·      Ejerza su autoridad entre nosotros,
·      Eche raíces entre nosotros, su “Pueblo glorioso”, “la porción del Señor”, “su herencia”.
¿Pueden haber expresiones de mayor amor y ternura para con nosotros? ¿ Nos damos cuenta del misterio de Amor y de Ternura que envuelve a Dios frente a su Hijo Único ofrecido por nosotros sus creaturas?
Jesús, el Hijo Único del Padre, y del que Juan el Bautista da un claro testimonio, que estamos llamados a hacer nuestro: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo".
Ese Hijo Único, que es la Palabra que pone su Morada entre nosotros, es Jesús nacido en Belén de María virgen y de José su padre adoptivo. Su presedencia y a la vez su prexistencia resalta la incondicionalidad de su Amor y Ternura por nosotros, no por necesidad, sino por pura gratuidad.
El gran asombro del creyente, es ese arraigo de lo eterno en lo temporal de nuestra existencia. Y ese mismo arraigo gratuito y tan inmensamente generoso e inmerecido, nos habla de su precedernos y su existencia anterior a la de cualquier hombre. ¿Vivo esta expresión inconfundible de su Amor y Ternura por mi, por nosotros?
Ese gran don de eternidad en el tiempo y del tiempo que acoge a la eternidad de Dios, es una palabra profundamente sugestiva para el hombre contemporáneo, sumergido en su temporalidad, deseoso de eternizarse en ella, y que a la vez pierde el horizonte de la eternidad que el Padre nos regala en Jesús. Sólo Dios puede adentrarse en la temporalidad y echar raíces de eternidad en ella, porque sólo Él es el sustento de lo temporal y a la vez sólo Él puede morar en nuestra temporalidad sin quedarse puramente temporal.
Un hombre, esposo y padre de familia, profesional que alcanza un gran prestigio y posición en una empresa multinacional, se pregunta necesariamente: ¿cómo trascender? Es como si se preguntara por lo que le agregar valor a la existencia de los suyos y a sí mismo a partir de su existir. No desea pasar por el mundo y quedarse en nada.
Ningún logro humano, aún cuando sea el de la familia, el del trabajo bien hecho, el de la buena amistad entre los hombres, puede apagar la sed de trascendencia y acallar la voz de la conciencia que nos orienta hacia Dios, verdadera trascendencia del hombre. El mismo planteo puede hacerse cualquier hombre y mujer en cualquier condición.
Son las clarísimas palabras de Pablo hoy: “…el Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos ha elegido en él… para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.”
El hombre sólo se puede trascender a sí mismo y a sus hermanos, agregarle verdadero valor a la existencia de los suyos y de sí mismo:
·      Asumiendo y abrazando esa elección del Padre de Jesús y nuestro Padre,
·      Haciéndose santo e irreprochable por morar en la presencia de Dios en un amor como el suyo, plenamente expresado en Jesús y su Evangelio,
·      Asemejándose con gozo renovado a su condición esencial de hijo en el Hijo Jesús, con gozo y clara supremacía sobre todas las cosas,
·      Siendo en todo alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo Amado, sin el cual nada puede ser asumido y concretado en nuestra existencia.
No es un pensamiento más, no es una meditación más, no es una contemplación más este obrar de Dios en el tiempo, en nuestro tiempo y nuestra necesaria trascendencia desde la inmanencia, que revela nuestra vocación más profunda. Porque sólo haciéndonos y haciendo a los demás, hijos de Dios, es como esa sed alcanza su saciedad.
Vivir en la acogida de esta llamada y en su realización concreta de encarnación y a la vez de desprendimiento, es como concretamos ese, “valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos.”
Desde Jesús no hay ninguna contraposición entre el arraigo en lo temporal -al estilo de la Voluntad del Padre y la concreción de Jesús- para recibir la Luz de Dios, Jesucristo y su Evangelio, y la trascendencia de lo temporal por el desprendimiento de lo temporal -al estilo de la Voluntad del Padre y la concreción de Jesús-, abrazando nuestra vocación de santidad, verdadera trascendencia del hombre hacia Dios.
Santidad que es Morar en Dios al estilo de Jesús que no tuvo morada propia porque la suya era la Morada del Padre.

P. Sergio-Pablo Beliera