domingo, 30 de marzo de 2014

Homilía Domingo 4º de Cuaresma, Ciclo A, 30 de marzo de 2014

El dramatismo de algunas vidas parecieran no albergar ninguna esperanza. Por lo menos así lo ven los reguladores de las vidas ajenas, los pragmatistas, los eficientistas, los escépticos, los racionalistas,
Tal vez sea mejor no tomar posición frente a una vida y más bien interactuar con ella con el ánimo de extraer lo que no se ve a simple vista, lo que no se puede concebir por la simple suma de elementos, lo que nos resulta fuera de lo imaginable pero no fuera de lo posible.
Así es Jesús. Siempre un paso adelante de lo obvio, siempre con un palpitar bien ubicado, con una renovada sensibilidad, frente a lo humano.
Él que tiene esa capacidad única de descubrir a la persona, hoy no sólo lo hace una vez más, sino que se deja descubrir. Da la oportunidad de ser descubierto paulatinamente y a la vez de manera clara por un ciego de nacimiento.
Este ciego nos representa a todos nosotros, pero no por la ausencia de luz, no por la presencia del pecado, sino por la maleabilidad de su persona, como decimos aveces, se deja hacer en varios encuentros significativos.
¿Somos maleables? ¿Somos materia disponible?
Es la revalorización de lo simple, del gesto y la palabra, que el hombre necesita una y otra vez para salir de sus atolladeros.
Es la consagración de la inutilidad de nuestros pensamientos contaminados por la ideología, o por el prejuicio, el preconcepto desanimante de tantos que como ellos no pueden o no quieren hacer nada por el otros se la pasan desanimando a los demás para que tampoco lo hagan. 
Los detractores de siempre, los que siempre quieren vivir en lo conocido y no conciben que exista o pueda suceder algo más que lo que ellos conciben. Apologetas de la desesperanza. Fieros defensores del no puede ser. Sacerdotes del culto al no. Estos no tienen parte en el descubrimiento de Jesús, se quedan afuera porque se han cerrado la puerta a sí mismo.
En vez están los que se animan a creen frente a la evidencia de los gestos y las palabras de Jesús. 
Los que se dejan tocar por las palabras de Jesús que dirige el camino hacia la sanación, hacia la confesión.
Dar testimonio de Jesús primero de la incipiente experiencia de su persona: es Jesús un hombre como nosotros.
Luego de un descubrimiento mayor: es un Profeta que hace las obras de Dios.
Y finalmente frente a Jesús dar el gran testimonio: "creo Señor" que tu eres el Mesías, el Enviado del Padre.
Esta fe que recibimos en el Bautismo y que estamos llamados a testimoniar con la propia vida porque no hay otro recurso más original y eficaz.
Hoy renovamos este descubrimiento esencial de Jesús por nosotros y de nosotros por Jesús y así por todos los no descubiertos.

P. Sergio-Pablo Beliera


domingo, 23 de marzo de 2014

Homilía Domingo III de Cuaresma, Ciclo A, 23 de marzo de 2014

“Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”.
Jesús pide de beber. Ese pequeño detalle, expresa una necesidad, y el deseo de saciar esa necesidad. Sólo dos veces en el evangelio Jesús pedirá de beber, esta es la primera, y la segunda y última será en la cruz, con la expresión: “tengo sed”.
¿Qué me dice esto primeramente? Me quedo en silencio un rato y percibo que si Jesús no expresara su necesidad, a mí me sería más difícil expresar la mía. Su explícito pedido: “dame de beber” me saca de toda situación en la que me cueste pedir la ayuda necesaria. Jesús tiene sed y me lo dice, me pide del agua que yo recojo cada día. Eso lo vuelve cercano, necesitado como yo y cada ser humano.
Pero esa necesidad, me abre a darle de beber, pero a algo más: a pedirle yo de beber a Él, a expresarle mi sed, mi necesidad.
El agua que la samaritana recoge en el pozo es agua de las profundidades, no es agua de la superficie como podría ser un río u arroyo, ni siquiera es un manantial que brota a la superficie. Es agua de un pozo, agua de las profundidades. Es agua fresca e incontaminada.
Es a su vez, agua del pozo del último patriarca, de Jacob. Ese pozo de agua representa muy bien el pozo de la fe de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, una fe en el Dios único y trascendente que se manifiesta al hombre y lo pone en camino hacia la promesa de una tierra nueva y una descendencia nueva.
“Dame de beber”. Jesús se ha despojado de todo, por eso conoce la sed. A renunciado a saciarse a sí mismo para conducirnos El mismo a la fuente de la saciedad oculta en su humanidad.
El hombre tiene sed y es Dios quien la puede saciar.
Señor Jesús , vengo con mi cántaro vacío a recoger agua y te encuentro a ti, ¿qué más podría pedir ya? Pero cómo aún no te conozco y tu apariencia me oculta lo que mis ojos no pueden ver, tu abres el pozo de tu boca y con tu pedido: “Dame de beber”, comienzas a hacer manar un diálogo con el que me saciarás, aquí estoy llena mi cántaro con el don de tu presencia, de tu persona y de tu Palabra.
Jesús sacia nuestra sed con el manantial de agua viva que lleva en las profundidades de su humanidad. Allí en lo íntimo de su corazón está ese manantial de agua viva, y para que ese manantial brote dejará que traspasen su corazón, primero mi situación de pecado y fragilidad, luego la cruenta lanza. Allí donde reside el agua viva de su amor, allí irá mi fragilidad y pecado y la lanza, para abrir la fuente de un amor que no lo puede vencer ni el pecado, ni el odio, ni la muerte.
Llena pues entonces mi cántaro vacío con esta agua viva de tu amor. ¡Pero que digo!, si ya has llenado el  cántaro de mi existencia y lo has desbordado por las aguas del Bautismo que ahora llevo en mi: "...a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios."
Y si la expresión de esa necesidad, establece un diálogo, la siguiente sorpresa que Jesús nos depara es que el dialoga con entera libertad: “ ‘¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?’. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.”
Jesús trata con el hombre, entra en diálogo con él, sin prejuicios, sin condicionamientos, con entera libertad y determinación.
¿Tenemos la misma libertad de hablar con Jesús como Él la tiene de hablar con nosotros y de expresarnos su determinación a entrar en diálogo con nosotros? Siempre es sorprendente esta liberalidad de Dios respecto de la condición de la persona que tiene enfrente.
Este diálogo abierto por Jesús es conducente a un diálogo más profundo, más hondo: “Jesús le respondió: ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’ tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva’.”
Conocer el don de Dios…
Conocer quien es el que dice: “dame de beber”…
Conlleva a pedir con libertad y determinación…
Y recibir libremente el don de “agua viva”…
El don de Dios es Jesús mismo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.”
El que pide es el que da: “(La Palabra) estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.”
Jesús indica el camino y siembra el enigma para darnos la posibilidad de pedir más, ir por más, de ahondar más, de conocerlo más.
¿Qué es esa agua viva de la que habla? “Señor… no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?”.
¿De dónde…? ¿Eres acaso más grande que…? Siguen siendo las preguntas del hombre frente a la presencia de Jesús que se muestra disponible a llevarnos, a darnos una agua viva, una plenitud insospechada, aunque deseada como el anhelo más subterráneo de la existencia humana.
El hombre sigue preguntándose si verdaderamente necesita a Dios, si verdaderamente necesita a Jesús, si verdaderamente necesita lo que Él es y tiene para darnos…
Lucha con estas preguntas… ¿Jesús tienen una plenitud para mí mayor que la que yo puedo alcanzar por mí mismo? ¿Porqué debo necesitar de Él y no puedo bastarme a mí mismo? ¿Porqué debo ponerme en camino donde Él me indica y conduce y no puedo elegir mi propio camino?
Es una angustia existencial vigente en cada vez que tomamos una bocanada de aires sin Dios, saciamos nuestra sed sin Dios… El hombre se angustia con esta relación, con este diálogo propuesto, aún cuando reconoce que necesita ese diálogo, esa relación… Es una lucha interna, profunda, profusa, subyacente a todo…
El motivo de salida de la encerrona de semejante paradigma, de semejante enigma, de semejante cuestionamiento proviene de la misma boca de Jesús: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Eso el hombre no puede hacerlo por sí mismo, para sí mismo, ni para los otros. Jesús lo da, Jesús lo brinda, Jesús lo posee abierto para que brote y yo beba…
Así lo expresa Pablo: “…la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.”
En su Cruz, a través de la ofrenda de su vida, Jesús abre el manantial del que brota el agua viva hasta la Vida eterna. De su amor al Padre brota para la humanidad el manantial de un amor que se derrama en nuestros corazones a través de la fe en Jesús. De ese manantial bebemos, de ese manantial bebemos la fe, de ese manantial bebemos la verdadera adoración al Padre en “espíritu y verdad” y nos hacemos adoradores de Dios y no de nosotros mismos u otros ídolos humanos.
Del manantial de Jesús bebemos el agua viva de la verdad sobre nosotros mismos, desde esa agua viva se nos revela nuestro propio corazón que erraba por aquí o por allá y que ahora se encuentra con el don mayor e insustituible. Desde ese manantial de agua viva dejamos de negar o soslayar lo que no alcanza nuestra razón o sensibilidad, o lo que pude o no puede nuestra voluntad o libertad, porque nos hacemos abiertamente receptores de este Don único.
Se nos revela y es aceptado por nosotros el don: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”.
Fuerte y única la experiencia de encontrarnos frente a frente con quien debía venir y ahora está frente a mí: “Soy yo, el que habla contigo”.
Lo que conciente o inconcientemente buscaba mi corazón, de una u otra forma, ahora está frente a mí: “Soy yo, el que habla contigo”.
“Soy yo, el que habla contigo”, dice el Manantial de Agua Viva.
¿Soy capaz de revelarme también yo frente a Jesús que me buscaba pidiéndome “dame de beber” y decirle: “soy yo, el que habla contigo”.?
Señor, “mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente” (oración colecta).
Entrar en ese dialogo con Jesús desde su Misericordia, eso es la vida de la que brota el agua viva. Saciar su sed, su sed de mi amor, que Él no ha olvidado ni despreciado. “Tengo sed” de tu presencia y de tu voz, de tu mirada, de tu corazón, de tu existencia, nos dice Jesús el “Agua Viva”. El “Agua Viva” tiene sed, la sed que el hombre tiene, es absorbida por la sed de Jesús y saciada por su mismo amor al Padre y a los hombres. En su persona queda resuelta la paradoja de ser “Agua Viva” y a la vez “Tengo Sed”.
Las aguas vivas del Bautismo brotan de un Dios sediento de amor gratuito, porque gratuitas son sus aguas que nos sacian hasta la Vida eterna, porque brotarán de la eterna Trinidad por el costado de Jesús en el Cuerpo de su Iglesia.
“...el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”. No sólo nos has dado de beber y saciado nuestra sed, sino que nos haces el don de convertirnos en manantiales de agua para saciar la sed de los que te buscan como nosotros, porque nada que venga como un don puede no ser un don para los otros. Si nos volviéramos indiferentes a dar el don que nos has hecho nos desdeciríamos de ese don sagrado.
No seamos cristianos insatisfechos cuando lo hemos recibido todo, y no dejemos a nuestros hermanos insatisfechos con un don tan grande.
La Iglesia así, se abre con Jesús a la sed del hombre y la sacia con el que vive en sus venas de Esposa y Madre, Jesús fuente de vida.
Y nosotros somos esa Iglesia que sale a los pozos a esperar el encuentro con los sedientos de Dios.
El corazón rasgado de Jesús, es el Cielo abierto de la Trinidad, es el corazón abierto de los hijos de la Iglesia a los hombres sedientos.
Ahora que he encontrado y he recibido el Don a través del Bautismo, de los Sacramentos, de la Palabra de Vida, de la vida en la Iglesia, de la Caridad entre hermanos pobres: ¿vivo con el Don? ¿Vivo del Don? Sólo lo podremos comprobar si otros vienen y dicen: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Si vivo del Don, doy el Don y otros lo reciben y proclaman agradecidos: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Recuerda que has sido encontrado en el pozo del padre (Jacob, ahora el Padre Dios) del hijo amado (José, ahora Jesús), entregado en ofrenda (vendido, ahora crucificado) por la salvación de todos, que nos provee del agua viva y del alimento de la voluntad del Padre.
Digamos con Jesús cada día: “Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió y llevar a cabo su obra…” Y escuchemos su respuesta: “Ve, porque yo estaré delante de ti…”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 16 de marzo de 2014

Homilía Domingo II de Cuaresma, Ciclo A, 16 de marzo de 2014

“Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.”
Frente al dolor, frente al sufrimiento, el hombre queda absorto. Y en ese asombro incomprensible del sufrimiento humano el hombre tiende a resistirse y grita y correr como sí pudiéramos huir de el; o por otra parte absorber en él ese sufrimiento y hacerse uno con el hasta hacerse todo sufrimiento y quedarse en el barro del mal.
Jesús, el rostro viviente de todos los hombres y a la vez la Gloria del Padre y la impronta de su ser, ni resiste al mal ni se absorbe en el sufrimiento, sino que vive la metamorfosis del sufrimiento, del mal, en la Luz de la Resurrección, del ser verdadero del hombre como Gloria del Padre que traspasa la Cruz.
Por tres veces la tierra arde de luz por Jesús, en su Nacimiento la tierra se inundo de su luz y fue aclamada de la Gloria de Dios; en su Metamorfosis la montaña recibió los destellos de la Luz que emanaba del cuerpo de Jesús, tabernáculo del Hijo Amado, resplandor de la Gloria del Padre; y en su Resurrección que inunda la tierra con la novedad de la Luz de la Pascua de la muerte a la Vida, obra de la Gloria del Padre.
Todas nuestras oscuridades han sido iluminadas y recobramos la esperanza, porque hemos sido engendrados por Dios y para Dios vivimos, hemos sido reconfortados por su metamorfosis antes de la muerte ignominiosa, y hemos resucitado con Él de la muerte y del pecado.

“Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.”
Jesús, toma este tipo de decisiones en momentos claves de su vida. Algo importante está por suceder, y se lleva a estos tres testigos siempre. Los lleva con él y los hace subir a monte alto. Si lo que ha de suceder en este monte elevado es importante no lo es sólo para Jesús, sino también para estos testigos.
¿Podría ser de otra manera? ¿Podría ser que algo que es significativo para la vida de Jesús no lo fuera para sus discípulos, o podría ser que algo significativo para sus discípulos no lo fuera para él mismo?
Hay una correspondencia entre las experiencias de Jesús y las de sus discípulos. Pero cuando Jesús se lleva a sus tres testigos, lo que ha de suceder tiene una importancia capital no sólo para Él y sus discípulos contemporáneos, sino para nosotros sus discípulos que dependemos del testimonio de sus testigos elegidos para ser nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra conciencia.
A la vez este ascenso a lo alto es una purificación de la mirada de los testigos. Un verdadero ascenso interior para recibir un anuncio, para ser testigo de un misterio que contemplado debe transformar su percepción interior de una verdad tan superior como la de encontrarse caminando con Dios en la humanidad cotidiana de Jesús, y la de una Resurrección que transformará no sólo el frágil cuerpo de Jesús que verán traspasado, sino también el propio y el de los futuros creyentes.

“Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.”
Hoy, al recibir este evangelio de la metamorfosis de Jesús, estamos llamados a entrar en una tierra desconocida para que la habitemos y seamos la continuidad y el principio de una nueva generación de testigos y discípulos benditos (cf. Gn 12, 1-4ª).
Esta transfiguración es una transformación, una metamorfosis en su persona. Jesús se transforma a sí mismo, o sea, esta transformación no proviene de una acción externa a Jesús. Él se metamorfosea dejando expresarse en toda su persona a la divinidad que oculta su humanidad.
La transfiguración de Jesús está íntimamente conectada con la Encarnación del Hijo Eterno de Dios y su Nacimiento a quien llamamos Jesús, y con la Resurrección del cuerpo de ese Jesús que vuelve a su estado de Gloria visible. Y a la vez se haya a mitad de camino para preparar y disponer nuestra fe de manera íntegra y plena.
Jesús muestra esa condición única, que lo distingue de todos y de todo. No es como en Moisés donde su rostro queda iluminado por la Luz que irradia el Rostro de Dios. No es como la presencia de Dios que ve y escucha Elías pasar delante de él.
Aquí el cambio sucede en la persona toda de Jesús y su rostro resplandece como el sol, porque la Luz proviene de sí mismo. No el reflejo como la luna, sino la irradiación misma como el sol. Y sus vestiduras se vuelven transparentes a la Luz que hay en Él, esa es la blancura aludida.
Jesús que hasta ahora ha cuidado ser reconocido en su humanidad, pasa del anuncio de la resurrección incomprensible e inimaginable para los discípulos al acto de dejar que su carne resplandezca la Luz de la Vida que proviene de su ser divino.
Para nosotros esta transformación es fundamental para la integridad y la pureza de nuestra fe. Ya que es humanamente asequible la humanidad de Jesús, y de hecho tendemos a reducirlo a su pura humanidad, y su ser Dios, queda relegado a un segundo plano. Pero la fuerza y la gracia de la humanidad de Jesús viene justamente porque el que la porta es Dios, es la Luz, es la Vida misma. En Jesús hay una renuncia voluntaria a mostrar su divinidad, porque ha renunciado a ella para hacer con nosotros y por nosotros la experiencia de ser enteramente hombre. Pero no cambiaría nada si ese que renuncia no fuera Dios mismo.
Todas las búsquedas del hombre en la belleza del cuerpo humano quedan enaltecidas y alcanzan su verdadera respuesta en la belleza del cuerpo transfigurado de Jesús, belleza que ni la crueldad ni la muerte podrán destruir en Él y por lo tanto sí creemos en Él, tampoco en nosotros.
La humanidad contemporánea necesita reencontrase con este Jesús transfigurado en su divinidad, no como algo prestado o añadido, sino como algo propio de Él.

“De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.”
Si Moisés y Elías son los hombres de Dios, que contemplaron y hablaron con Dios, son ellos quienes mejor pueden dar testimonio que nos encontramos ante la mismísima presencia de Dios.
Y es un gran consuelo para ellos, Moisés y Elías, ver que lo que comenzó con ellos llega en Jesús a su plenitud, ya que Él es la plenitud misma al ser Dios-con-nosotros. Y así como trataron con Dios en la tierra, ahora tratan con Dios en Jesús después de muertos, como testimonio que Dios no quiere la muerte sino la vida y nos ha destinado a la resurrección, de la que ellos serán de los primeros en beneficiarse.

“Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.”
Esta experiencia de contemplación del cielo en la tierra, de la presencia de Dios en la persona de Jesús, esta experiencia de Luz radiante y de conversación divina con los dos grandes profetas –que vuelven a poner en el centro el tema de la Palabra y las Escrituras-, lo hace aspirar a Pedro a permanecer en esta experiencia. ¡Quién no quisiera lo mismo!
La contemplación de Jesús transformado en su humanidad en su divinidad, dejando traslucir e irradiar esa divinidad a partir de su humanidad, es una experiencia mística que deseamos retener, guardar y quedarnos en ella. Es un gran consuelo para nosotros. ¡Cómo no pedirlo o no desearlo!

“Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.”
Y como Dios no se hace rogar frente a semejante sincera expresión de fe, es el Padre mismo quien se encarga de brindar una confirmación de esta experiencia. El mismo Padre se conmueve ante la belleza de la humanidad reconciliada con la divinidad y habla a los testigos.
Una nube luminosa resguarda lo único que aún en la tierra no podemos contemplar, al mismísimo Padre, esa experiencia será para el momento de la resurrección, ahora nos basta con su palabra: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Si en el bautismo de Jesús, las misma palabras iban dirigidas a Jesús, ahora en la transfiguración esas palabras van dirigidas a los discípulos testigos, con el añadido, “escúchenlo”. Este escuchar a Jesús será ahora la forma de permanecer en la experiencia de la resurrección aquí y ahora. Las palabras de Jesús son palabras de vida para nosotros mientras caminamos hacia la resurrección final.

“Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”.”
Los discípulos por primera ve se prosternan ante Jesús. Hasta ahora solo lo han hecho aquellos que fueron sanados por Jesús. Pero ahora, a ellos los discípulos, los testigo oculares de los hechos y palabras de Jesús y de la obra del Padre y del Espíritu en Jesús, son los que se sobrecogen ante semejante regalo del cielo.
Y Jesús, que los ama, y los ha llevado a esta experiencia para crecimiento de esa fe de la que tendrán que ser testigos vivos, se acerca y los consuela tocándolos y dándoles esta orden divida que tanta veces escucharon y escucharán: “Levántense, no tengan miedo”.
Así el estupor que nos causa el dolor, la humillación y la muerte quedan transformados por el éxtasis de sur ser irradiante de Luz y Claridad, de Revelación y Contemplación. En esta postración ante su luminosidad surgente de su Vida divina, somos levantados por su mano amiga, cálida de consuelo y ánimo frente a todo lo que nos conmueve.
Esta experiencia se reedita en cada Eucaristía. En ellas somos testigos de la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre gloriosa de Jesús. Porque la Eucaristía no sólo es la actualización de la Pasión y Muerte de Jesús, de su sacrificio cruento, sino también de su glorificación. El Cuerpo y Sangre Eucarístico de Jesús es el de su estado glorioso, porque Jesús murió una vez y para siempre, pero vive en su gloria eternamente.
Eso es la adoración eucarística para cada creyente que frente a todas las humillaciones vividas viene a consolarnos con la luz de su transformación por la que somos transformados del dolor en esperanza.
Eso es la Luz de su Palabra, escuchada a solas con Él en el guardarla en nuestro corazón de día y de noche, caminando o en descanso, rezando o trabajando, fijo nuestros ojos y nuestros oídos en sus palabras de Vida que todo lo transforman en los que creen.
Y nosotros somos testigos al postrarnos ante Él de esa presencia gloriosa en medio de la transitoriedad y caducidad de este mundo. Pero es este mundo hay una presencia relevante y transformadora, que supera todas las formas de presencia y les da sentido a todas, y es la de Jesús Resucitado y Glorioso en la Presencia del Padre.

“Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.”
En el inicio de esta Cuaresma, cuando ya nos adentramos decididamente en ella, no podemos perder de vista hacia donde nos dirigimos y cual es nuestro alimento verdadero de cada día, y dónde está la Luz en medio de la oscuridad. “Porque, él destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible, mediante la Buena Noticia.”

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de su rostro.


P. Sergio-Pablo Beliera