domingo, 6 de abril de 2014

Homilía Domingo 5º de Cuaresma, Ciclo, A 6 de abril de 2014

“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Es la gran afirmación y la gran pregunta para hacerse esta última semana de Cuaresma.
Hablar de resurrección al mundo contemporáneo. ¿Cómo? ¿Desde dónde?
No es tan obvio para el mundo contemporáneo la experiencia de la resurrección aquí y ahora, por más que ella suceda delante de nuestros ojos y entre nosotros más de lo que somos capaces de percibir y reconocer.
Sin embargo, ¡que angustiosa y que delirante es la existencia humana sin un creer en la resurrección como obra de la fe!
¿Qué hacer con nuestras angustias de muerte? ¿Qué hacer con nuestras angustias frente a la muerte inevitable? ¿Qué hacer frente al dolor y el sufrimiento injusto que acucia a tantos contemporáneos? ¿Cómo tolerar nuestra fragilidad frente a la enfermedad, frente a los problemas inter-relacionales?
Para algunos es la negación, el olvido o la indiferencia el camino. Que al aceptarlo como solución, no hacemos otra cosa que experimentar la ausencia de solución. Y la angustia un día u otro vuelve.
Estamos los que pedimos el amparo de Dios frente a todos los acontecimientos para que nada nos pase, ni lo peor en nuestro horizonte, ni lo más insignificante que logra descolocarnos. Ahí gritamos con Marta y María: “Señor, el que tú amas, está enfermo”. “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto…”.
Necesitamos escuchar una respuesta novedosa, que nuestros oídos no alcanzan a escuchar, y que Jesús nos anuncia: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.
Esto es:
-       La existencia del hombre es mortal pero no es su destino la muerte.
-       Todo es para gloria de Dios porque la gloria de Dios es que el destino del hombre.
-       Todo es para que creyendo en Jesús, Hijo de Dios, glorifiquemos su humanidad y divinidad liberadoras de las ataduras de la muerte y del pecado.
Todos nosotros necesitamos esta respuesta, pero acogida en el corazón de nuestras existencias. Dios no quiere nuestra muerte sino nuestra vida, pero no sólo para un futuro, sino para el presente.
No negamos ni el dolor de la enfermedad, ni la angustia de la muerte, sin esa negación tenemos una gran oportunidad de afirmación de que es vivir y que es realmente morir, que es creer y que no es creer.
Las palabras del profeta Ezequiel no son un simple consuelo espiritual para no caer en la desesperación, sino una experiencia vivida, hecha carne en la existencia de los hombres que creen en Dios: “Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”.
Nuestras tumbas hoy son abiertas.
Hoy salimos de nuestras tumbas.
Volvemos hoy a Dios como pueblo suyo.
Hoy sabemos que en Jesús Dios es el Señor de la vida y de la muerte.
El espíritu de Dios es puesto en nosotros y experimentamos como la vida vuelve a nosotros.
Hoy sabemos que Dios dice y hace lo que es bueno para el hombre.
          No podemos vivir bajo los parámetros de nuestra limitada percepción de los acontecimientos, del sentido de la vida. Necesitamos esta revelación interior, que proviene desde el interior porque en ese interior es donde Dios ha venido a habitar. La lógica, si podemos llamarlo así, es muy distinta: “…si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.”
          Y, ¿cómo recibimos ese Espíritu de vida que resucitó a Jesús, cómo es que somos habitados por Él?
            La respuesta es tan directa que nos cuesta aceptarla desde el principio…
         Jesús al venir a nosotros no se ausenta de nuestras existencia aún a la distancia y el tiempo, porque ¿qué son las distancias y el tiempo para Aquel que creemos es Dios? Si Él ha venido a nuestro tiempo rompiendo todas las distancias, su presencia es total y definitiva. A fin de cuentas si Jesús amaba a Lázaro, Jesús permanecía junto a Lázaro, en Lázaro.
        Todo lo que Jesús hace en nosotros y por nosotros proviene de su Palabra, es de las palabras que salen de la boca de Jesús por las que vivimos, porque esa palabras penetran en nuestro interior y si hay alguien con el deseo y la voluntad de acogerlas, se forjará en él una habitación para esa Palabra, que ha venido a nosotros también a hacerse de nuestra carne. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”.
       “Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado… ¡Lázaro, ven afuera!” Es claro que por la Palabra de Jesús, el Hijo Amado, el Hijo Escuchado, los que creemos en Él podemos experimentar que Él vive en nosotros y que nosotros vivimos por su Palabra.
        La medicina del consuelo de la palabra de otro que es tan aceptada entre nosotros hoy, espera que nosotros volvamos una y otra vez a creer que la Palabra de Jesús pronunciada, escuchada, acogida y habitante de nuestras existencia tiene el vigor, la fuerza y la vida de hacernos resucitar aquí y ahora, para no morir jamás de muerte definitiva. “…creyeron en él”, con estas palabras termina el Evangelio de hoy. ¿Creemos también en Él?
      Los deseos de los discípulos, los de Marta y María, las preguntas de los parientes amigos y curiosos, necesitan de la pedagogía de Jesús que ha venido para que el hombre salga de sus cegueras y acoja la Luz de Jesús, el Espíritu de Jesús, la Resurrección de Jesús, y desde esta purificación podamos hacer la experiencia de creer, de creer creyendo.
        Y la gran paciencia y pedagogía de Jesús siempre culmina en hacernos pasar de su lado, en ser sus colaboradores, en ser servidores como Él, en hacernos partícipes de la obra de la vida y por eso nos invita hoy: “Desátenlo para que pueda caminar”.
         Vayamos también nosotros desatados por la fe en Jesús Resucitado y resucitador, a desatar todas las experiencias de pecado y de muerte que atan y oprimen la existencia de los hombres.
       Padre, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 30 de marzo de 2014

Homilía Domingo 4º de Cuaresma, Ciclo A, 30 de marzo de 2014

El dramatismo de algunas vidas parecieran no albergar ninguna esperanza. Por lo menos así lo ven los reguladores de las vidas ajenas, los pragmatistas, los eficientistas, los escépticos, los racionalistas,
Tal vez sea mejor no tomar posición frente a una vida y más bien interactuar con ella con el ánimo de extraer lo que no se ve a simple vista, lo que no se puede concebir por la simple suma de elementos, lo que nos resulta fuera de lo imaginable pero no fuera de lo posible.
Así es Jesús. Siempre un paso adelante de lo obvio, siempre con un palpitar bien ubicado, con una renovada sensibilidad, frente a lo humano.
Él que tiene esa capacidad única de descubrir a la persona, hoy no sólo lo hace una vez más, sino que se deja descubrir. Da la oportunidad de ser descubierto paulatinamente y a la vez de manera clara por un ciego de nacimiento.
Este ciego nos representa a todos nosotros, pero no por la ausencia de luz, no por la presencia del pecado, sino por la maleabilidad de su persona, como decimos aveces, se deja hacer en varios encuentros significativos.
¿Somos maleables? ¿Somos materia disponible?
Es la revalorización de lo simple, del gesto y la palabra, que el hombre necesita una y otra vez para salir de sus atolladeros.
Es la consagración de la inutilidad de nuestros pensamientos contaminados por la ideología, o por el prejuicio, el preconcepto desanimante de tantos que como ellos no pueden o no quieren hacer nada por el otros se la pasan desanimando a los demás para que tampoco lo hagan. 
Los detractores de siempre, los que siempre quieren vivir en lo conocido y no conciben que exista o pueda suceder algo más que lo que ellos conciben. Apologetas de la desesperanza. Fieros defensores del no puede ser. Sacerdotes del culto al no. Estos no tienen parte en el descubrimiento de Jesús, se quedan afuera porque se han cerrado la puerta a sí mismo.
En vez están los que se animan a creen frente a la evidencia de los gestos y las palabras de Jesús. 
Los que se dejan tocar por las palabras de Jesús que dirige el camino hacia la sanación, hacia la confesión.
Dar testimonio de Jesús primero de la incipiente experiencia de su persona: es Jesús un hombre como nosotros.
Luego de un descubrimiento mayor: es un Profeta que hace las obras de Dios.
Y finalmente frente a Jesús dar el gran testimonio: "creo Señor" que tu eres el Mesías, el Enviado del Padre.
Esta fe que recibimos en el Bautismo y que estamos llamados a testimoniar con la propia vida porque no hay otro recurso más original y eficaz.
Hoy renovamos este descubrimiento esencial de Jesús por nosotros y de nosotros por Jesús y así por todos los no descubiertos.

P. Sergio-Pablo Beliera


domingo, 23 de marzo de 2014

Homilía Domingo III de Cuaresma, Ciclo A, 23 de marzo de 2014

“Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”.
Jesús pide de beber. Ese pequeño detalle, expresa una necesidad, y el deseo de saciar esa necesidad. Sólo dos veces en el evangelio Jesús pedirá de beber, esta es la primera, y la segunda y última será en la cruz, con la expresión: “tengo sed”.
¿Qué me dice esto primeramente? Me quedo en silencio un rato y percibo que si Jesús no expresara su necesidad, a mí me sería más difícil expresar la mía. Su explícito pedido: “dame de beber” me saca de toda situación en la que me cueste pedir la ayuda necesaria. Jesús tiene sed y me lo dice, me pide del agua que yo recojo cada día. Eso lo vuelve cercano, necesitado como yo y cada ser humano.
Pero esa necesidad, me abre a darle de beber, pero a algo más: a pedirle yo de beber a Él, a expresarle mi sed, mi necesidad.
El agua que la samaritana recoge en el pozo es agua de las profundidades, no es agua de la superficie como podría ser un río u arroyo, ni siquiera es un manantial que brota a la superficie. Es agua de un pozo, agua de las profundidades. Es agua fresca e incontaminada.
Es a su vez, agua del pozo del último patriarca, de Jacob. Ese pozo de agua representa muy bien el pozo de la fe de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, una fe en el Dios único y trascendente que se manifiesta al hombre y lo pone en camino hacia la promesa de una tierra nueva y una descendencia nueva.
“Dame de beber”. Jesús se ha despojado de todo, por eso conoce la sed. A renunciado a saciarse a sí mismo para conducirnos El mismo a la fuente de la saciedad oculta en su humanidad.
El hombre tiene sed y es Dios quien la puede saciar.
Señor Jesús , vengo con mi cántaro vacío a recoger agua y te encuentro a ti, ¿qué más podría pedir ya? Pero cómo aún no te conozco y tu apariencia me oculta lo que mis ojos no pueden ver, tu abres el pozo de tu boca y con tu pedido: “Dame de beber”, comienzas a hacer manar un diálogo con el que me saciarás, aquí estoy llena mi cántaro con el don de tu presencia, de tu persona y de tu Palabra.
Jesús sacia nuestra sed con el manantial de agua viva que lleva en las profundidades de su humanidad. Allí en lo íntimo de su corazón está ese manantial de agua viva, y para que ese manantial brote dejará que traspasen su corazón, primero mi situación de pecado y fragilidad, luego la cruenta lanza. Allí donde reside el agua viva de su amor, allí irá mi fragilidad y pecado y la lanza, para abrir la fuente de un amor que no lo puede vencer ni el pecado, ni el odio, ni la muerte.
Llena pues entonces mi cántaro vacío con esta agua viva de tu amor. ¡Pero que digo!, si ya has llenado el  cántaro de mi existencia y lo has desbordado por las aguas del Bautismo que ahora llevo en mi: "...a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios."
Y si la expresión de esa necesidad, establece un diálogo, la siguiente sorpresa que Jesús nos depara es que el dialoga con entera libertad: “ ‘¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?’. Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.”
Jesús trata con el hombre, entra en diálogo con él, sin prejuicios, sin condicionamientos, con entera libertad y determinación.
¿Tenemos la misma libertad de hablar con Jesús como Él la tiene de hablar con nosotros y de expresarnos su determinación a entrar en diálogo con nosotros? Siempre es sorprendente esta liberalidad de Dios respecto de la condición de la persona que tiene enfrente.
Este diálogo abierto por Jesús es conducente a un diálogo más profundo, más hondo: “Jesús le respondió: ‘Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’ tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva’.”
Conocer el don de Dios…
Conocer quien es el que dice: “dame de beber”…
Conlleva a pedir con libertad y determinación…
Y recibir libremente el don de “agua viva”…
El don de Dios es Jesús mismo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.”
El que pide es el que da: “(La Palabra) estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció.”
Jesús indica el camino y siembra el enigma para darnos la posibilidad de pedir más, ir por más, de ahondar más, de conocerlo más.
¿Qué es esa agua viva de la que habla? “Señor… no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?”.
¿De dónde…? ¿Eres acaso más grande que…? Siguen siendo las preguntas del hombre frente a la presencia de Jesús que se muestra disponible a llevarnos, a darnos una agua viva, una plenitud insospechada, aunque deseada como el anhelo más subterráneo de la existencia humana.
El hombre sigue preguntándose si verdaderamente necesita a Dios, si verdaderamente necesita a Jesús, si verdaderamente necesita lo que Él es y tiene para darnos…
Lucha con estas preguntas… ¿Jesús tienen una plenitud para mí mayor que la que yo puedo alcanzar por mí mismo? ¿Porqué debo necesitar de Él y no puedo bastarme a mí mismo? ¿Porqué debo ponerme en camino donde Él me indica y conduce y no puedo elegir mi propio camino?
Es una angustia existencial vigente en cada vez que tomamos una bocanada de aires sin Dios, saciamos nuestra sed sin Dios… El hombre se angustia con esta relación, con este diálogo propuesto, aún cuando reconoce que necesita ese diálogo, esa relación… Es una lucha interna, profunda, profusa, subyacente a todo…
El motivo de salida de la encerrona de semejante paradigma, de semejante enigma, de semejante cuestionamiento proviene de la misma boca de Jesús: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Eso el hombre no puede hacerlo por sí mismo, para sí mismo, ni para los otros. Jesús lo da, Jesús lo brinda, Jesús lo posee abierto para que brote y yo beba…
Así lo expresa Pablo: “…la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.”
En su Cruz, a través de la ofrenda de su vida, Jesús abre el manantial del que brota el agua viva hasta la Vida eterna. De su amor al Padre brota para la humanidad el manantial de un amor que se derrama en nuestros corazones a través de la fe en Jesús. De ese manantial bebemos, de ese manantial bebemos la fe, de ese manantial bebemos la verdadera adoración al Padre en “espíritu y verdad” y nos hacemos adoradores de Dios y no de nosotros mismos u otros ídolos humanos.
Del manantial de Jesús bebemos el agua viva de la verdad sobre nosotros mismos, desde esa agua viva se nos revela nuestro propio corazón que erraba por aquí o por allá y que ahora se encuentra con el don mayor e insustituible. Desde ese manantial de agua viva dejamos de negar o soslayar lo que no alcanza nuestra razón o sensibilidad, o lo que pude o no puede nuestra voluntad o libertad, porque nos hacemos abiertamente receptores de este Don único.
Se nos revela y es aceptado por nosotros el don: “Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo”. Jesús le respondió: “Soy yo, el que habla contigo”.
Fuerte y única la experiencia de encontrarnos frente a frente con quien debía venir y ahora está frente a mí: “Soy yo, el que habla contigo”.
Lo que conciente o inconcientemente buscaba mi corazón, de una u otra forma, ahora está frente a mí: “Soy yo, el que habla contigo”.
“Soy yo, el que habla contigo”, dice el Manantial de Agua Viva.
¿Soy capaz de revelarme también yo frente a Jesús que me buscaba pidiéndome “dame de beber” y decirle: “soy yo, el que habla contigo”.?
Señor, “mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente” (oración colecta).
Entrar en ese dialogo con Jesús desde su Misericordia, eso es la vida de la que brota el agua viva. Saciar su sed, su sed de mi amor, que Él no ha olvidado ni despreciado. “Tengo sed” de tu presencia y de tu voz, de tu mirada, de tu corazón, de tu existencia, nos dice Jesús el “Agua Viva”. El “Agua Viva” tiene sed, la sed que el hombre tiene, es absorbida por la sed de Jesús y saciada por su mismo amor al Padre y a los hombres. En su persona queda resuelta la paradoja de ser “Agua Viva” y a la vez “Tengo Sed”.
Las aguas vivas del Bautismo brotan de un Dios sediento de amor gratuito, porque gratuitas son sus aguas que nos sacian hasta la Vida eterna, porque brotarán de la eterna Trinidad por el costado de Jesús en el Cuerpo de su Iglesia.
“...el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”. No sólo nos has dado de beber y saciado nuestra sed, sino que nos haces el don de convertirnos en manantiales de agua para saciar la sed de los que te buscan como nosotros, porque nada que venga como un don puede no ser un don para los otros. Si nos volviéramos indiferentes a dar el don que nos has hecho nos desdeciríamos de ese don sagrado.
No seamos cristianos insatisfechos cuando lo hemos recibido todo, y no dejemos a nuestros hermanos insatisfechos con un don tan grande.
La Iglesia así, se abre con Jesús a la sed del hombre y la sacia con el que vive en sus venas de Esposa y Madre, Jesús fuente de vida.
Y nosotros somos esa Iglesia que sale a los pozos a esperar el encuentro con los sedientos de Dios.
El corazón rasgado de Jesús, es el Cielo abierto de la Trinidad, es el corazón abierto de los hijos de la Iglesia a los hombres sedientos.
Ahora que he encontrado y he recibido el Don a través del Bautismo, de los Sacramentos, de la Palabra de Vida, de la vida en la Iglesia, de la Caridad entre hermanos pobres: ¿vivo con el Don? ¿Vivo del Don? Sólo lo podremos comprobar si otros vienen y dicen: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Si vivo del Don, doy el Don y otros lo reciben y proclaman agradecidos: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.
Recuerda que has sido encontrado en el pozo del padre (Jacob, ahora el Padre Dios) del hijo amado (José, ahora Jesús), entregado en ofrenda (vendido, ahora crucificado) por la salvación de todos, que nos provee del agua viva y del alimento de la voluntad del Padre.
Digamos con Jesús cada día: “Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió y llevar a cabo su obra…” Y escuchemos su respuesta: “Ve, porque yo estaré delante de ti…”


P. Sergio-Pablo Beliera