lunes, 19 de enero de 2015

Meditación de Mc 2,18-22

El Evangelio de hoy, Mc 2,18-22, nos trae las palabras de Jesús en las que el como novio nos revela su alegría de estar con su novia que somos nosotros. El nunca está triste cuando está con nosotros, el se diente de fiesta entre nosotros, fiesta de bodas, la más feliz de todas las fiestas. No hace sacrificio cuando está con nosotros ni se priva de nada en nuestra presencia, por eso lo vemos tan a menudo comer con pecadores y publicanos. 
En la Eucaristía de cada día se encuentra con nosotros y se sienta a la mesa de fiesta que le hemos preparado, pero que es principalmente la mesa de fiesta que Él nos ha preparado y donde nos sirve el manjar de un pan de vida y una bebida de salvación, pidan nuevo y vino nuevo. Llegamos a la Eucaristía con nuestras preocupaciones o alegrías, pero todas ellas deben quedar a un lado una vez que estamos en la mesa del Señor, porque ahora estamos con el novio divino y ya no hay de qué preocuparse o alegrarse sino es de El mismo. Cuando comulgamos su Cuerpo y su Sangre recibimos toda la novedad de Dios eran nuestras vidas y es deber de correspondencia de amor recibirlo en odres nuevos de vidas nuevas el esposo ha llegado y nos abre la puerta para que pasemos con el al gozo ¡Cuántas Eucaristías sin novio!
Y cuando esa mesa de fiesta se prolonga en la Adoración de su Cuerpo y Sangre entregada y resucitada que permanece junto al Padre, ¡Cómo no alegrarnos! Es la fiesta del cielo en medio de nuestra humilde y reseca tierra.
En la Adoración Eucarística estamos con el novio divino, Hijo Amado del Padre, como estar tristes, como aunar del manjar de su presencia, nos vemos atraídos por si alegría de estar a solas con nosotros, cara a cara, nuestra preocupaciones que son frente a su presencia amorosa! Que son nuestras alegrías frente a semejante gozo que es el suyo de estar junto al Padre y por lo tanto hacernos ya aquí y ahora estar junto con Él junto al Padre.
No hagamos de nuestro privilegio de Adoración Eucarística un velorio de nuestras muertes de pensamientos y sentimientos heridos, estamos con el Amado, basta ya...
Cantemos canciones de amor en nuestra adoración del Señor Amado. Ya habrá tiempo para las preocupaciones, ya no importan tanto nuestras alegrías que no provienen de Él y que no van a Él. Nuestro corazón, toda nuestra persona tiene que ser un odre nuevo que acoge el vino nuevo de la persona de Jesús Eucaristía.
Y cuando dejamos la mesa de la Eucaristía y de la sala nupcial de la Adoración Eucarística no nos vamos tristes sino llenos de su presencia amorosa que nos devuelve a esa mesa y a esa sala para encontrarnos con el Amado. A fin de cuentas Él se va con nosotros porque permanece con nosotros aunque no lo veamos como en la Eucaristía.
Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo...

domingo, 18 de enero de 2015

Homilía 2º Domingo TO, Ciclo B, 18 de Enero de 2015

La voz de Jesús resuena aún en el aire. Como un eco perdurable…
Sí, esa pregunta que ha traspasado todos los corazones abiertos permanece aérea para seguir hiriendo el alma de los hombres que caminan, que se ponen en marcha tras un sentido inspirador… “¿Qué buscan?” “¿Qué quieren?”
Es esa voz única, la del “Cordero de Dios”, la que mejor dice esa pregunta que necesitamos descienda desde él hasta nuestros oídos: “¿Qué buscan?” “¿Qué quieren?”
Pero como sabríamos que a nosotros te diriges sin ese gesto tuyo… “Él se dio vuelta”… Nosotros te seguíamos a ciegas, bajo la influencia sonora de otros “Este es el Cordero de Dios”, pero es a nosotros a quien miras ahora tú Cordero Inocente y Puro, hacia nosotros te has vuelto… Y ahora sabemos que a nosotros te diriges.
En ese instante nuestras miradas asustadas por la sorpresa, fueron buscadas por tus ojos de Cordero Inocente, y en ese contacto de tú mirada decidida con nuestra tímida mirada, nos has preparado el corazón para acoger tu dulce pregunta en tu tierna mirada.
Ahí, entre tenerte de frente mirándonos y la fuerza tierna de tu voz hemos acogido la pregunta y hemos sabido la sorprendente respuesta de nuestra alma… “Maestro, ¿dónde vives?”
Buscamos donde vives, para vivir contigo. Buscamos donde despliegas tu vida para que ella despliegue la nuestra. Buscamos Vida y en la conciencia de un instante nos percatamos que la hemos encontrado y allí queremos permanecer… “Maestro, ¿dónde vives?” para que pongamos nuestra carpa donde tú la has puesto, queremos morar donde tú moras…
¿Tendría sentido otra cosa? Esta pregunta me ayuda a ser conciente de mis pies de barro, de mis confusiones, de mi ir a otros y no a vos Maestro. Porque como Samuel, hemos decidido seguirte pero cuando nos llamas vamos a lo conocido y no sabemos reconocer tu voz y lo que eso implica. Es como si de golpe fuéramos niños bien intencionados y encaminados pero desorientados. No tiene sentido, y por eso volvemos del sin sentido al sentido una y otra vez. No permitas que nos quedemos ahí dando vueltas sin llegar a tu santa y única presencia y decirte… “Habla, porque tu servidor escucha” porque no basta el “Aquí estoy” o el “Aquí estoy, porque me has llamado”.
Hay que entrar en la casa donde resuena su voz… Hay que escucharlo en el hogar de la Palabra y de la escucha… “creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras.” Una otra vez crecer en la presencia del Señor que permanece a nuestro lado y no dejar que se pierda ni una de sus palabras que nos son confiadas. El tesoro de la escucha de la Palabra que resuena y hace crecer.
Es que no hay movimiento verdadero si no es hacia el Señor. Es que ese movimiento verdadero pierde su sentido si no entramos en la escucha de su Palabra y nos quedamos a vivir con Él para aprender como discípulos. Toda llamada crece en la escucha y en ella debe permanecer. Todo discipulado es con un Maestro que enseña palabras de Dios. Sin Él no hay ni llamada ni discipulado. Tal vez aquí es donde se malogra nuestra llamada y nuestro discipulado.
Se necesitan hombres de Dios adultos, consientes de su miseria frente a la trascendencia de Dios, que nos señalen a Dios como Elías y Juan Bautista… “Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”., como el mismo Andrés y el otro discípulo… “Hemos encontrado al Mesías”... Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo…”
Se necesitan hombres deseosos de ser discípulos del Maestro que nos ha sido dado y dispuestos a permanecer en la escucha de día y de noche para crecer al ritmo de sus enseñanzas. Y quien se ha venido a vivir con nosotros, vive en nuestras vidas, entre nuestras historias, merodea nuestras existencias de cada día para llamarnos y enseñarnos.
¿Queremos seguir y aprender?
¿Queremos aprender y crecer?
¿Queremos concientes de nuestra debilidad señalar al Gran Dios del Encuentro en el camino hacia el Maestro Jesús?
Los que han llegado a ser discípulos en este encuentro cara a cara, mirada con mirada, voz con oído, pregunta con corazón, respuesta con invitación, y han permanecido allí, saben que no se han equivocado y que ya no necesitan ir más de aquí para allá porque Él ha venido hasta nosotros y tiene su casa entre las nuestras y nosotros podemos vivir en la suya para siempre… “¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen…”
Tal vez una de las ideas que más atentan contra un verdadero discipulado es que “yo soy mío”… y “con lo que es mío hago lo que quiero”… Nada más errado para quien no se ha podido dar origen a sí mismo ni al universo que lo circunda. Somos habitados por Dios que nos ha hecho su templo y habitamos el universo salido de sus manos. No somos dueño de nada ni de nadie. Pero sí pertenecemos a Dios y su llamada a permanecer en esa relación mutua de comunión de amor y de vida es constante. Llamativamente le decimos a las personas que amamos y que nos aman… “soy tuyo” “sos mío” y nada es cuestionado en este orden. Pero, cuando el que está en juego es Dios, esa pertenencia y permanencia en una mutua relación recibe muchos peros…
Es el Señor mismo quien nos libra de esta trampa al decirnos hoy ... “Vengan y lo verán”… Respuesta más que satisfactoria para el hombre contemporáneo, tan renuente a lazos con Dios en los que pierda el control. Pero en ese ir y ver donde vive, algo irresistible surge, y ya no somos los mismos nunca más por más que después nos desentendamos de distintas maneras, haber ido y visto su humilde morada y la intensidad de su vida y su palabra, no se olvidan facilmente.
Vayamos y permanezcamos junto al que ha venido y permanece entre y en nosotros porque “Este es el Cordero de Dios”.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 11 de enero de 2015

Homilía Solemnidad del Bautismo del Señor, Ciclo B, 11 de enero de 2015

Hoy, con Jesús estamos de camino a las aguas purificadoras del Jordán para sumergirnos en ella en una gran comunión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que reconocen su necesidad de misericordia y por lo tanto reconocedores de la existencia del misterio del mal en sus corazones, en sus mentes y en sus acciones.
Y a la vez, emergemos con Jesús de esas aguas para iniciar un camino nuevo e inexplorado hasta sus últimas consecuencias. Jesús inicia y abre este sendero estrecho que implica poner nuestras huellas sobre sus huellas. Es un sendero de comunión con el Padre que el Espíritu descendente envuelve y confirma.
Jesús en su bautismo ha acabado el tiempo de penitencia de Juan el Bautista e inaugura en su persona el camino del gozo del ser Hijo Amado y Ungido por el gozo del Espíritu Santo. Es un camino de paz y de gozo.
Con Él emergemos cada uno de nosotros por el acontecimiento de nuestro bautismo que nos ha unido definitivamente al camino estrecho de Jesús, que es el de la supremacía de la comunión con el Padre y la fraternidad universal con los hombres. No necesitamos más y de ahí su estrechés, no por su dificultad sino por su carácter único y de “una sola cosa necesaria.”
Jesús inaugura así el camino de comunión con todos los hombres que buscan más allá de sus horizontes mentales (filosóficos, ideológicos y culturales), de sus horizontes afectivos (raza, familia y amistades), más allá de sus horizontes temporo-espaciales (país, edad, ganancias y beneficios, dinero), explorando en el horizonte del corazón del Padre. Allí en ese gran Corazón se descubre en la voz del Padre como Hijo… “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”… ¡Se le puede decir a alguien que comienza un camino algo más consolador y a la vez fortalecedor y centrante! Claro que no… El ser Hijo es la mayor aspiración a la que se puede tener una remota imaginación… Cuando se es Hijo se es todo… No hay experiencia alentadora que esa… Todo lo demás es consecuencia directa de ella…
A esa experiencia de Hijo todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas tenemos que sumergirnos y de ella tenemos que emerger en un movimiento continuo y por lo tanto sin interrupción… Somos hijos en el Hijo… Nuestra condición de hijos ha emergido de la inmersión y emerción del Hijo Jesús… “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”
Además, como abriendo el contenido de esa condición de Hijo, el Padre declara su amor al Hijo…“Tú eres mi Hijo muy querido…” El Hijo es amado… Es la mayor y porque no la única experiencia de interrelación que se merece y se necesita… Amado el Hijo Jesús se vuelve inmediatamente en Amante, y como Amante de la gratuidad de Amor del Padre, se dona totalmente a sí mismo emergiendo de entre las aguas para mara a todos los hombres como Él es amado y nunca menos…
Nosotros hijos de este Hijo Amado, querido gratuita e incondicionalmente por el Padre fuente y cumbre de todo Amor, nos levantamos de nuestra existencia hasta elevarnos a la más alta dignidad de Amor, movidos por el seguimiento de este Hijo Amado. Y nos desparramamos por la vida cotidiana con esta experiencia y convicción para amar más allá de lo conocido y percibido, guiados por la elección de Amor del Padre y del Hijo… “Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes.” No miramos razones, motivos, oportunidades, metas, objetivos, deseos… no, vamos por la más alta movilización que es querer lo que el Padre ha querido para el Hijo y que el Hijo ha experimentado para todos nosotros.
Y si se es Hijo y se es Amado, entonces no es imposible que el Padre culmine sus palabras afirmando… “…en ti tengo puesta toda mi predilección”… Bella y reconfortante experiencia que ser amado y amar como se es amado por el Padre ya es complacencia y predilección del Padre. Antes de toda obra de Jesús, el Padre lo llama su predilecto… El Hijo Jesús no necesita hacer nada para que el Padre se sienta complacido. El Hijo Jesús no tiene porque hacer nada para ganarse la aprobación del Padre, ya la tiene por no pretenderla, por haberse sumergido en la silenciosa y cotidiana interrelación de Amor… Y sin pedir nada a cambio el Hijo se ha puesto en marcha, no con el fin de destacarse sino de consustanciarse y asemejarse al Corazón del Padre.
Nuestra condición de hijos de Dios nos asemeja a Jesús Hijo. Y esa semejanza reclama ir hasta el fin de la experiencia, hasta la gratuidad total, hasta la incondicionalidad mayor, hasta la plenitud de Gozo, hasta el extremo de Amor… No somos semejantes a veces, hemos sido hecho capaces de ser hijos como Jesús Hijo cada vez en un profundo continuo Amor sostenido por ser amados de antemano, no después de… sino antes que…
Este es el gran anuncio que la humanidad necesita de cada uno de nosotros aquí y ahora… Cristianos hechos de otra materia ya no son cristianos. Hijos de Dios hechos de otra experiencia ya no son hijos de Dios. Hijos hechos a otra semejanza ya no pueden ser reconocidos por el Hijo Amado Jesús.
Esta es la fuente de gozo y paz de Jesús, y es la fuente de alegría y la fuente pacificadora de nosotros sus discípulos, hijos en el Hijo…
Renunciemos como María a nuestro ego que pretende conseguirlo todo y tener logros por sí mismo porque no soporta ser nosotros. María es la gran hija colaboradora del Padre que engendra al Hijo por la fuerza vital del Espíritu. Como María pidamos hoy… “concede a tus hijos, renacidos del agua y del Espíritu, perseverar siempre en el cumplimiento de tu voluntad.”


P. Sergio-Pablo Beliera