domingo, 6 de diciembre de 2015

Homilía 2º Domingo de Adviento, Ciclo C, 6 de Diciembre de 2015

Un antiguo dicho popular campero dice: “el burro adelante para que no se espante”, que se aplica en general a aquellos que se ponen por delante de los demás, cuyo ego los hace decir ‘yo’ antes que ‘nosotros’. También podríamos recordar lo que se dice como “guerra de egos” cuando las personas compiten entre sí, sin darse tregua ni respiro, por el protagonismo.
Dios, nuestro Dios, carece de esta experiencia, por el contrario no duda ni le ‘tiembla el pulso’ por ponerse por detrás de todas las cosas, aunque ellas de hecho sólo puedan subsistir por su influjo y presencia.
El evangelista Lucas lo hace notar al colocar el nombre de Dios detrás de una larga lista de ‘poderosos’ de este mundo: “Tiberio … Poncio Pilato … Herodes … Filipo … Lisanias … Anás y Caifás, Dios…” Siempre resulta sugestivo como Dios nos transmite las cosas, allí en una lista de nombre con sus cargos de emperador, gobernadores, tetrarcas y sumos sacerdotes, Él aparece sólo como Dios a secas, sin preámbulo alguno.
Y no sólo eso, este Dios, nuestro Dios, aparece para una acción concreta y sorprendente: para llamar a un desconocido (Juan) hijo de un desconocido (Zacarías) trayéndolo desde el desierto.
Un Dios último y sin títulos ni prerrogativas que llama a uno que se le parece.
Un desconocido a los ojos de los hombres cuya única virtud es la escucha vivida en el silencio de algún lugar ignoto.
Dios viene pues, para llamar en medio de una historia que se crea sus propias reglas, pero en la que Él actúa sigilosa y directamente no por el uso del poder y la riqueza, sino por el uso de la Voz que resuena en uno que vacío de sí mismo y desapegado de todo, está libre para escucharlo y hacer lo que Dios le susurra al oído interior.
Tal vez el remedio de Juan, sea el indicado a tantos insatisfechos.
La primer Palabra proviene de Dios y esa Palabra se desliza suavemente en los corazones y oídos trabajados en el silencio que permite la escucha, y entonces sí decir a los otros las palabras de Dios, convocar y actuar.
Juan, está en el buen lugar que puede sincronizar con el lugar que ocupa Dios en esta historia cuyos verdaderos protagonistas e impulsores a veces desconocemos flagrantemente.
Juan, nos da la clave de cómo se actúa en la historia detrás del impulso de Dios, siguiendo el impulso de Dios.
Juan, da su lugar adecuado y suficiente a la conexión con Dios y dispone toda su persona para eso. Es su ocupación principal y la que permite que escuche y actúe en el sentido adecuado, necesario e imprescindible.
Un desequilibrio en la hiper conexión con el mundo y sus asuntos, en cantidad de tiempo, espacio y preocupación; conlleva una ineficaz conexión con Dios y sus asuntos que son los que verdaderamente sostienen el mundo. Miles de ruidos, miles de imágenes, decenas de puntos de atención, nos limitan, condicionan y entorpecen.
Cómo Juan, nos tenemos que hacer desde el silencio y la escucha, desde el llamado de Dios y sus planes.
Como Juan tenemos que ser libres de ser lo que Dios nos ofrece ser y hacer. Como Juan debemos abrazar nuestra vocación no por ligaduras de tradición, de destino impuesto o cómodo, desde capacidades o supuestos talentos conocidos (¿quién sabe a ciencia cierta cuales son verdaderamente todos sus talentos si no hemos explorado más que dentro de un frasco?). Juan que por tradición familiar debía ser sacerdote y estar en el templo, lo encontramos orante en el desierto, puro pero lejos del centro de pureza ritual y social de su época. Será un profeta. ¿Dónde está nuestra profecía?
“(Juan) comenzó entonces a recorrer… anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados…”
Dios se introduce en la historia e introduce a sus elegidos, para una misión de cambio radical, profundo, que nos devuelva la integridad perdida, la plenitud de las potencialidades y fuerzas que Él nos ha dado. Esto, está poética y pictóricamente expresado en las palabras del profeta Baruc, que acabamos de leer.
“Paz en la justicia” y “Gloria en la piedad”
“Dios conducirá (a su pueblo) en la alegría,
a la luz de su gloria,
acompañándolo con su misericordia y su justicia.”
O como dice san Pablo hoy: “Estoy firmemente convencido de que Aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús.”
¿Encuentra Dios en nosotros, silencio, escucha y disponibilidad para esta obra a completar?
“Levántate, sube a lo alto, y contempla la alegría que te viene de Dios.” (Bar 5, 5; 4, 36)


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 29 de noviembre de 2015

Homilía 1° Domingo de Adviento, Ciclo C, 29 de Noviembre de 2015

El Adviento, por su propia dinámica vuelve nuestra mirada hacia la Historia de la Salvación recorrida por nuestros padres en la fe que culmina con la Encarnación del Hijo de Dios, hacia la venida continua de Jesús como Señor en la Eucaristía celebrada por la comunidad cristiana (que es a vez Palabra y Caridad en acción), y finalmente hacia la Venida definitiva de Jesús como Señor a instaurar el Reino del Padre por los siglos de los siglos.
Es un movimiento que nos hace mirar el pasado, el presente y el futuro desde la mirada de un Dios Misericordioso, que en medio de todas y cada una de las circunstancias de la humanidad peregrina, nos acompaña desde las entrañas de la misma humanidad, para ascender hacia nuestra plenitud como hijo de Dios y como pueblo de Dios. Es un movimiento que lo envuelve todo hacia una plenitud insospechada, mientras confesamos: “A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío, yo pongo en ti mi confianza…” (Sal 24, 1)
Se trata, por nuestra parte, de “salir al encuentro de tu Hijo que viene hacia nosotros”. Salir al encuentro del Dios que ha salido hacia nuestro encuentro. Es su venida lo que nos mueve a salir. Él sale hacia nosotros y nosotros entonces nos animamos a salir hacia Él. Dios busca al hombre y entonces el hombre haciéndose consciente de esa búsqueda, sale a buscar a Dios que viene y no cesa de venir.
Buscar al Dios que nos busca es el camino ascendente del hombre que va cantando y confesando: “Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.” (Salmo 24, 4-5a.)
Dios nos muestra el camino y nosotros damos el paso.
Dios nos enseña el sendero y nosotros nos ponemos en marcha.
Dios nos guía y nosotros nos metemos por la espesura del camino de su fidelidad, porque Él es nuestro Dios y nuestro Salvador, que no se desentiende de nuestro destino.
Ese Dios que alcanzó su plenitud de manifestación en Jesús Muerto y Resucitado, y que nos alimenta en nuestro peregrinar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, es el que nos hace salir a su Encuentro mientras caminamos, haciéndonos “crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás”.
El hombre que ha salido al Encuentro de su Dios cada mañana, alimentado por su Presencia, se afirma en esa búsqueda ascendiendo hacia la Caridad mutua de hermanos, creciendo una y otra vez, siempre creciendo. Con la conciencia comunitaria que nos dice: “hagan mayores progresos todavía”.
Nadie puede salir al Encuentro del que Viene a nosotros, sino no los hace con los mismos sentimientos con los que Él mismo Viene y espera encontrarnos. Es el hombre y la comunidad que escucha y guarda fielmente la Palabra del Señor que nos ha pedido: “Estén prevenidos y oren incesantemente”.
“Estén prevenidos”. Nos prevenimos con “la práctica de las buenas obras” de misericordia porque ellas nos purifican en nuestra mirada, en nuestra intención, en el uso de nuestro pensamiento y corazón, en la entrega de nuestra libertad individual por una libertad común, ensanchan nuestro horizonte, nos enseña desde el llano y desde un hermano.
Por eso:
Demos de comer al hambriento.
Demos de beber al sediento.
Demos posada al necesitado.
Vistamos al desnudo.
Visitemos al enfermo.
Socorramos a los presos.
Enterramos a los muertos.
Enseñemos al que no sabe.
Demos buen consejo al que lo necesita.
Corrijamos al que está en el error.
Perdonemos las ofensas.
Consolemos al triste.
Suframos con paciencia los defectos de los demás.
Roguemos a Dios por vivos y difuntos.
“Oren incesantemente”. Oremos incesantemente desde la Eucaristía donde Jesús permanece en medio de nosotros intercediendo por nosotros y con nosotros. Alimentando y alentando que crezca nuestra hambre y nuestra sed de Dios. Dejando en cada Eucaristía de ser suficientes, reconociendo que sólo con Dios somos imbatibles. Sólo desde un alma alimentada por Jesús en la Eucaristía podemos mantenernos incesantes en la oración ya que Él que es el Único Orante verdadero porque escucha y hace lo que el Padre le dice, y se hace uno con nosotros en el camino.
La Eucaristía es la oración incesante que clama al Padre, que es recibida y dada por el Espíritu, ya que en la Eucaristía el creyente hace suya la oración propiamente de Jesús, la que siempre brotó y brota de su Corazón: “Padre que se haga tu voluntad y no la mía”. Esta es la auténtica y única oración cristiana.
Que María que hizo de esta oración toda su vida, interceda por nosotros y nos ayude a saldar la deuda de esta verdadera y más plena oración cristiana de las que brotan todas las buenas acciones: “Hágase en mí según tu palabra”.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 22 de noviembre de 2015

Homilía Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, Ciclo B, 22 de noviembre de 2015

Los invito a que prestemos atención a las palabras de Jesús y de Pilato, en este diálogo que permanece como un diálogo de todos los hombres de todos los tiempos.
Jesús con su silencio, provoca el interés de Pilato, provoca en él la pregunta, el cuestionamiento:
“¿Eres tú el rey de los judíos?”
“¿Acaso yo soy judío? ... ¿Qué es lo que has hecho?”
“¿Entonces tú eres rey?”
Pilato asistía a la impotencia de Jesús, tenía ante él un rey desarmado, sin corte, sin ejército, sin pueblo… No era imposible inferir que no sería tan así como decían y como Jesús decía.
Jesús dará su respuesta final que quedará flotando en la historia. Lo hace también en tres momentos:
“¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?”.
“Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”.
“Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.

Hoy, frente al dramatismo que cobra el mundo ante un sin número de maldad desatada por la injusticia y por las distintas formas de guerras, el hombre puede preguntarse ¿dónde está la realeza de Dios?. No hablo de la supuesta ‘crueldad de la naturaleza contra el hombre’, cosa que no es tal, sino de la crueldad manifiesta del hombre contra el hombre. Esta crueldad humana, de la que Pilato era testigo y de la que hoy nosotros somos testigos, nos hace preguntar ¿es este el Reino de Dios?
O de otra forma, ¿de que le sirve al hombre un Dios desarmado e impotente?

Ahora, les propongo hacerse esta otra pregunta: ¿no están desarmados e impotentes los hombres, porqué para ellos, Dios no debería ponerse de ese lado para escandalizar a los hombres frente a su crueldad?
Hay dos factores actuantes que debemos considerar:
Lo que se hace y sentimos que no alcanza:
La impotencia de Dios es la impotencia del amor a la verdad del Evangelio que gana los corazones o no gana nada. Uno a uno Jesús se expone amando sin el poder o la fuerza, sino con la pura e inalterable convicción.
Es la convicción de los cristianos para ser libres para amar según el Evangelio y nunca menos, lo que el mundo necesita como respuesta activa, expansiva, irradiante.
Hacernos cargo de servir, de mirarnos a cada uno de nosotros como una oportunidad de servir a una implantación de la verdad del Evangelio que es el amor expuesto sin imposición o seducción, sino presentado como servicio de amor gratuito e incondicional, que se presenta desde la propia vida comprometida.
Es esta la alabanza que implanta el Reino de Dios en el mundo, porque lo implanta en los corazones, en las mentes, a fin de cuentas en las vidas de los otros que se ven interpelado por un amor impotente que revierte el desamor, el odio, la crueldad.
Lo que no se hace y empeora:
Si los que están cerca de la crueldad y no hacen nada, no reaccionan, no frenan esa crueldad en su más mínima expresión, no hacen otra cosa que permitir que se expanda la maldad impune.
Es sospechoso el silencio frente a lo que nos daña mutuamente, en el seno de nuestras propias personas, familias, comunidades, sociedades.

¿La situación actual de odio y crueldad, de indiferencia y apatía, frente al otro, no manifiesta la derrota del poder, del dinero y la fuerza, que han dominado el escenario hasta aquí desoyendo la verdad del Evangelio de rechazo al mal, del servicio, de la alabanza de la caridad pura?

Dios desde su actitud, sigue esperando generar nuestro cuestionamiento para que cada uno y la totalidad alcancemos la convicción esencial para el acto libre de la verdad del Evangelio, del servicio al otro, y de la verdadera alabanza a Dios por la caridad.
Dios espera nuestra reacción para salir de nuestra confusión y falsos reinados. El no reina en las estructuras o sistemas, ni en las leyes humanas… Ese intento empezó y acabó muy pronto en el Antiguo Testamento. Y Jesús lo dio por acabado, tomando definitivamente el reinado de Dios en su propia Persona. Su reino no es de este mundo, no es este mundo, sólo se hace presente en este mundo, pero ni empieza ni acaba en este mundo.
Dios ya reina porque se hizo cargo de esa respuesta en Jesús hasta dar su vida y dejar al desnudo el escándalo de nuestro rechazo y olvido, frente a Dios mismo. Dios sólo reina en la Persona de Jesús muerto y resucitado, en sus Sacramentos, del cual la Iglesia es el primero y la Eucaristía la cumbre y la fuente de vida, y en nuestras conciencias de bautizados, de hijos de Dios y hermanos de todos que viven según el Evangelio de Jesús. Podemos decir que también reina en su Creación siempre inmensa e inabarcable para el hombre.
Nuestra sociedad no puede contener a Dios pero si puede empezar a ser de Dios en la medida que vivimos como Jesús y su Evangelio. Eso han hecho y harán los santos.
 “El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor.”


P. Sergio-Pablo Beliera