lunes, 14 de mayo de 2012

HOMILÍA 6º DOMINGO DE PASCUA, CICLO B, 13 DE MAYO DE 2012


Homilía 6º Domingo de Pascua, Ciclo B, 13 de mayo de 2012

Sin duda que todos estamos capacitados para amar. Todos experimentamos la llamada del amor en nuestra existencia, a lo largo de toda nuestra existencia, no hay momento de nuestra existencia que no se vea urgida ser amado y a amar.
El amor es muy importante para nosotros. Todos nos experimentados cercanos a la llamada interior ser amados y a amar.
Podemos preguntarnos entonces: ¿Cuán capacitado me encuentro para amar? O dicho de otro modo, ¿Cuánto estoy poniendo de mi para amar? ¿Me preparo conscientemente para esta misión insustituible? Y también, ¿En qué medida puedo decir que amar es realmente importante para mi? ¿Como respondo a la llamada interior del amor?
Responder estas preguntas, sin duda es importante, para no caer en un idealismo o en una afirmación facilita de lo que significa el amor en nuestras existencias de humanos cristianos.
Pero, aun existe una pregunta que me interesa que nos hagamos, ¿Se puede decir de mi, que me importa ir hacia un amor que no provenga solo de mi, en la pura dimensión de la afectividad? ¿Se puede decir que a mi persona le interesa esta conectada, vinculada, con un amor que provenga de lo trascendente de la existencia humana?
Creo con muchos, que nuestra des-vinculación de la fuente del amor, que es el Padre, tiene una incidencia notable en la fragmentación que vivimos y que sufrimos. Esta fragmentación, ha llegado a tocar en nosotros un vinculo sagrado e insustituible, sin el cual quedamos encerrados en un mundo mínimo y minimizante. Que nos sustrae de nuestro verdadero y mas pleno mundo de grandeza.
Porque nuestra afectividad, esta hecha para responde a la llamada trascendente, que proviene de Dios mismo para ser amado y amar. Este, me parece, es un aspecto esencial tenido poco en cuenta, poco reflexionado, poco dialogado, poco trasmitido entre nosotros.
Así, podríamos decir, que reconocemos que es importante sabernos capaces de ser amados y llamados a amar, pero que esto no lo consideramos ya especialmente vinculado a nuestra relación con el Padre Dios, con su Hijo amado y con el Espíritu de amor.
Me pregunto con muchos, ¿Es que enseñamos a amar como Dios nos ama? Los adultos de esta generación, ¿estamos verdaderamente interesados y ocupados en transmitir un amor de Dios vivido, o es un amor imaginado, soñado, deseado, pero nunca buscado y emprendido? ¿Se puede decir que somos adultos que hemos emprendido con pasión a la iniciativa de amor del Padre en su Hijo amado, Jesús?
Y, las jóvenes generaciones, ¿Están permeables a una llamada de amor que provenga de una fuente mas allá de si mismos, de su consciente subjetividad? ¿Es que los jóvenes sueñan con un amor tan grande como el que ha experimentado y nos ha legado Jesús ? ¿Tienen verdaderas ganas los jóvenes, de ir tras un amor como el de Jesús, o este permanece en el mundo del ideal inalcanzable por el cual ya no vale la pena esforzarse? ¿Cuán abiertos están los jóvenes de los primeros decenios del siglo XXI, a aprender, y por lo tanto a dejarse inspirar y enseñar por Dios, en una amor trascendente al estilo de Jesús, que ha tocado todas las dimensiones de la persona humana para alcanzar la cumbre del amor en el Padre que lo ama?
Estas y otras preguntas, requieren un mirarse en estas maravillosas palabra que nos transmite Jesús hoy, y a las que es imprescindible no esquivar, para ser humanos cristianos plenos y verdaderos, en un mundo que se muere por falta de amor y no de recursos. Si, porque a nuestro mundo, el único recurso escaso y no renovable que le esta faltando, es un amor encarnado en nuestras existencias humanas cristianas, que nos haga vislumbrar una existencia posible, que nos habrá a una existencia total mas allá de mi mismo y de la muerte. Hoy, lamentablemente pareciera, que ya nadie quiere morir por amor, de amor.
Un amor sin fuente, es un amor que no será posible, condenado a durar lo que dure nuestra capacidad de entusiasmo o testarudez. O sea, muy poco.
El amor es una misión, un fruto duradero, que hay que vivir y legar, que hay que vivir y asegurar a las próximas generaciones. ¿Estoy involucrándome en este proyecto? ¿Como puedo involucrarme en esta misión, en este proyecto duradero de Dios para el hombre?
Los amigos de Jesús, lo somos en la medida que amamos como Él nos ama. Él, nos ha elegido por amor para amar. Consciente de que no podemos vivirlo sin estar unidos a la fuente inagotable del amor, nos la ofrece generosamente, sin poner otra condición que la de permanecer responsable y activamente involucrado a ella y en ella. Quiero, haz en mi Jesús, como el Padre hace en ti. Quiero, hazme ser así, Amigo fiel.

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 6 de mayo de 2012

HOMILÍA 5º DOMINGO DE PASCUA, CICLO B, 6 DE MAYO DE 2012


HOMILÍA 5º DOMINGO DE PASCUA, CICLO B, 6 DE MAYO DE 2012

Podríamos partir desde la afirmación: en la medida que la relación interpersonal se va haciendo más plena, la otra persona se va internalizando en nosotros a tal punto que vive en nosotros y nosotros en ella. Es la experiencia de amor más poderosa que podamos conocer mientras transcurrimos en esta vida y que se parece a lo que no perecerá jamás.
Poco a poco el Jesús Resucitado se va haciendo resurrección en nosotros. Y ya no hablamos del Resucitado sin hablar de nosotros mismos y no podemos hablar de nosotros mismos sin el Resucitado.
Esto es posible gracia a la apertura mutua entre las personas. La apertura es un reconocimiento de la identidad del otro, de su vocación y misión en nuestra vida común. Jesús hoy manifiesta esa identidad -que el reconoce en sí mismo, en el Padre y en nosotros- al decir: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos…”. El viñador planta la vid para que sus sarmientos den fruto. Hay una mutua apertura y un sentido mutuo que nos entrelaza a los tres.
Esa apertura nos lleva a la mutua recepción. Ser receptivo de lo que se es nos centra en nuestra vocación y misión, asumiéndolas como un todo que nos enriquece. Recibo todo del viñador, recibo todo de la vid, recibo todo del sarmiento. “Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí…” Al recibirlo y ser recibido nace una mutua receptividad que nos entrelaza. De nos recibir la totalidad del otro nada sería posible.
Gracias a la mutua convivencia que hace que el intercambio produzca un intercambio interno que es generador de vitalidad. “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.” La mutua convivencia nos va haciendo más unos a los otros y vamos amoldándonos más y más al ser y hacer del otro.
Gracias a la experiencia de despojo que nos hace experimentar que la vida mutua que corre entre nosotros puede fortalecerse y desarrollarse una y otra vez, no gracias a lo logrado sino gracias a la vitalidad del intercambio mutuo. Uno poda y el otro es podado, mientras la vid permanece inalterable. Como dice Jesús: “…al que da fruto, lo poda para que dé más todavía…Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié”.
Gracias al crecimiento mutuo unos y otros despliegan su vocación y misión y generando más y mejor vida no solo para sí sino para los otros. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer…” El fruto depende si o si del crecimiento. Es el desarrollo de todo lo que cada uno tiene para poner al servicio del despliegue de lo que la unidad nos da como fortaleza.
Gracias a la permanencia sin alternancia. Ese el fruto del fruto, permanecer en un crecimiento que nos vuelve únicos y unidos. La permanencia solo puede darse si no hay alteración de la identidad y de la misión arraigada en cada uno. Si la Vid permanece como vid, si el Viñador permanece como viñador y si el sarmiento permanece como tal. De romperse esta permanencia la vida mutua se alterará hasta romper el lazo establecido, es la dolorosa experiencia de la Vid y el Viñador cuando deben reconocer: “el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde”. Pero la promesa está llamada a ser más fuerte y generar permanentemente la pertenencia: “La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.” Esa gloria está inserta en la vida del Resucitado en nosotros.
Es en la oración constante donde esa vida mutua nace. Así las palabras de Jesús: “Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.” Una oración que se centra en que las palabras vivas de Jesús Resucitado vivan vigentes en nosotros. Oración de escucha, de memoria viva y de petición suplicante cual mendigo de amor.
Es en la vida fraterna donde esa permanencia se corrobora no como una ilusión sino como una experiencia vital: “La Iglesia… Se iba consolidando, vivía en el temor del Señor y crecía en número, asistida por el Espíritu Santo.” Y, “… podemos acercarnos a Dios con plena confianza, y él nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Su mandamiento es éste: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como él nos ordenó.”


P. Sergio Pablo Beliera

lunes, 30 de abril de 2012

HOMILÍA 4º DOMINGO DE PASCUA, CICLO B, 29 DE ABRIL DE 2012


HOMILÍA 4º Domingo de Pascua, CICLO B, 29 DE ABRIL DE 2012
Hay momentos de la vida –que pueden ser diarios, semanales, circunstanciales, por acontecimientos-, para detenerse y mirar nuestra orientación, como estamos yendo hacia donde decidimos ir. Uno mira, contempla, pule y afirma.
Los invito entonces, a que animados por cuatro verbos para definir la propia existencia en relación con los demás, nos adentremos en esta mirada:
El primero de ellos es: Dar. Verbo corto y conciso. Tres letras que definen todo una actitud englobante y de alto impacto en la propia existencia y en la de los demás. Jesús, lo usa hoy de la siguiente manera: “El buen Pastor da su vida por las ovejas… Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo”. Impecable expresión de lo que implica dar.
En el dar importa el que da, lo que da, como lo da y a quien lo da.
El que da, es alguien que es un “buen Pastor”. La esencia de ese buen Pastor es la gratuidad, no es asalariado. La gratuidad está sostenida en la pertenencia, al buen Pastor le pertenecen las ovejas y por eso tiene real preocupación.
Lo que se da, es también muy importante. Y aquí otra vez Jesús nos ayuda enormemente: “da su vida”. No da algo anexo y prescindible, sino la vida misma, hasta la muerte. La vida lo es todo y solo dando todo podemos saber cuanto apreciamos la vida que tenemos. Dar la vida es el único modo que tenemos de no perderla por circunstancias innecesarias o imprevisibles.
Entonces la actitud como se da la vida cobra su dimensión: “la doy por mí mismo”, dice Jesús. Hay una actitud de anticipación, de ejercicio de la libertad, una verdadera expresión de la libertad que se tiene respecto de la propia vida y de la de los demás. Frente a la opción estoy invitado a tomar mi decisión de ser yo mismo quien da el puntapié inicial de poner mi vida en juego, es fascinante.
Por eso, a quien se da cobra importancia. Se da la vida “por la ovejas”. Doy mi vida por lo que he generado gratuitamente y gratuitamente me pertenece, y por eso gratuitamente doy mi vida por lo que he hecho mío, sin apropiármelo como si fuera un ladrón. La razón de ser de quien se es tiene que ver a fin de cuenta por quien se vive y se corre el riesgo de vivir.
Esto da lugar a que prestemos atención al segundo verbo: conocer. El conocer del que hablamos es aquel que parte de la mutua pertenencia. Es el apreciar ser dado a luz y el apreciar lo que di a luz. Es un sano y arriesgado adentramiento de uno en el otro. Jesús, lo expresa muy vitalmente: “conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre-”. Es el conocer que se adquiere por estar dentro de la relación, en la trama interior. Ese estar dentro de la mutua relación con el Padre, es la que nos hace estar dentro de la mutua relación que se generan con los demás. No es una cuestión de entendimiento intelectual, ni de entendimiento afectivo, es el intelecto trascendental el que se pone en juego. Es la inteligencia del alma la que conquista esta tierra que es capaz de acoger a unos y otros en el sembrar y fructificar de la atención y despliegue mutuo.
Desde aquí es entonces que podemos prestar atención al tercer verbo: conducir. Este conducir es la expresión de la conciencia de que quien soy me pone en camino hacia otros. Que magistralmente incluye a los que están cerca y que desde esa cercanía me lanza a los que están lejos. Aquí Jesús es muy claro una vez más desde su propia experiencia: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo rebaño y un solo Pastor”. El conducir de Jesús está lejos de ser un mero mandar, un dirigir, un liderar, un presidir. El conducir que nos propone Jesús, es un itinerario que me lleva a la tierra lejana del que he descubierto –“otras ovejas”- y que tengo que prestar atención para que haya una experiencia de mutualidad en el reconocerse. Que nos ponga a todos en la experiencia de la unidad de “un solo rebaño”, una sola humanidad, y “un solo Pastor”, un Voz que congregue por su presencia unánime.
Así pues, es que se vuelve significativo el verbo recobrar. Porque nadie puede recobrar lo que no ha puesto en juego, en riesgo, en la mesa común y que ha sido tomado. Se recobra lo que se ha puesto al servicio de la comunión. Y es por eso, que se lo puede recobrar no como un trofeo, sino como una garantía que el amor dado es más fuerte que la muerte y sus matadores. De lo que tiene clara conciencia Pedro al decir: “nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre lo muertos. Él es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular.” Así recobrar es un escalón más alto en el dar, porque la vida recobrada es la vida que ya se puede dar sin límites de tiempo y espacio. Es la irradiación del don que supera todos los obstáculos planteados por la carencia de miras y la mezquindades de la ideología temporal.
Si doy mi vida libre y amorosamente en riesgo, recobraré mi vida libre y amorosamente asegurada para un dar incalculable y solo así podré conocer y conducir al estilo de Jesús el buen Pastor, orientación definitiva para quienes lo escuchan y se dejan conducir por su espíritu de unidad. Y así gritar en nuestra ciudad decididamente: “¡Miren cómo nos amó el Padre!”

P. Sergio Pablo Beliera