domingo, 28 de mayo de 2017

HOMILIA SOLEMNIDAD DE LA ASCENCION DEL SEÑOR, CICLO A, 28 DE MAYO DE 2017

Podríamos comenzar preguntándonos:
¿Dónde voy? ¿Soy conciente de hacia dónde me dirijo? ¿Cuál es el rumbo que imprimo a mi vida?
¿Voy en su misma dirección? ¿Se podría decir al verme que voy hacia Él? ¿Se me escucha hablar de hacia dónde voy, y es con Él? ¿Jesús tomaría el rumbo que tomo y sus consecuencias? ¿Se puede decir que lo que gozo o padezco es fruto de ir hacia Él y no hacia algo o hacia mi mismo? ¿Mis logros y mis fracasos se deben a mi amor por Él y hacia dónde Él me atrae y lleva? ¿Los que me ven vislumbran algo más allá de mi? ¿Soy yo el punto final de lo que se ve y escucha en mí? 
¿Debo salir de algún rumbo equivocado? ¿Me animo a salir de un sentido sin sentido? ¿Quiero salir más y mejor hacia Él? ¿Qué debo hacer para poner mi orientación directamente hacia Él? ¿Cuál es el primer, el segundo y el tercer paso que tengo que dar? ¿Con quienes cuento para hacerlo, además de Él y de mí? ¿Qué voy a tener a favor y qué voy a tener en contra? ¿Estoy dispuesto a soportar las consecuencias y humillaciones? ¿Necesitaré refuerzos, cuáles? ¿Puedo comenzar ya, aquí a ahora? 
¿Cuáles son mis dudas? ¿Dónde se focalizan mis dudas? ¿Tengo miedo y a qué le tengo miedo? ¿Qué y quienes me ayudarían a salir de la zona de miedo y duda? ¿Cómo sería eso?
¿Jesús va hacia el Padre, deseo, quiero, ir con Jesús hacia el Padre hoy y mañana? ¿Qué sería ir hacia el Padre con Jesús, hoy para mí? ¿Creo verdaderamente que vale la pena? ¿Estoy dispuesto a jugarme por ir hacia el Padre siguiendo a Jesús? ¿Y para mi familia, para mi comunidad de fe, para mi ámbito laboral, para mis amigos? ¿Y para mi país?
¿Qué sería para Jesús hoy sentarse a la derecha del Padre? ¿Qué sería para mí hoy sentarme a junto a Jesús a la derecha del Padre? ¿Cómo o de qué manera sería eso posible? ¿Dónde están los imposibles? ¿Puedo soltarme a pesar de esos imposibles?
¿Qué busca, qué quiere el Padre que nos quiere junto a Él? ¿Eso modifica mi presente? ¿Modifica o enriquece mi mirada del mañana inmediato, del futuro próximo? ¿Qué me hace resistirme o mantenerme indiferente a ese deseo del Padre? ¿Qué tipo de vida es esa que vivo sin incluirme en ese deseo? ¿Es soportable por cuanto tiempo y a qué costo?
¿Vivo bajo el imperio o la influencia del sueño o el deseo o el querer de otro u otros? ¿Qué lo hace válido, bueno y amable que sea así? ¿Es bueno vivir así y por qué? ¿Estoy pidiendo a otro u otros que vivan de mi sueño o deseo? ¿En qué medida eso es digno para todos nosotros? 
¿Elevo o expando mi vida y la de los que me rodean? ¿Me ocupo del cielo y de la tierra? ¿O sólo de uno de ellos? ¿Cuál y por qué?
¿Me elevo con Jesús y cómo Jesús? ¿En qué medida puedo identificarlo y ver sus frutos? ¿Pueden los demás ver lo mismo que yo veo, por qué? ¿Eso me modifica y cómo?
¿Jesús y el Padre, darían gracias por el rumbo que he emprendido y por el que me doy entero cada día? ¿Experimento su influjo benefactor sobre mí y mi entorno por eso? ¿Soy dichoso de alegrarlos y dolorido de que sea así? ¿Realmente me importa? 
¿Me puedo aproximar de alguna manera a las entrañas del Padre cuando reencuentra a Jesús su Hijo amado, después de haberlo visto vivir, padecer, morir, y entrar en la oscuridad y silencio del sepulcro, y surgir de el al fondo del camino? ¿Es eso motivo de un pensamiento más claro, de emociones entrañables, de deseo profundos, de una actitud iluminadora y contagiosa? ¿Quisiera esta ahí? ¿Oriento mi vida para estar ahí con los que el Padre pone en el camino y salgo aún a buscar a otros para que nada se pierda?

Hechas todas estas preguntas, cual examen interior de purificación de la mirada, nos podemos adentrar en algunos aspectos de esta manifestación de Jesús y sus implicancias en nuestras existencias cristianas hoy.
“Hombres de Galilea, ¿por qué sigue mirando al cielo?” Y que mejor que partir de esta gran pregunta venida del cielo mismo a los oídos de los discípulos de ayer y de hoy. Hay un por qué en el mirar al cielo. Existe una motivación, una razón profunda, un sentido dentro del sentido de mirar… Mirar al cielo, es mirar en una dirección inconmensurable, inabarcable, pero deseosa. Mirando el cielo deseo algo que está más allá de ese cielo mismo, o dicho de otra manera, anhelo a Aquel que sustenta toda la razón de ser de lo inmenso, que es más inmenso que lo inmenso mismo, inimaginable y deseado a la vez, intuitivamente unido a mí aunque esté más allá de mí mismo y de lo conocido.
Aquel que fue reconocido escrutando el cielo siguiendo la estrella posada en un ignoto pueblito de Judea, desde el cielo en el que desaparece nos señala una vez más un punto cercano en la tierra donde debo seguir dejando mis pies hasta unirme con Él. El cielo y la tierra ya no son antagónicos como experiencia, porque desde Jesús Nacido y Resucitado, Dios vive con los hombres así en la tierra como en el cielo. Dios y el hombre viven en comunión en Jesús de una manera plena y única y allí está para siempre en punto de convergencia de la mirada aguda del corazón.
El cielo como mapa del destino de los hombres se halla impreso en la persona viva de Jesús de Galilea, en quien puedo posar mi mirada poniendo toda mi existencia.
Y al hacer esta experiencia descubriré una mirada renovada sobre la tierra. Ya no hay posibilidad de mirar la tierra sin descubrir en ella al celestial Hijo de Dios encarnado en la persona humana de nuestro Hermano Jesús.
Pues hay que mirar a Jesús y descubrir las constelaciones del universo de la vida y mirar los cielos y caer rendido ante la presencia viva de Jesús Palabra - Eucaristía - Hermano.
Entonces si, podremos decir también hoy: “…que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados…”
Porque mirar hoy el mapa del hombre desplegado a lo largo y lo ancho de la historia presente es desalentador, crudamente inhumano, casi espantoso… Sin embargo, Dios no ha perdido el control del devenir del hombre por más que el hombre pretenda con su actitud haber desplazado a Dios y haberse autoimpuesto a él mismo como centro.
La llamada de Dios a la esperanza que se ha consumado en la persona de Jesús, sigue expandiéndose en la tierra en busca de hombre que se dejen transformar por la unión de vida y sentido con ese mismo Jesús Resucitado Ascendido a los cielos sin perder su condición inherente de Siervo Humilde y a la vez Victorioso al modo de Dios.
La esperanza a la que el Padre llama a los discípulos de Jesús, es distinta a las esperanzas humanas desplegada por aquellos que pretender tener una esperanza fundada en ellos mismos. La esperanza a la que somos llamados es humilde, silenciosa, descalza, desnuda, sigilosa, prudente, juiciosa, respetuosa, paciente, sencilla, simple, tierna, dulce, susurrante, liviana, ágil, pacífica, suave, atómica, imperceptible… es amiga, hermana, compañera, hija, madre, padre… No conoce la prepotencia, el rigor, la imposición, la fuerza, la dominación, la esclavitud, la servidumbre, la arrogancia, la frialdad de la razón, ni el incendio de la pasión, ni la violencia del yo egocéntrico…
Por eso mismo, como los discípulos ante la presencia viviente de Jesús Resucitado, vivimos la experiencia: “Al verlo (a Jesús), se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.”
Como Jesús no se impone, sino que se da a los ojos de la fe, dudamos de su plenitud ya que estamos excesivamente acostumbrados a nuestros inmaduros y equivocados modos. Dudamos que el cielo haya descendido a la tierra y que el más digno fruto de la tierra, un hombre llamado Jesús, se haya hecho digno del cielo complaciendo la atención y las entrañas del Padre que se lo quiso para su eterna compañía ya que en él su Hijo eterno y su humanidad viven en amorosa armonía y comunión.
Somos como esos que entramos a una iglesia, y hacemos que hacemos la genuflexión, pero nuestra rodilla nunca llega al suelo. Es un casi pero todavía no, un sí dubitativo, que necesita demasiadas confirmaciones y pruebas reiteradas de amor, o sea, que nunca hasta ahora a podido experimentar un rendirse por completo ante el Amor con mayúsculas. Uno que mira hacia arriba, hacia la nada, mira nada, o se mira a sí mismo como punto de referencia, su principio y su fin. No conoce la realización de los imposibles de Dios en su propia carne. El Amor desplegado en su propia historia personal de salvación en la historia de salvación compartida.
Dudar es poner en pausa la iniciativa de Dios y su consecuente respuesta del hombre. Es como un continuo poner play y pausa, nunca se puede avanzar así.
Salgamos con Jesús Resucitado de esta situación. Dejemos aquí mismo, ahora, esa duda que no me permite ir hasta el fondo, ese masomenismo que nos enferma mutuamente, esa ruidosa presencia de ‘aquí estoy yo’ por el reconfortante ‘Aquí esta Él, mi Jesús’ incluyendo ‘Aquí están mis hermanos’. Y ascendamos con Él, con Jesús Resucitado, llevándonos a todos con nosotros, dejándome llevar por todos con ellos, y expendiendo el Reino de Dios aquí en este suelo bendito al que Dios a hecho descender su Palabra, su Cuerpo y su Sangre, su Hermandad Universal, para levantar a la humanidad a dónde Él quiere llevarla, que no es a otro lugar que a su propio Corazón donde todo permanece y está llamado a descansar.
La ascensión de Jesús Resucitado, es pues más que un movimiento físico hacia arriba, hacia lo alto, es su libertad de estar presente, junto al Padre y junto a nosotros sin ninguna limitación posible.
“Dios, que es rico en misericordia, 
por el gran amor con que nos amó, 
precisamente cuando estábamos muertos 
a causa de nuestros pecados, 
nos hizo revivir con Cristo 
–¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– 
y con Cristo Jesús nos resucitó 
y nos hizo sentar con él en el cielo.” (Ef 2,4-6)

Hoy, aquí…

P. Sergio Pablo Beliera

domingo, 19 de febrero de 2017

HOMILIA 7º DOMINGO TO, CICLO A, 19 DE FEBRERO DE 2017

Escuche hace tiempo una pequeña historia: un hombre remoto y sencillo, empezó a amar a todo el que se encontraba a su paso, y en la medida que se encontraba con alguno que lo odiaba, empezó a amarlo también. De pronto se encontró que cuanto más amaba, más personas lo odiaba, pero a la vez los que él había amado comenzaban a imitarlo. Se detuvo en su marcha y preguntó a los que lo odiaban: ¿porqué me odian? Le respondieron, por qué cuando tú amas a los que te odian pones de manifiesto que tu amor es grande y no estamos dispuestos a que alguien sea más que nosotros, así que como tu amor son escandaliza, te odiamos. Luego preguntó a los que había amado y lo seguían, ¿porqué me siguen e imitan? Le respondieron, porque haz rotos las cadenas de la indiferencia, y somos tan felices de ser amados que queremos que otros también lo experimenten, y en la medida que amamos más nos vemos más y más amados y libres. El hombrecito prosiguió su caminos amando y seguido de sus nuevos amigos, se perdieron en las líneas del tiempo y del espacio.

Las historias del odio son atroces, sus imágenes vergonzosas, y sus palabras inaudibles. El odio no sabe hacer historia y mucho menos historias. Lo que el odio hace en desnudar nuestra miseria y no dejarnos salir de ellas, el odio es a fin de cuenta el fin anticipado de toda historia y de cada historia humana. Su instrumento final es la venganza, la vergonzante venganza que desnuda que ha dejado de ser humano. Casi podríamos decir que aprender a dejar el odio de lado es como darse la oportunidad de aprender a vivir. A vivir en otra esfera temporal y en otro espacio.

“Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo…” Si Jesús hubiese pronunciado estas palabras solamente, sería un hombre de una gran ética, un gran pensador, un hombre sensato. Pero Jesús, las vivió en carne propia, su historia es la historia de un hombre que ama a sus enemigos y hace el bien a los que no lo aman, un hombre fuera de las esferas del odio y de la venganza. Cuando Jesús ama es el pensamiento concretado, la filosofía superada en sus supremas reglas universales, la dignidad humana tangible, el hombre que desde la plataforma de la dura tierra se alza a las puertas que constituyen el cielo.

Cuando pensamos que el enemigo viene a ser el rival de mis conquistas, empezamos a estar bajo su dominio. El paso siguiente es redoblar las fuerzas para defenderme y defender lo que es mío. Y cuando empiezo a no poder, entonces empiezo a hacer trampas sutiles. Y cuando ya veo que ni eso alcanza me lanzo tras una trampa mayor aún cuando. Todos los espacios que transitamos quedan tocados por este esquema simplificado. Basta con repasar lo que pasa en nuestras casas, escuelas, clubes, el trabajo, la calle, etc.

Reeducarnos de esta mirada es esencial para que no degrademos el amor a los enemigo a una mera utopía, o un valor incansable y por lo tanto inútil.
Porque cada vez que degradamos esta cumbre del amor cristiano, perdemos el norte: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. Si para nuestros ojos las faltas de amor son hirientes, imaginémonos lo que podrían ser para el Padre Dios, sin embargo él no se deja llevar por eso y desborda en más amor a toda persona envuelta en una situación de desamor u odio. La perfección del Padre es su plenitud de amor, su amor desplegado en situaciones de desamor u odio. El Padre Dios no tiene enemigos ni en su corazón, ni en su mente, ni en su mirada, él ama lo no amable.
Desde aquí, el enemigo, el amor difícil, no es otra cosa que las fronteras hasta donde hoy he amado y que estoy llamado a superar. Es entonces, cuando abrazados al amor sin fronteras de Jesús como el Padre, que podemos lanzarnos a conquistar la próxima cumbre, la orilla descubierta, a cruzar el desierto en busca del oasis. Como cuando llego a los pies de la cama de una enfermo gravemente herido y siento inmediatamente lo infranqueable de su experiencia y la mía, hasta que me logro concentrar en un aspecto amable en él y supero los límites ahora de mí propio corazón sumergiéndome en el suyo.

Esta es nuestra escuela, la cruz de Jesús que señala el corazón del Padre. Esa es nuestra fuente fresca, nuestro aire puro, el culmen de nuestras aspiraciones que nos marca el paso inicial y el siguiente. Es nuestra llamada original e irrenunciable que estamos llamados a resolver. Lejos de necesitar una receta, lo que necesitamos es él ejemplo que nos seduce a ser creativos y originales en los campos humanos del amor, amor aún al enemigo, que por ese mismo amor deja de serlo en mi propio corazón y tal vez también en el suyo.


P. Sergio-Pablo Beliera

sábado, 11 de febrero de 2017

HOMILIA 6º DOMINGO TO, CICLO A, 12 DE FEBRERO DE 2017

Para quien escucha con corazón y mente abierta, siempre resulta sorprendente la vigencia y la actualidad de las Escrituras.
Nos hemos desarrollado como humanidad, hemos crecido en muchos aspectos, hemos pasado por distintos períodos históricos, hemos vivido bajo la influencia de distintas culturas y corrientes filosóficas que se ha ido sucediendo, hemos visto pasar distintos proyectos de poder y hemos visto ascender y caer a muchos líderes políticos y económicos.
Y las Escrituras siguen siendo las mismas, como si acabaran de ser dadas a cada hombre y a cada época, rebosante de novedad y de horizonte. Sin duda que es una clara manifestación de que son ‘Palabra de Dios’ y no de los hombres, son palabras de Dios dadas a los hombres para abrir su inteligencia y su voluntad a la libertad que le es ofrecida para poder amar sin fecha de vencimiento. Sin sorpresa frente a la Palabra de Dios no hay novedad posible en el hombre.
Cuando se nos dice: Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que le agrada… hacia lo que quieras, extenderás tu mano.” Ese querer, esa elección, queda resaltada como una llave que nos abre puertas hacia caminos que recorrer.
El hombre contemporáneo siente un gusto especial frente a la posibilidad de ser el ‘artífice de su propio destino’, como motor inmóvil de sí mismo y su futuro, como proyectista de su propia felicidad… sin embargo, es ese mismo hombre que choca con el muro de su candidez frente a sus razonamientos poco fundados. Es un inmaduro llamado a la madurez, un menor llamado a la grandeza, pero que no se consigue por el sólo desearlo, por el sólo hecho de proponérselo, en eso el hombre no puede durar demasiado.
Vivimos frente a una alta exposición de la ‘voluntad propia’, confundiendo querer con poder. Querer no es poder, querer es creatividad para no sucumbir frente a las evidencias de que no puedo lo que quiero como lo quiero.
Querer es para Dios posibilidad, la predisposición necesaria para poder aprender a hacer el bien, lo bello, lo verdadero, lo que es... Querer es poder aprender, poder dejarse enseñar, modelar, atraer, por Dios y su sabiduría.
Los vendedores de voluntarismo, los neoprofetas del bienestar, nos encantan con sus slogans, que tarde o temprano terminar revelándose inconsistentes, porque nada es porque yo lo quiera, como yo lo quiero, ni cuando lo quiero, aún cuando lo compres. El hombre no puede nada de lo que quiere caprichosa o antojadizamente, porque sólo puede querer lo que existe y es lo que es bueno. Todo querer dado a lo que produce cualquier clase de mal en todas su ofertas, deja de ser querer voluntario y pasa a ser dependencia ciega , visceral. La voluntad, el querer, está irremediablemente conectada con la sabiduría, que es la inteligencia y la voluntad probadas por la experiencia, iluminada por la paciencia, consolidada por la humildad.
Jesús, aprendió a educar su querer anclándolo firmemente en el querer durable de Dios. Porque quien quiere hoy una cosa y mañana otra, ese confunde impulso con voluntad. Y nada mas lejos de Jesús que vivir del impulso. O confundir obedecer una norma con querer lo que esa ley nos enseña. Y nada más lejos de Jesús que hacer algo a lo que no adhiera desde el interior y desde su sentido profundo. “Porque grande es la sabiduría del Señor, él es fuerte y poderoso, y ve todas las cosas”, porque Él las ha concebido y Él lo vive todo en la carne de Jesús.
Por eso mismo se nos recuerda que:“A nadie le ordenó ser impío ni dio a nadie autorización para pecar.” Por lo cual el hombre debe con deber absoluto, aprender a educar constantemente su querer y su inteligencia, para querer lo que es bueno, y aún más lo que es excelente. Y como todo verdadero conocimiento está incompleto o pendiente hasta que éste es puesto en práctica, así también el hombre no sabe hasta que no hace lo que es bueno y lo mejor. Así han de entenderse estas palabras de Jesús: “…yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.” Cumplir es llegar a la meta, y la meta es el Padre, estar junto al Padre. Jesús gastará toda su vida en alcanzar esa meta. ¿Y nosotros?
Para Jesús, querer es saber y saber es querer, o dicho de otro modo querer saber y saber querer: “El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.” Jesús lo cumple y lo enseña, lo cumple y nos lo enseña, lo cumple y me lo enseña. ¿Me dejo enseñar por Él?
Y si lo que sale de la boca de Jesús hacia nosotros hoy es: “Cuando ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no.” Es bueno y necesario comprometernos con una enseñanza clara y constante, con un aprendizaje reiterado y sostenido de nuestra voluntad y de nuestra inteligencia, para querer y pensar como Dios quiere y piensa ya que Él es Bueno y Sabio. Y así que mi ‘sí’ sea sí y mi ‘no’ sea no.
Cumplir sabiendo por la propia experiencia, y cumplir enseñando lo vivido se vuelven la verdadera grandeza en nuestra persona, de la voluntad que alcanza así el rango de Voluntad de Dios.
“Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.” Toda comparación o justificación en algo de menor valor, cualidad o calidad, es quedarse fuera de lo que es nuestra tierra, nuestra casa, nuestra sostenible felicidad, aquella que nada ni nadie nos puede robar a pesar de todo.
            Señor, enséñame el camino de tus preceptos,
            que los quiero seguir hasta el final.
            Instrúyeme, para que observe tu ley
            y la cumpla de todo corazón.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 5 de febrero de 2017

HOMILIA 5º DOMINGO TO, CICLO A, 5 DE FEBRERO DE 2017

HOMILIA 5º DOMINGO TO, CICLO A, 5 DE FEBRERO DE 2017

Estamos invitados a hacernos parte de la llamada de Jesús. Llamados a hacernos sujetos de esta llamada: “Ustedes son la sal de la tierra”.
¿Quiénes son estos llamados?:
“los que tienen alma de pobres”, “los pacientes”, “los afligidos”, “los que tienen hambre y sed de justicia”, “los misericordiosos”, “los que tienen el corazón puro”, “los que trabajan por la paz”, “los que son perseguidos por practicar la justicia”.
En la medida que permanecemos como tales, no perdemos nuestro sabor. En la medida que no escondemos la luz de nuestra propia realidad dura transformada, no nos hacemos tinieblas.
No podemos apropiarnos de esta llamada, ni por herencia de otros, ni por logros pasados, ni por un status adquiridos. Necesitamos perseverar en aquello que nos ha hecho sujetos de esta llamada que nos hace sal y luz.
Las obras buenas que Jesús no invita a realizar tienen su fuente en nuestra propia carne. O sea, salen de nuestra propia persona porque da de sí. No consisten en hacer cosas por los otros sino, de cubrir las necesidades del otro con lo propio, con lo que somos y tenemos para nosotros mismos. En eso consiste la originalidad de Dios desde el principio y, renovada en Jesús que da su propia vida, como el Padre que da al propio y único Hijo. Porque Dios nos salva no salvándose a sí mismo y dando de sí mismo lo más amado. Por eso con san Pablo decimos: “…no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.”
Este modo puede sorprendernos o parecernos imposible. Sin duda imposible a nuestras fuerzas, imposible a nuestra imaginación, imposible a nuestras previsiones, imposible a nuestros cálculos, imposible a nuestro egoísmo... Pero, posible para Dios que en Jesús lo hace todo nuevo, para que todos los imposibles humanos se vuelvan posibles en este mundo y en el futuro.
Como tan bien lo dice Isaías hoy: “Compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.”
“Tu pan”, el pan de tu mesa, que comes tu mismo y los tuyos. Eso es lo que hace la diferencia. El pan que compraste para vos mismo con tantas ganas, ese pan estas llamado a partir con los que tienen hambre. El mismo pan partido y compartido. Como debería ser el de nuestras Eucaristías.
“Tu techo”, es aquel en que estás llamado a albergar a los pobres que no lo tienen. No en otro techo, en tu casa, esa que construiste, esa que soñaste y alcanzaste, en esa misma casa tiene que entrar el pobre. Eso marca la diferencia de sabor y es lo que da luz. Como debería ser en nuestras Eucaristías, donde un mismo techo alberga a unos y otros sin ninguna diferencia.
“Tu ropa”, esa misma que llevas puesta y que te hace sentir cómodo y agradable. La misma ropa que viste tu cuerpo es con la que debes vestir a tu hermano desnudo. No una especial para él, sino aquella que es especial para vos mismo y con la que cubrís tu propia carne. Como debería ser en todas nuestras Eucaristías en las que todos somos revestidos de Cristo.
Y si nos da miedo, o si nuestros pensamientos racionalistas nos persiguen, no te pide Dios, ni que tengas hambre, ni que vivas en la calle, ni que te quedes desnudo… Debes preocuparte de las necesidades de tu hermano sin “despreocuparte de tu propia carne”, porque lo que es indigno para tu hermano que sufre es indigno para ti mismo, y viceversa. Hay que permitirle a Dios hacer lo imposible, perdiendo los miedos y seguridades propias.
No llama la atención que el rico de al pobre, sino que el pobre de al pobre y al rico de lo que tiene para sí. No se nos pide invertir roles, sino que a nadie le falte de lo que necesita como lo necesito yo mismo.
Así lo ha hecho Jesús y el Padre. Y por eso este estilo nuevo es el que nos inspira y nos llama: “Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”


P. Sergio Pablo Beliera

jueves, 31 de diciembre de 2015

Homilía Solemnidad Santa María Madre de Dios, Ciclo C, 1 de Enero de 2016

“Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti
y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro
y te conceda la paz”.
Esta antigua y tan significativa bendición judía, se hace plena realidad en María, la mujer elegida por el Padre para obrar por medio del Espíritu Santo el nacimiento de su Hijo Amado, que será llamado Jesús, nuestro Salvador.
María, es bendecida con su condición de Madre de Dios, algo impensado e inimaginable para una creatura aún cuando esta sea mujer.
María, con esa bendición de ser Madre del Hijo de Dios, fue desafiada por una realidad, por un acontecimiento que rebasaba los límites de cualquier comprensión, aún la creyente.
Es el desafío de trascender, de ir más allá de los límites que somos capaces de concebir, en las fronteras de una conciencia y una fe que nos guía paso a paso, sin avasallarnos con su voz ni su luz. Sino iluminando paso a paso un sí, un hágase en mí, un dejarse cubrir por la sombra del Espíritu, y a partir de allí dejar a Dios confirmar la llamada a ser fecundos, fértiles, dadores de vida.
María, desde un lugar remoto, se anima a dar una respuesta que supera su comprensión, y que quedará reflejada en el ‘leitmotiv’ de su propia historia: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.”
Esa experiencia de conservar y meditar en su corazón, la hace siempre como Madre, y como Madre de Dios, una llamada que la desafío y nos trajo vida.
Es la llamada y la vivencia de la Maternidad Divina. Maternidad Divina que María experimenta primero de Dios y su Espíritu, que la conciben como tal y la fecundan de manera singular. Sería una experiencia imposible de asumir sin la experiencia de un Dios que maternamente nos concibe y maternamente nos da a luz y nos hace crecer. Y lo hace por el influjo de su Espíritu de Vida y Santidad que descienden al corazón creyente de María haciendo en ella nuevas todas las cosas.
Expresiones tan directas y contundentes como las que han conservado las Escrituras, hablan de esa Maternidad de María asumida con total realismo:
“Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer…”
“…encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en un pesebre.”
María es en todas las Escrituras, Madre, primordialmente Madre y, Madre del Hijo del Padre.
Esta condición de Madre de Jesús el Hijo Amado del Altísimo y Salvador del mundo, es inmensa pero no deja su normalidad. Es vivida en una extraordinaria normalidad, que también es parte del asombro y de la admiración que nos produce y que honramos con nuestra fe.
La grandeza de la llamada y la normalidad como es vivida, forman un conjunto inseparable que sorprende y a la vez descansa.
Una llamada extraordinaria y una normalidad de vida que desde María, nos desafían en la escucha de nuestra propia llamada y la normalidad que ella debe conllevar.
María, no pierde su vocación trascendente y a la vez su vocación a la normalidad. O sea, que la realidad en la que vivimos inmersos como María, incluyen una trascendencia que nos pone cara a cara con Dios y cara a cara con el día a día de todos los hombres en camino.
María, quiere vernos como madres que miran a Dios en este año que comienza. María, quiere vernos madres que miran la tierra y sus desafíos en este año que comienzan.
María, seguirá siendo la Madre de Dios en la historia que en este tiempo como hijos adoptivos de Dios escribimos con nuestro si y nuestra sangre. Vocación regalada y vocación trabajada como María Madre de Dios.
María, como Madre de Dios es Madre de Misericordia, como le rezamos habitualmente, la irradia en nuestras vidas con esta maternidad que nos cobija, nos acuna, y nos pone de pie para que revestidos de misericordia, seamos misericordiosos como Ella lo es a imagen y semejanza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Padre, que por la fecunda virginidad de María otorgaste a los hombres la salvación eterna, concédenos experimentar la intercesión de aquella por quien recibimos al Autor de la vida, Jesucristo, tu Hijo.


P. Sergio-Pablo Beliera

sábado, 26 de diciembre de 2015

Homilía Solemnidad de La Sagrada Familia de Jesús, María y José, Ciclo C, 27 de Diciembre de 2015

En este domingo de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, les propongo meditar dos puntos surgidos de la Palabra de Dios de esta fiesta.
El primero de ellos es la conciencia creyente que todo hijo en el seno de una familia de padres creyentes, pertenece en primer lugar a Dios, es un hijo para Dios, un hijo que está llamado a ser hijo de Dios.
Los hijos o el hijo de una matrimonio creyente proviene de ese amor consagrado a Dios y como viene de Dios vuelve a las manos de Dios. No es pues, una propiedad de los padres que lo han engendrado y criado, sino un don que se recibe, se cuida y se da a Dios.
Es eso lo que expresas hoy las palabras de Ana: “Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a él…”
No podría decir cuan viva o adormecida está esta conciencia en los esposos y padres cristianos. Pero sea como sea, es una conciencia que forma parte en sí misma del ser y hacer de un matrimonio cristiano y por lo tanto lo que constituye una familia cristiana.
Así, la familia se hace cristiana no tanto por sus prácticas (en plural) sino por esta práctica de consagración en que permanece todo lo que en ella se engendra y crece. No siendo los hijos nominalmente o simbólicamente de Dios y para Dios, sino de hecho y voluntariamente provienen del vínculo consagrado a Dios y permanecen con la gracia de ese vínculo a Dios y de Dios.
¿Es esta una conciencia viva y motivadora del ser y el hacer de la familia creyente – cristiana?
¿Cómo se manifestaría y que consecuencias serían esperables de una conciencia del don del tipo que hemos mencionado?
Esta conciencia del don del fruto del matrimonio consagrado a Dios, hace entrar a la familia cristiana en una experiencia de desapropiación y donación mutua de consecuencia benéficas impensables o inimaginables si no es en el plano de la santidad de Dios en la que es concebida y en la que está llamada a permanecer. Sólo así nos pertenecemos mutuamente a Dios.
Es lo que contiene la extraordinaria conciencia de Jesús al entrar en su adolescencia y que conforma la interpelación filial a sus padres: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” Es la conciencia reflexiva de Jesús hijo de María y de José de su vocación permanente a Dios Padre. Conciencia que es nuestra en nuestra condición de hijos en el Hijo Jesús. De hecho se dice lo mismo de otra forma, de María y José al comienzo de esta escena evangélica: “Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.”
En segundo lugar, es la consecuencia inmediata de esta realidad de ser hijo de Dios en el seno de una familia de Dios. Y que implica las dimensiones de crecimiento, desarrollo e interés en que la familia cristiana se mueve y por lo tanto se ve inmersa tanto en su dimensión de esposos, como en su dimensión de padres y de hijos.
Se dice de Jesús que: “…iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.”
El plan estratégico del proceso de madurez en una familia creyente – cristiana, se propone una actitud constate para el hijo y otra para los padres:
- “…(Jesús) vivía sujeto a ellos.” La obediencia filial y confiada. Jesús practica la relación de hijo en todo su realismo encarnado y desde ella construye la relación con el Padre desde su encarnación sin ahorrarse la experiencia de hombre que eso supone. No es para Jesús una doble obediencia sino dos instancias de una misma y única obediencia, que es escucha atenta y disponibilidad a realizar lo que se escucha
- “Su madre conservaba estas cosas en su corazón.” La contemplación paciente y vigilante de los padres. No son sujetos pasivos, sino que actuando desapropiadamente sobre su hijo que es Hijo del Padre ante todo, ejercen toda su vocación de padres que el mismo Dios les ha confiado. Los padres están llamados a escrutar en el misterio de Dios el ser y la vocación del hijo.
Y tres planos de crecimiento:
-     Crecer en sabiduría: Esto es, ir haciendo el oído a Dios, a su Palabra, que es la máxima expresión de la sabiduría y cuya plenitud será el mismo Hijo de Dios Jesús, que hará suya la experiencia que el hombre vive “de toda palabra que sale de la boca de Dios.” Por lo que implica un desarrollo de la inteligencia en todas sus manifestaciones, siempre al mismo ritmo que se desarrolla el ir pensando como Dios piensa. Es un ir adquiriendo el estilo de concebir, desarrollar y poner en acto las cosas como Dios lo hace.
-   Crecer en estatura: esto es, hacer los procesos debidos a cada etapa de la infancia-adolescencia-juventud. Adquiriendo la madurez que cada edad conlleva y siendo protagonista de ese proceso de en la propia persona y en lo que esa madurez implica para los otros que deben recibirla. A la vez es un desarrollo de la madurez que implica algo que se va haciendo y siempre inacabado, que alcanzará su plenitud en un punto desconocido para nosotros, pero que se pondrá de manifiesto.
-       Crecer en gracia: esto es, un proceso progresivo de docilidad al influjo permanente de Dios por amor a su paternidad, incondicionalidad y gratuidad. Este influjo de Dios va acompañando a la persona paso a paso, y a la vez la provoca a estados más hondo de reciprocidad con su imagen y semejanza de Dios. Es por lo tanto un crecimiento en la amistad interior con Dios y en la manifestación en actos o virtudes. Aquí ocupan un lugar privilegiado la oración personal y comunitaria, como la experiencia de la caridad para con el otro.

La familia cristiana pues tiene mucha riqueza y a la vez mucha tarea que hacer, para aportar al mundo su novedad, originalidad y don, e influir amorosamente sobre un mundo que se ve desafiado por un bien atrayente.
“¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente.”


P. Sergio-Pablo Beliera