domingo, 16 de noviembre de 2014

Homilía 33° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A, 16 de noviembre de 2014

A veces me pregunto: ¿cómo funciona este mundo?
Esa breve pregunta contiene las relaciones en la vida cotidiana entre los humanos, entre la sociedad que formamos y entre todos con Dios y esa realidad trascendente que lo envuelve.
Hoy el Evangelio nos ayuda y porque no, nos lanza de lleno a ahondar este funcionamiento que teje nuestras interrelaciones de todo tipo.
En primer lugar hay un hombre que es propietario. En segundo lugar hay servidores varios que se distinguen por sus diversas capacidades. En tercer lugar hay bienes diversos que se corresponden con esas capacidades. Y finalmente viene dos componentes esenciales que a veces pasamos por alto, y que conforman el cuarto y quinto elemento de estas interrelaciones: la actitud de confiar talentos gracias a un conocimiento que se tiene de los servidores, y el gozo al que se hace entrar como consecuencia de lo que se ha hecho con el talento confiado.
Nada sugiere en la parábola que haya entre el señor y sus servidores una relaciones de suspicacia, de desconfianza, de mezquindad. Esa capacidad de conocimiento mutuo y correspondencia mutua en un clima de confianza, es lo que hace que esta relaciones funciones y que de frutos.
Sí, Dios, a quien este hombre de la parábola representa, tiene ese conocimiento de cada uno y esa confianza en cada uno; y los servidores que nos representan a nosotros reflejan esa aceptación de ser conocidos y de confiar en quien confía en nosotros. Dios confía en nosotros y nosotros podemos confiar en Dios. Gracias a que nos conoce y confía en nosotros y desde allí pone en funcionamiento nuestras relaciones es que el mundo de Dios y el mundo en que los hombres pretenden desarrollarse y llegar a Dios, funciona dando frutos.
Pero claro, siempre puede aparecer un conocimiento presuntuoso de Dios, y como consecuencia un miedo que todo lo paraliza y nos hunde en la oscuridad de la inacción y el reproche. No ahondaremos este rasgo frustrante de la relaciones esta vez, pero son el meollo de la antigua y actual frustración de las relaciones de confianza y felicidad entre los hombres con Dios.
Lo absolutamente interesante es que a consecuencia de dejar circular la confianza que nos da que lo que se nos ha dado se corresponde con nosotros y nuestras capacidades y que nos concentramos en hacerlo fructificar, es que se nos confía mucho más, pero sobre todo se nos da algo inusitado e inesperado, más abundante y plenificante aún: “entra a participar del gozo de tu señor”. El plus es increíblemente superior a todo, porque es participar de la intimidad de gozo de ese señor, en este caso de Dios. Y es ahí donde se da el summun del funcionamiento de este mundo donde actúa el Reino de los Cielos, por cierto muy distinto al reino de la desconfianza de este mundo, de las relaciones de poder que esclavizan, que amargan la existencia de millones de hombres y mujeres, sobre todo de niños y ancianos.
Lo que verdaderamente hace funcionar este mundo es la posibilidad que lo que aquí vivimos nos abre el gozo de nuestro Señor, que en lugar de aprovecharse de nosotros nos hace entrar al descanso de una felicidad plena donde la confianza reina en el aire y en las venas.
Dios pretende que su “ausencia” sea ocasión de que desarrollemos su confianza en nosotros y lo que nos ha confiado para el bien de unos con otros. Y así lo que Él ha iniciado se vuelve un bien de todos que nos permite abrirnos a su gozo, que no es hacernos sentir su autoridad y poder y servirse de nosotros, sino de confiar en nosotros y hacernos participar de ese gozo pleno y definitivo.
No por nada califica a sus servidores después de escucharlos, “servidor bueno y fiel”, es eso lo que Él es y espera de nosotros para identificarnos plenamente con Él. No por nada le hemos rezado en la oración colecta de hoy: “concédenos vivir siempre con alegría bajo tu mirada, ya que la felicidad plena y duradera consiste en servirte a ti, fuente y origen de todo bien.”


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 2 de noviembre de 2014

Homilía Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, Ciclo A, 2 de noviembre de 2014

Al comenzar esta meditación, quisiera invitarlos a volver a considerar la Oración Colecta que hoy hemos elevado a Dios, ya que ella expresa de manera nítida el misterio que hoy celebramos en esta Eucaristía en Conmemoración de todos los Fieles Difuntos y los desafíos que ella nos plantea.
Dice la oración: “Dios nuestro, escucha con bondad nuestros ruegos, para que, al crecer nuestra fe en tu Hijo resucitado de entre los muertos, se afiance también nuestra esperanza en la resurrección de tus hijos difuntos.”
En primer lugar, nos recordamos creyentemente a nosotros mismos que Dios escucha, que Dios presta atención, se interesa por lo que le presentamos porque es un Dios viviente y es Padre y, sólo como tal puede ser el receptor de nuestra oración y ayudarnos. Y viceversa, porque es un Padre que vive escucha atentamente lo que surge de nuestro corazón creyente. Porque es un Padre que Vive es Bueno, y en su bondad quiere para nosotros lo que Él mismo experimenta como Bien: Vivir abierto a sus creaturas. Porque somos hijos de un Dios Viviente somos vivientes abiertos.
En segundo lugar, le confesamos a Dios que sólo al “crecer nuestra fe en tu Hijo resucitado de entre los muertos”, podemos pensarnos a nosotros mismos en esa misma situación: resucitados con Él de entre los muertos. Porque nuestra muerte alcanza su mayor dramatismo (como realismo definitivo) en la muerte de Jesús el Hijo Amado y, nuestra resurrección nace de la resurrección de Jesús el Hijo Amado y, no de nuestras aspiraciones de eternidad ni de nuestra necesidad de consuelo. Es la adhesión al acontecimiento del “…Hijo resucitado de entre los muertos” la causa y no nosotros. Como dice Pablo: “Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su venida.” La muerte y resurrección de Jesús es la experiencia en la que crece y puede progresar nuestra muerte como acontecimiento que se abre a la resurrección.
En tercer lugar, nos hacemos consientes que sólo a partir de este acontecimiento podemos afianzarnos en la esperanza de la resurrección de quienes nos anteceden en la fe. Lo que celebramos en la fe por nuestros hermanos difuntos, tiene una repercusión directa en nuestra esperanza. La esperanza nos devuelve a la resurrección no como un acontecimiento lejano o de Otro, sino como la experiencia que nos lleva de la fe a la caridad, como realización plena de la esperanza y de la fe en la resurrección. Y por eso pedimos fervientemente afianzarnos, hacernos firmes en nuestras blanduras oscilantes frente a la resurrección personal y consolidar esa esperanza surgente que nos orienta hacia el acontecimiento fundante de la resurrección personal de cada uno de nosotros.
Ahora, frente al acontecimiento de la muerte de nuestros fieles difuntos, recibimos desde el cielo la pregunta: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…”
¿Quién no tiene un difunto al que recordar que lo ayude a hacerse esta pregunta?
¿Quién no está tocado por su ausencia que lo conecte con la pregunta de la resurrección?
¿Quién no se pregunta donde ha ido a parar lo que hemos vivido juntos, el amor que experimentamos en tantos y tantos acontecimientos?
Estas preguntas existenciales son comunes a todos los hombres y no son puro sentimentalismo de algunos. Son un punto de apoyo para mirar a la existencia de Jesús y descubrir en ella la respuesta. Son un punto de apoyo para mirar nuestras existencias y ponerlas en conexión con ese acontecimiento de Muerte y Resurrección.
Por eso, la respuesta a estas preguntas encuentra su respuesta en la experiencia de Jesús Resucitado que nos abre este panorama: “Él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”.
Por más que intentemos mirar al costado, o hacia delante para olvidar que algo de nosotros ya no está con nosotros y que alguna vez esos seremos nosotros. No nos hace bien vivir como si nada pasara, como si no necesitáramos mirar hacia abajo donde se posan nuestros pies ante la tumba de nuestros difuntos y, hacia arriba donde Dios ha comenzado algo nuevo. Lo necesitamos porque hacia vamos y estamos llamados a hacer el camino apoyándonos mutuamente en la esperanza que la fe nos infunde.
No podemos olvidar, necesitamos hacer memoria, y esa Memoria es la Eucaristía misma que encuentra su sustento en la experiencia de Jesús: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado…” y como Resucitado está entre nosotros en esta Eucaristía.
Por eso la Iglesia nos invita en cada Eucaristía a recordar a los difuntos antes de hacer memoria de los santos. Desde este pequeño espacio la Iglesia que la celebra, sostiene la esperanza de nuestra resurrección al igual que Jesús el Señor. No es un hecho menor no olvidarnos unos a otros, porque Dios mismo hace Memoria de nuestros difuntos al contemplarlos cara a cara.


P. Sergio-Pablo Beliera

domingo, 26 de octubre de 2014

Homilía 30° Domingo Tiempo Ordinario, Ciclo A, 26 de octubre de 2014

“…ayúdanos a amar lo que nos mandas.” Acabamos de rezar en la oración colecta de este domingo.
Eso es sin duda una necesidad urgente que tenemos. Antes que nada necesitamos amar lo que Dios ama que amemos. Si lo que Dios ama que yo ame no es objeto de un amor decidido y decisivo para mí, nunca podré entender ni aproximarme a la grandeza del amor cristiano a que nos desafía Jesús.
Lo que nos manda Jesús es amar a Dios y al prójimos porque ambos con sujetos únicos y merecen toda nuestra atención. Y si no logramos amar este mandamiento de doble rostro en una misma persona, no nos es posible amar de verdad, amar como Dios nos ama a cada uno. Porque el gran privilegio del hombre es que se lo ha hecho capaz de mar como Dios ama y ese privilegio es una demanda interna que busca su satisfacción.
¡Que belleza¡ ¡Que grande es la bondad de Dios para con el hombre¡ ¡Que precioso e inigualable punto de partida y horizonte se nos ofrece¡
Ayúdanos a amar lo que nos mandas porque lo que nos mandas es Amar y no sólo Amor. No es un sentimiento sublime, sino una dinámica continua que lo abarca todo, por eso es “Amarás”. Una dinámica que nos pone en movimiento continuo de amar. No es una opción sino es sustrato mismo de todo el edificio de nuestra existencia. Es estar presente en el amar. Por el sólo hecho que así es Dios, él está en un continuo amar.
Este movimiento de amar lo abarca todo, lo incluye todo, lo penetra todo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.” Está presente en todo lo que somos y por lo tanto en todo lo que hacemos. Jesús va hasta el fondo de la cuestión fundamental de lo que une y religa a Dios y el hombre, no nos propone un mandamiento más o una simple síntesis de todos, sino aquello que está en la esencia de un mandamiento de Dios, no ser algo externo a nosotros sino íntimo y vinculante para siempre y siempre.
Así, “Amarás con todo…” se corresponde a todo lo existente, ya no es una cuestión de capacidad, de reciprocidad, sino un estar como Dios involucrado en Amar a todos con todo lo que soy, y no en la mera circunstancia, ocasión o elección. Dios y mi prójimo entran de lleno en este “Amarás” que no puedo eludir sin dejar de amarme a mi mismo.
Es muy importante para los tiempos que corren no acentuar sino la unidad de todo el dinamismo del amar. Sin recalcar demasiado a Dios por un lado, al prójimo por otros y a sí mismo por otro. Si remarcar en la línea de Jesús que el verdadero y más pleno amor a sí mismo está en amar a Dios y al prójimo con una total intensidad, sin menguar nada.
Por otro lado, es muy necesario resaltar que el “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.”, comienza claramente en un haberse dejado amar por Dios con todo. Y se continua en una profunda admiración por semejante amor y bondad y por la felicidad que eso implica para nosotros. Y por lo tanto, se corona con el intenso y profundo deseo de asemejarnos a Dios que ama de tal manera, para ser uno con Él en el Amor.
El amor al prójimo siempre será un sano y nítido testeo o examen personal si estamos en este “Amarás” o nos hemos distraído en otras cosas. Por eso ponerlo aparte sería perder un punto objetivo de referencia que necesitamos para reconocernos y que los demás necesitan para reconocernos como amados de Dios que aman a Dios y todo lo que Él ama.


P. Sergio-Pablo Beliera